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Funes, el olvidadizo05/12/2019- Por Jorge M. Helman - Realizar Consulta
Una larga metáfora del insomnio, del tiempo y la memoria, describe este exquisito texto de Jorge Helman. Atravesando paso a paso el cuento “Funes, el memorioso” de Jorge Luis Borges, nos brinda una pluralidad y riqueza de sentidos, como si por un segundo vislumbráramos el aleph. ¿Qué hubiese pasado si el mismo Funes, tropezando y cayendo, se detenía en ese punto de la infinitud? Tal vez nos hubiese contado sobre el inevitable tesoro del lenguaje, y sus más incontables equívocos. Siempre desde el no poder hablar. Siempre desde el orillar lo indecible. La construcción de este artículo nos propone un gran continuará, hechizo del tiempo, y de la trama que los saberes psicoanalíticos nos puedan proponer.

Borges fotografiado por Grete Stern en 1951*
Dedicado a Pablo y Mariela Helman
“La Historia continua es el correlato de la conciencia: la garantía de que podrá recuperar lo que se le escapa; la promesa de que algún día podrá apropiarse nuevamente de todas las cosas que ahora la someten, podrá restaurar su dominio sobre ellas y encontrar allí lo que habría que llamar –considerando la sobrecarga de la palabra– su morada”.
Contestación al Círculo de Epistemología
Cahiere pour l’analyse – 1968
Michel Foucault
La lectura de Borges ha despertado, en quien ahora escribe, un sentimiento paradojal. Nacido de la risa y el terror, este sentimiento inspira las ideas que siguen.
Familiarizados como están los psicoanalistas a convivir orillando la comicidad y lo siniestro, no resultará extraño que se introduzca a “Funes, el memorioso”. Este es un adecuado exponente no sólo para analizar a la literatura de Borges, que sería un objetivo secundario, sino para escuchar lo que su relato teje.
Cierto es que los temas borgeanos son resistentes a ser enrolados en una sola casilla categorial. Pero el tema de la temporalidad (sus vicisitudes y desazones) encolumnaron, fantasmáticamente, su producción literaria.
Anteriormente (1) se estableció que la temporalidad constituía una intersección especial de los espacios psíquicos. Hoy, y a través de “Funes… ”, es posible pesquisar otra dimensión de esos espacios; una especie de “algo” que ubica al Tiempo en la circunscripción de la “psicopatología de la vida cotidiana”.
Lo que sorprende del personaje, que presenta el escritor, no es sólo que funciona como una I.B.M. viviente (lo que es ostensible) sino su origen.
¿Por qué Funes es uruguayo?
Con autonomía de las nacionalidades geográficas es importante señalar, para responder a esa pregunta, que el cuento no posee un personaje sino tres: Funes, Borges y el lector.
Borges es argentino. Y si su ficción ubica a un uruguayo es porque intenciona indicar una vecindad no sólo topográfica sino, y fundamentalmente, topológica. Diferenciación sutil pero básica si lo que se quiere es trascender la anécdota para sustraer alguna “moraleja” de ella.
Por más arduos esfuerzos que hagan los geógrafos por tratar de imponer un discernimiento entre una geografía “natural” y otra política, epistemológicamente, fracasarán. Toda geografía es Política, porque tiene estrecha vinculación con el intento de distribución de los espacios, las propiedades que allí habitan, las inclusiones y exclusiones recíprocas que ello supone.
Es claro que, también, se puede abandonar a la episteme y acudir a la empiria para verificar lo antedicho. Si se observan, por ejemplo, los mapas hechos antes y después de las dos guerras mundiales que acuciaron a este siglo, se registrará una disparidad abrumante. Allí se observará que las geografías mutaron visiblemente.
Precisamente porque son las nacionalidades las que imponen las geografías y no a la inversa. Pero entendiendo a “las nacionalidades” en el sentido conceptual de una categoría política.
Lo dicho propulsa inclinar la reflexión hacia la diferencia entre una Teoría de los espacios (topología) y un modo particular de su contingencia (topografía). Ahora, a los fines de esta exposición, y retomandoel interrogante sobre el origen de Funes, basta retener la idea de vecindad espacial que antes se señaló.
