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La locura, esa patria. Acerca de "Las nubes", de Juan José Saer04/09/2016- Por Ezequiel Ferriol - Realizar Consulta
Un diálogo podría abrirse entre la literatura y el psicoanálisis gracias a la novela "Las nubes", de Juan J. Saer. Una indistinción entre quién es loco y quién no lo es. Pero a veces es mejor darle lugar al comentario, para que sea el deseo (ese largo viaje) quien priorice nuestra lectura. Por eso, el lugar es concedido hoy a este gran lector: Ezequiel Ferriol. Ahí vamos...

Dentro de la importantísima contribución de Juan José Saer (1937-2005) a la literatura de nuestro país, su novela Las nubes (1997) no ha gozado, lamentablemente, de la fama y de la preferencia de la crítica que acompañan a sus producciones anteriores (Glosa, 1986; La ocasión, 1987; La pesquisa, 1994). Sin embargo, Las nubes está ambientada entre los años de 1804 y 1806, en pleno Virreinato. Su protagonista y narrador es el doctor Real, un profesional de la salud dedicado al floreciente campo de la salud mental quien, con la ayuda de su maestro y amigo, el holandés doctor Weiss (en cuya cátedra parisina se formó el doctor Real) fundará el primer hospital psiquiátrico de América del Sur. Una especie de atemporalidad rodea a nuestro protagonista: si bien por razones de la época en que se ambienta el relato el doctor Real cumple con las características centrales de los alienistas de principios del siglo XIX, su postura ante el tema, gracias a la influencia del doctor Weiss, tiene muchos puntos de contacto con perspectivas más contemporáneas. Así, la institución que funda y preside se halla en las antípodas de la representación mental que todos nosotros tenemos de los asilos concebidos por la frenología. En Las tres acacias (así denominado por los árboles cuya referencial ubicuidad en plena llanura santafesina permite su inmediata identificación por parte de cualquier visitante) los pacientes no están encerrados en habitaciones semejantes a mazmorras y no reciben prescripciones de drogas ni electroshocks ni lobotomías; muy por el contrario, los pacientes son libres de deambular a su antojo y son contenidos mediante la palabra, el afecto y el trabajo compartido en pos del bien común.
La novela comienza con un retrato pormenorizado del doctor Weiss que ayuda a desarrollar el vínculo de amistad y de mentorazgo que éste mantiene con el doctor Real. Luego le dedica un tramo igualmente significativo a la fundación, apogeo y declive de Las tres acacias, en los cuales los vínculos convergentes y divergentes con la alta sociedad y el poder fueron los factores fundamentales, para bien y para mal. Terminado el relato de estas cuestiones, Las nubes aborda al fin el relato del episodio central de su argumento: la crónica pormenorizada de un viaje realizado por el doctor Real, a través de esa llanura tan infinita y monótona y desolada que mereció alguna vez el irónico calificativo de desierto, para trasladar (en todos los sentidos del término) a cinco pacientes de diversos orígenes, recursos y nacionalidades a su institución hipocrática. Dicha excursión está lejos de ser sencilla, dado que dos peligros inmediatos la acechan constantemente: una feroz inundación que desbordó al Paraná y anegó la llanura, y las incursiones fatales del cacique Josecito, un sanguinario aborigen que gusta de tocar el violín sobre los cadáveres aún calientes de sus víctimas. De fondo, resonando como la tormenta que se prepara para abatirse sobre nosotros, las dudas y cuestionamientos de la sociedad al método terapéutico de nuestros protagonistas, los enfrentamientos entre diversos grupos sociales y sus formas de concebir el mundo, y la inestabilidad sociopolítica de un Virreinato dirigido por el Directorio y que ya tiene sus días contados.
Acertadamente Saer deja el contexto sociopolítico como un trasfondo que sostiene y permea los hechos narrados en la novela. El foco, en Las nubes, no está puesto en lo histórico sino en el ser humano. Lo que leemos en sus páginas es el relato de la construcción de dos vínculos que tienen al doctor Real como centro: el de éste con el doctor Weiss, y el del doctor Real con sus cinco nuevos pacientes. Cada uno de estos pacientes es presentado con descripciones pormenorizadas en las que no se escatima detalle alguno, como así tampoco el humor. La caracterización de estos cinco pacientes psiquiátricos es uno de los puntos sobresalientes de la novela, a tal punto de que cualquier revelación que se haga sobre ella podría echar a perder el disfrute de su lectura. Por tal motivo, no haré ningún comentario al respecto. Diré tan solo que, como ha ocurrido frecuentemente en todas las sociedades y en todas las épocas, los cinco “locos” poseen esta condición en relación con su otredad. Vale decir: su conducta, sus dichos, su dimensión intelectual e ideológica cuestionan tan a fondo lo que llamamos “normalidad” o “propiedad” o incluso “salud”, que su traslado a Las tres acacias resulta ser más bien un mecanismo de neutralización por parte de sus familias y de la sociedad ante el miedo y la incomodidad que les provoca verse reflejados en ese cuestionamiento. De hecho, a lo largo del viaje, a medida que el doctor Real conozca más a fondo a sus pacientes y a medida que comparta con ellos los avatares y obstáculos del viaje, más de una vez nuestro protagonista empezará a someterse a sí mismo a examen, y a preguntarse quién es verdaderamente el loco en toda esta historia: si se trata del que así es designado por los autodenominados “cuerdos”, o si se trata de estos últimos.