Cada personaje –tanto Borges, como Funes– gozan y padecen de esa relación de cercanía y diferencia que puede vincularlos.
En el tejido literario de Borges es frecuente surjan esas relaciones dialécticas. Por ejemplo, en sus “Tres versiones de Judas” acentúa al protagonista Judas como el verdadero y escondido héroe de la historia. Su heroicidad radica en el sacrificio de quedar marcado como “maldito”. Gracias a él, el recuerdo de Cristo se robustece al trascender la traición que el otro ejerció.
Pero, además de esta dialéctica de figuras y fondos alternantes, hay también, dos fértiles aspectos destacables de su producción. Por un lado, al recorrer el lector la obra de Borges se encuentra con una especie de enciclopedia temática, una suerte de agenda Funes-(ta).
Despojada de una sola idea directriz, se puede señalar que el objeto borgeano es múltiple y variado; o sea que su objeto es que no tiene objeto..., aunque su excusa sea la literatura.
Una ilustración de lo dicho lo constituye “El Aleph”. Aquí el personaje no es una persona sino un punto virtual, ideal, inexistente y fantástico. Punto que encara todos los puntos posibles de una geometría existencial imposible.
Pero el otro ingrediente fecundo lo constituye, precisamente, el cuento de “Funes...”. Aquí, y retomando lo que antes se indicó sobre la relación de vecindad, se designa, ejemplificadoramente, a dos modos de operatoria psíquica que son cercanas pero distantes al mismo tiempo.
Esta distancia y cercanía está articulada por la memoria. Pero una memoria que no puede ser adscripta a una sola cosa. De hecho el texto plantea un juego de memorias, entre aquella que relata lo que recuerda (la del personaje Borges) y la otra.
Esa que no puede contarse con vocalización propia, que requiere de la palabra de un relator. Esta memoria no habla pero es dicha; y no habla porque lo único que hace es destrozar los hechos, los acontecimientos. Es la memoriosidad de Funes despedazando la sucesión. Se trata, en consecuencia, del ejercicio lúdico entre la memoria posible y la imposible, entre la finitud borgeana y la extensión de Funes.
Este encararía, así, lo que aquél intentó en su “Historia de la Eternidad”. Sugestivo, por irónico, este título. Su objeto: la eternidad, surge desmentido por la historia, ya que la primera es la negación de la sucesión que ésta afirma.
Y dado que del tema de la memoria se trata, útil es recordar lo que antes se había señalado sobre el nódulo de la temporalidad como una, de las tantas, propulsoras de la escritura borgeana. Eternidad e historia no son más que dos disfraces que el tiempo asume.
Es conveniente volver al cuento en cuestión. El autor ubica las escenas de sus evocaciones entre los años 1895 y 1896.
Simultaneidad en que, a muchos kilómetros de distancia y viajando en tren, otro autor plasmaba un “Proyecto de Psicología Científica” que ya hablaba de la multiplicidad de memorias (2) diciendo precisamente que:
“... lo esencialmente nuevo de mi teoría es la afirmación de quela memoria no se encuentra en una versión única, sino en varias, o sea que se halla transcripta en distintas clases de ‘signos’”.
Pero varios siglos antes todavía, Hesíodo en La Teogonía diferenciaba memoria–atribución de los dioses– de recuerdo, cualidad de los humanos.
En consecuencia, la enunciación de diferentes tipos de memorias no sería algo descubierto por Borges sino, en todo caso, acogido por su pensamiento.
Solidario de lo expresado, es posible percibir cómo en el texto, ambos personajes –Borges y Funes– encarnan a dos sistemas disímiles de registro mnémico. Ello se testimonia en uno de los lemas que gobierna la trama del cuento y que es vocalizado por Funes; dirigiéndose al otro dice:
“Mis sueños son como la vigilia de ustedes”.
Expresión de alto voltaje si se contabiliza lo que el propio autor, por fuera del texto, dijo sobre su “Funes...”: es la larga metáfora del insomnio.
Ese lema del memorioso goza de una semejanza llamativa con aquella enseñanza que Fechner transmitiese a Freud según la cual:
“el sueño se despliega en otra escena”.
Pero ¿qué es una escena? Si ella constituye un eslabón que define y delimita a dos planos distintos, es imperiosa su ubicación conceptual.
La escena es una representación plástica cuya (im)pulsión es el deseo.
Ahora, si Funes es una representación, no existe... más que como deseo de Borges. Claro, Borges (autor y personaje) tampoco existiría si dentro de él no habitase un Funes que lo motorice. Y, representación es, de nuevo, memoria.
No es ocioso, por tanto, que el libro que Borges (personaje) presta a Funes, en el relato, sea la Naturalis Historia cuyo vigésimo cuarto capítulo versa sobre el tema memoria. Ese libro, junto al diccionario latino, le permitieron al memorioso acceder a toda la biblioteca lingüística del idioma, según demuestra la arquitectura ficcional del autor. Y esto merece un extenso comentario.
El hecho que cada texto cobije el tesoro de todo el lenguaje, no es noticia que merezca salir publicada en la primera plana de un diario que se refiera al autor de “Fervor de Buenos Aires”.
Lo volcado en el cuento rescata lo que en muchos otros sitios Borges piensa acerca del lenguaje. Lo hizo en “La muralla y los libros”, en “Versiones Homéricas”, en “Borges y yo”. Dicho esto en el ánimo de puntuar, aunque sea desprolijamente, tan sólo lo que una memoria próxima tributa a este escrito.
Pero no es sólo un rasgo de originalidad o reiteración lo que merezca ser reflexionado. Es más bien el criterio filosófico que lo subtiende. Criterio según el cual la unidad es una ilusión; y lo es porque todo centro es refractario de la multiplicidad escondida que queda, imaginariamente, prensada en una totalidad armónica.
No se trata, tan sólo, de un problema del lenguaje. Si así fuera, los lingüistas deberían dirimirlo en su propio territorio. Se trata, más bien, de un problema epistemológico; o sea de una cierta posición del saber con relación a sus problemáticas. Por tanto, lo que aquí se debate es la lógica imperante en ese saber. Y este tema está muy alejado de ser un “asunto minúsculo”.
Reconoce antecedentes. Cuando Platón le hace decir a Sócrates, en: “Parménides”, que lo uno se opone a lo múltiple sino que éste contribuye a su constitución, está inaugurado, en el pensamiento occidental, el camino de ruptura con la evidencia.
Esta brega por el encubrimiento de la verdad. El camino de ella supone la renuncia a lo manifiesto y la construcción intelectual de dispositivos, estrategias y técnicas de racionalidad. Pero, además, esta vinculación, compleja y entremezclada, entre lo único y lo múltiple posee no sólo ecos en el campo literario, lógico, matemático y filosófico.
En psicoanálisis, también, retumba esa complejidad, expresable en la lectura del propio texto freudiano.
Aquí, lejos de ser ajeno, transita un criterio según el cual cada texto se encapsula en una regionalidad específica; una especie de “folklorismo teórico”.
El grotesco ilustrativo de este modo de pensar se gratificaría, por ejemplo, entendiendo que lo que Freud escribió sobre el fetichismo sería de aplicación, estricta y local, a los fetichistas. O pensar, también, que los historiales clínicos son eso y punto aparte, cual si la teoría estuviese erradicada de ellos. Y aquí los ejemplos pueden multiplicarse tan in-extenso como la memoria de Funes.
Si a cambio de ese “folklorismo” se recibiese esa enseñanza, no premeditada, de Borges y se aprisionara a cada texto con el fervor de libertarlo –aunque parezca una ironía– por el camino del desciframiento, si se le acogiese como un “telegrama” a ser entendido y no ya sabido, si se hicieran gritar las palabras y expresiones que el mismo texto desliza, murmuradamente, en un “parrafito”, la intelección variaría. Vuelco que permitiría hallar un paisaje teórico florido que, apelotonadamente, aparecía enigmático.
Se podría comprender en extensión esa frase, por ejemplo, que dice que: “la histérica es un enferma de recuerdos”. Y en esta reflexión ¿por qué no pensar que toda la psicopatología, aún la de “la vida cotidiana”, es una perturbación del recuerdo?
La histeria testimonia, justamente, la paradoja del recuerdo. Porque no evoca con una memoria “oficial”, pero su síntoma es el indicio recordante de lo que olvidar se trata.
Otra ilustración. Los “Recuerdos Encubridores” (3). El vocablo “encubridor”, para los hispanoparlantes posee una sonoridad de “falsedad”, “mentira”. Pero ocurre que el recuerdo no está sometido a la disyunción verdadero-falso, sino que lo que se le opone es el olvido.
Desde esta óptica todo recuerdo es olvido al mismo tiempo porque está ahí, en la conciencia, para ocluir otro recuerdo. Es, para decirlo más enérgicamente, evocación y fantasía, precisamente, porque esta última es un “congreso” de recuerdos fragmentarios reordenados en otra dimensión psíquica. Alentar al hallazgo de un recuerdo “puro de verdad” –en toda la fuerza de la expresión– es hacer estallar la búsqueda en la muralla de las ilusiones imaginarias.
Cuando A. Pakula filma “La decisión de Sophie” se desliza en el título un error, porque el discurso fílmico demuestra no a una decisión sino a varias. Y esto es aquí mencionado para fortalecer la tesis de que no hay un recuerdo “tronco” escondido en el interior de un ramillete, sino que hay continuidades y ruptura entre las memorias.
Este abarcativo “viaje” que surgió del comentario de una oración de “Funes... ” y que en apariencia, alejó a este escrito del propósito que lo alentaba, también lo hizo retornar al mismo. Nuevamente brotó el tema de la memoria. Ahora se impone cambiar la lente para ver qué otras mostraciones puede exhibir el texto.
Usurpando una expresión de Marechal (4) el comportamiento de Funes se asemeja a un garabato ontológico; un monstruo de recuerdos anárquicos. O si se quiere recurrir a las categorías psicopatológicas: un producto delirante. Deliriomuy particular porque, a diferencia del paranoico, no posee un nudo yoico que amalgame a los pensamientos dispersos.
En rigor, es prudente no fascinarse y sí apartarse de ese lugar común psicopatológico. Es mejor respaldarse en el horizonte metapsicológico para inferir qué es lo que el cuento puede despejar.
Si se omitiese, por un momento, a Funes y Borges y se pensase que ambos personajes encarnan dos operatorias existenciales diferentes, se observará que el llamado Funes responde a lo que la teoría designa como proceso primario, privilegio funcional del sistema inconsciente. En tanto el llamado Borges funciona desde una operatividad preconsciente, con predominio del proceso secundario.
Aun a riesgo de insistencia, este escrito pretende rescatar, precisamente, la metapsicología implícita en la narración de Borges. Cuando éste intenta describir al proceso primario, personificado en Funes, no tiene otro camino que señalar:
“Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato”.
Y es justo reconocer que aprisionar en las categorías cognitivas nacidas del sistema preconsciente es fracaso, parcial, del intento.
La dotación de la lógica-formal y abstracta es precaria para describir y adscribir a su territorio un modo de funcionamiento que le es extraño. De hecho sería muy cómodo si ambos registros operasen del mismo modo. Claro que si así fuese, Inda Ledesma sería “Medea” (“la de la oscura noche”), y la libertad de expresión sinónimo de Democracia, y sólo restaría preguntarse ¿para qué dos sistemas, entonces, y no uno sólo?
Pero como las cosas no son como lo puede pretender un ingenuo espectador de teatro y un no tan ingenuo político, solo cabe resignarse a la complejidad de distinguir los conceptos.
Este camino más trabajoso intenciona discernir las diferencias operacionales dentro del aparato psíquico que, inclusive, aparecen metaforizadas en el cuento de referencia.
Justamente, allí donde Funes se accidenta ubica el escritor el corte radical preciso entre un sistema y otro.
“Al caer perdió el conocimiento; cuando
lo recobró, el presente era casi intolera-
ble de tan rico y nítido...”.
Corre, por cuenta de quien ahora escribe el sublineado. Precisamente para preguntar. ¿Qué conocimiento perdió el uruguayo? El propio relato lo insinúa
“... antes (...) él había sido lo que son todos los cristianos: Un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado...durante 18 años vivía como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo”.
Además que el tramo transcripto ilustra la ruptura y escisión psíquica, de hecho Borges vuelca, aquí, un viejo mito órfico-filosófico. En efecto, se trata de aquél según el cual todo humano, al nacer, debe atravesar el lecho de Lethe (la diosa del olvido); al así hacerlo, olvida lo conocido.
Mito que echa raíces en el pensamiento socrático y le sirve de “suelo” para su teoría del conocimiento: Conocer es recordar lo olvidado.
Esta expresión goza de una sugestiva analogía con aquella –más familiar a los psicoanalistas– según la cual:
“Encontrar a un objeto, en rigor, es (re)encontrarlo”.
Otro ingrediente del cuento es también comentable. Se trata de la postración que, luego del accidente, Funes padeció. Esta no le fue perjudicial; por el contrario, contribuyó a que fuese tan especial.
Su corporeidad era una torpeza que atentaba contra su aparato de pensar-percibir-recordar. Este podía “viajar” sideralmente si el otro (el cuerpo) estuviese inmovilizado.
Y, nuevamente, Platón vuelve a habitar en Borges. En el texto de Fedón Sócrates sostiene, momentos previos a su muerte:
“Se aproxima la hora en que mi alma se liberará de la cárcel de mi cuerpo”.
También en otro lugar (5) y más ampliamente, se subrayó la trascendencia que este pensamiento tiene y el modo en que impregnó al devenir ulterior de las ideas occidentales.
Pero es necesario retornar al proceso primario que protagoniza Funes. Este se extiende en una variedad polifónica de recuerdos, que no son sólo eso: recuerdos. Son, también, percepción de recuerdos.
El psicoanálisis nomina, en su teoría, con el nombre de darstellung al proceso por el cual las ideas abstractas adquieren, por traducción regresiva, expresión concreta; visual y plástica. Y si desde aquí se apeló a este concepto psicoanalítico es porque él califica al recuerdo-percepción de Funes; a ese “percibir” donde la representación es presentificación permanente, resistente a aquietarse como evocación.
Ahora, si alguien dudase de lo antedicho, puede interrogar al uruguayo. Este le responderá con firmeza nada cartesiana:
“Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basura".
Tanto percibir es ser aplastado por la realidad externa (6).
Y hasta merece cuestionarse la propiedad y pertinencia del término percibir. Toda percepción es (a)percepción. Lo es tal porque hay una dialéctica que gobierna la oposición entre los estímulos que ingresan al aparato psíquico y la función de diagramación, clasificación e identificación en el campo mnémico. Como tránsito de esa dialéctica nace el acto perceptivo; acto que desemboca en la percepción del objeto, entendiendo por tal a la globalidad armónica de los ingredientes que a él convergieron.
Sobre este “piso” que define a la percepción como efecto de inhibición producida por proceso secundario, se puede afirmar que lo que Funes percibe no es percepción-conciencia, sino sensación en conciencia.
El testimonio de su relato es elocuente:
“Sus recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc.”.
Lo por Funes captado es un cúmulo de sensaciones, no es percepción porque se ha disipado el objeto armónico de ella; porque se ha destruido la unidad que tal objeto en la ligadura con los signos de Realidad. Su “percibir” sintiendo es un caleidoscopio de variados y floridos colores y formas.
Para reflejar ese caleidoscopio intentó, según la narración crear un sistema original de numeración. Consistía éste en traducir palabras por números y a la inversa, y una vez obtenido ésta iba a las “cosas”. Por supuesto:
“... le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que elperro de las tres y cuarto(visto de frente)...”.
Como la cosa no era fija, porque había sido destrozada por esa multifacética procesión de datos móviles, Funes desiste de la tarea por lo interminable e inútil.
“(tanto) el vocabulario infinito (como) el inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo son insensatos”.
Pero no es conveniente que este escrito desestime, tan velozmente, al espíritu que anima a ese intento fallido.
El sistema de numeración, que el autor designa en Funes, reconoce rastros en otros textos. Así, en el irrisorio “Idioma analítico de John Wilkins” se intenciona clasificar a los animales según su pertenencia a cada una de las cualidades posibles. Se los distribuye, por lo tanto, según los rangos, tiempos, espacios, propietarios, plumajes, etc.; en un inagotable inventario de cualidades combinadas.
De hecho ésta es una otra obsesión borgeana: el LENGUAJE.
Tanto Funes como Wilkins no pueden hablar. Es decir que no pueden representar por la palabra el hecho, porque la “representación” está, aturdidamente, consumida; hecha trizas.
Pero además indica la trágica condena del lenguaje, condena inconmutable al malentendido perpetuo. Perpetuidad del equívoco porque el lenguaje se “hamaca” en la vana intención de asir lo inasible, en hacer posible lo imposible.
Abrumado por el devenir eterno Funes está intoxicado de imágenes, vive encarcelado a la Memoria perfecta. Y no puede pensar. Por supuesto, no puede pensar de acuerdo al régimen del sistema preconsciente. Este, en la definición de Borges, consiste en
“... olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”.
Funes “olvidó” que tenía que olvidar; por ello más que ser un memorioso es un olvidadizo. Pero olvidar, aquí, designa el aceptar las “bisagras” intelectuales que implican los conceptos.
Estos constituyen unidades epistémicas, operadores lógicos que alientan a un manipuleo relativo en y con la realidad. Y tan sólo existen en la funcionalidad del preconsciente, en el predominio inhibitorio que pueda ejercer el proceso secundario.
Esas “bisagras” intelectuales son las definiciones. Aquellas que intenta, fallidamente, Funes procrear con su sistema infinitesimal de numeración.
En las condiciones del proceso primario, un “libre fluir de la energía”, como diría alguien, la definición no tiene cabida. Y no la tiene porque de-finir es colocar “barrotes” a la significatividad; es transformar en finito (acotado y no extenso) al significado. Es limitar la gama de “sentidos” restringiendo los espacios de su aplicación.
Funes está abierto a todos los “sentidos”; por ello no puede estacionar un significado, no puede distinguir, en el interior del espectro de significados posibles, al privilegio y jerarquía que alguno puede tener. Aunque sea temporariamente la estabilidad le está negada.
También este trabajo “cabalga” sobre la ambigüedad del lenguaje; y lo testimonia, aquí, el uso del vocablo “sentido”. Tanto designa al significado, como a lo percibido, la distinción sólo podría establecerse si se menciona al eslabón que lo antecede. De hecho, “el” sentido (significado) se vincula y potencia a “lo” sentido (lo percibido, en el registro del sistema percepción conciencia).
Y ya que de palabras se trata, se puede observar como el sinónimo de “palabra”, “vocablo”, es, también, término. Esta unidad semántico-semiológica robustece la tesis que antes se sostuvo sobre el concepto de definición. Término es poner finitud, conclusión al proceso de significación.
Con este arsenal es posible retornar al comentario sobre “Funes...”.
Se decía allí que éste no podía pensar sobre el registro del proceso secundario; es decir que no accedía al pensamiento cogitativo-judicativo. Pero es un error pensar que Funes no piensa. En él opera un sistema de pensamiento combinado: la juntura de los modos reproductivos y pragmáticos.
Pensar es “ligar” imágenes; vincular representaciones, eslabonar significantes. Pero hay muchos modos de hacerlo.
Funes no es un caos aunque a la luz del personaje-Borges (preconsciente) así suene.
Tanto uno como otro son conducidos, guiados por funcionalidades diferentes, vecinas, cercanas y distantes como se señaló al comienzo.
Se sostuvo, también, que este uruguayo está abierto a todos los sentidos, que era una obsesiva máquina de desmenuzar formas, y al así hacerlo, en el ingente trabajo de aprisionarlas, las devora. Su mundo es apertura a todos los estímulos presentes. Pero acoge las historias dispersas y discontinuas que convergen hacia ese presente; y, a su vez, todas las embrionarias potencialidades que ese presente encierra.
Ante este mundo (análogo a ese punto perfecto descrito en “El Aleph”) Funes no tenía otro destino que morir aplastado, atropellado por el universo del detalle:
“Ireneo Funes murió (...) de congestión pulmonar”.
Párrafo –y epitafio– con el cual el autor cierra el cuento.
Final lógico porque su ser estaba congestionado de estímulos, del amarrarse, permanentemente, a las cosas putrefactas que su prodigiosa memoria laboratorista recibía como: “... un vaciadero de basura”.
Pero el cuento que ahí termina, desemboca en una moraleja, obsesionante en el vasto itinerario de escritos de Borges. Como Funes está atrapado en ese presente explosivo, para atrás y para adelante, ese presente es perpetuidad. Por ello los dos personajes han protagonizado los dos ropajes del Tiempo. Funes es la Eternidad; Borges la Historia.
Al iniciar este escrito se habló de tres personajes y hasta se los mencionó. Podrá argumentarse que en todo lo desarrollado estuvo ausente el tercero, el lector. En realidad, éste estuvo presente en todas las líneas, aunque sea encubiertamente.
Estuvo y está como enunciador de los enunciados que aquí se volcaron; como comentarista; como el corifeo de la tragedia griega.
Pero también el lector está por otros caminos. Como se señaló antes (1) el lector es un escritor disfrazado. Es un reimpresor del texto que lee. Alejado de una pasividad (aparente, en realidad) quien lee vuelve a escribir el texto (aunque sea en su psiquismo). Lo recrea porque establece con el autor la relación de adherencia o polémica, o una mezcla de ambas cosas.
Pero en última instancia, reimprime, en su propio interior, las ideas que le son transferidas por la vía del lenguaje. Solidario de ello, sólo es lector aquél que es convocado por el libro que lee. Es, en el caso particular de este cuento, el que pueda reconocerse en las dos dimensiones que en el relato residen.
No se trata sólo de identificarse con la inmaculada memoria; anhelo de perfección de los ideales yoicos, que Funes representa. Se trata de algo que va más allá de eso. Nada más y nada menos del reconocimiento de que en cada uno habita un Funes y un Borges; caleidoscópico como el primero pero necesitado, para su supervivencia, de las palabras que el segundo puede prestarle.
Este escrito se inauguró con una confesión. Otra lo cerrará.
Releyendo lo escrito, queda la sensación de haber transferido al futuro lector del mismo, la policromía emocional que “Funes...” ha despertado. Es posible que en esa transferencia puedan extraviarse algunos conceptos; o puedan renacer algunos que están insinuados; y hasta puedan surgir otros que el propio escribiente no percibió. Pero ello ya no corre por cuenta de quien ahora escribe sino del futuro lector.
Por eso, permítase cerrar a este cuento introduciendo una ligera variable al cierre de todos los cuentos:
“¡Colorín, colorado. Este cuento NO ha terminado!”.
Imagen*: Grete Stern (Elberfeld, Alemania, 1904 - Buenos Aires, Argentina, 1999). Diseñadora y fotógrafa alemana nacionalizada argentina, alumna de la Escuela de la Bauhaus.
Nota: Los trabajos de Jorge Luis Borges mencionados a lo largo de este escrito corresponden a las Obras Completas editadas por Emece Editores en Julio de 1980.
Los textos de Sigmund Freud usados, tanto puntual como abarcativamente, pertenecen a las ediciones españolas de Biblioteca Nueva (de 1948) y Amorrourtu Ediciones de 1978; y a la edición alemana de Conditio Humana-BuchdrukereiEugenGöbel, Ed. S. Fisher VerlagCmbh -Frankfurt am Main- de 1975.
Referencias bibliográficas:
1) HELMAN, J.: Las dulces horas del escribidor. 1983
2) FREUD, S.: “Carta Nº 52” del 6/12/1896 - en Los Orígenes de Psicoanálisis
3) FREUD, S.: Recuerdos Encubridores. 1898.
4) MARECHAL, L.: Adán Buenosayres. 1947.
5) HELMAN, J.: “... llegarás a la tierra de Ptía". 1982.
6) GURAIEB, A. y SETENTUR, L.: Funes, el memorioso. 1982.
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