Vale decir, que la locura es una cuestión relativa, que depende de los criterios con los que sea definida y de quién la defina. Lo cual tampoco excluye al poder, claro está. Esto es un eje estructural de toda la novela, y ya se lo puede percibir en las primeras páginas de la misma, en relación con la exposición del método terapéutico empleado por los doctores Real y Weiss en Las tres acacias (Saer, 2012:31-2).
Recuerdo que mil ochocientos once, un funcionario de la Revolución que tuvo a su cargo una inspección de nuestro establecimiento, y que hubiese podido contarse entre nuestros enemigos (…) comentó al final de su visita, no sin alguna impertinencia, que durante su recorrido por la Casa le había costado todo el tiempo distinguir los locos de los que no lo eran, a lo cual mi venerado maestro respondió, con el chispeo habitual en sus ojos de un azul clarísimo, pero sin obtener del otro ni la más leve sonrisa de connivencia, que cuando él se paseaba por las calles o por los salones de Buenos Aires lo asaltaba con frecuencia la misma perplejidad.
Dentro de esta aparente imposibilidad de diferenciación, no pocas veces serán los locos quienes tengan logros y perspicacias que escapan a las posibilidades de los cuerdos. Así, será uno de los pacientes trasladados del doctor Real quien logre lo imposible con el cacique Josecito en uno de los episodios más hilarantes de la novela. También será otro de los pacientes trasladados del doctor Real quien tenga la amarga pero perspicaz sospecha de que nunca será posible fundar una república como la desean Voltaire y Rousseau en sus obras.
Lo cual me lleva a hablar del aspecto central de Las nubes que está magistralmente disimulado y sugerido por Saer. El título de la novela, a pesar de que se refiere a la tormenta de Santa Rosa que amenaza a nuestros personajes en todo su periplo y que, finalmente, en las páginas finales de la novela se abate sobre ellos, es una referencia directa y explícita a Aristófanes; el fino e hilarante humor desplegado por Saer en Las nubes sitúa con orgullo el sello del genial comediógrafo griego. No me parece casual viniendo de Saer; y aún más por el hecho de que esta novela que estoy comentando posee vínculos muy estrechos con otra comedia de Aristófanes llamada Las aves. En Las aves, dos ciudadanos atenienses hartos de la hipocresía de su sociedad deciden fundar una ciudad en el cielo e irse a vivir allí con las aves; la edificación de esta ciudad volátil y los avatares de la misma ocupa todo el desarrollo de su trama. En Las nubes de Saer ocurre algo parecido: hacia el final de su viaje, el doctor Real será testigo de una fraternidad entre sus “locos” y sus “cuerdos” que elimina toda diferencia y todo prejuicio entre ellos, y que se acerca casi a una suerte de fundación de una sociedad más justa, más sincera y más humana que aquella que tomamos por verdadera y única (Saer, 2012:162).
El viaje, prolongándose más de lo habitual, nos había incitado, de un modo imperceptible, a crear nuestras propias normas de vida (…) nos habían incitado a crear un universo exclusivo, más y más diferente a medida que pasaba el tiempo en el que habíamos estado habitando antes de la partida. Si bien nuestra autoridad se relajaba, resultaba fácil comprobar que ya no era necesaria (…)
En este contexto, el periplo del doctor Real a través de la pampa infinita resulta ser una especie de moraleja sobre el destino de nuestra propia patria. No me refiero únicamente a la inestabilidad política o a las inundaciones que están presentes tanto en Las nubes como en nuestra historia. Me refiero también a la composición de la caravana que, al estar compuesta por pacientes, médicos, soldados, baqueanos, comerciantes y prostitutas, parece ser una reducción a escala de nuestra (de cualquier) sociedad en clave de comedia griega. Pero también me refiero al hecho de que esta sociedad de locos (me refiero a la que aparece en la novela de Saer) logra doblegar las agobiantes dificultades que golpean frecuentemente en su periplo temporal y espacial una vez que supera sus diferencias y hostilidades internas. El viaje que relata la novela tiene final feliz sólo cuando sus protagonistas dejan atrás las prerrogativas que las etiquetas dan a etiquetadores y etiquetados para formar de modo inequívocamente sincero una comunidad de seres humanos iguales, atravesados por las mismas virtudes y las mismas miserias, motivados por la misma consecución de los mismos deseos, donde todos accionan de forma mancomunada en pos del bien común. Saer aprovecha a la cuarta bucólica de Virgilio como principio de autoridad literaria e ideológica de esta cuestión: así como en el poema virgiliano las Parcas anunciaban la llegada de una nueva Edad de Oro, en Las nubes las Parcas hacen lo propio cuando los viajeros logran conformar una sociedad armónica. La otra sociedad de locos, el Virreinato del Río de la Plata, tenía pendiente ese objetivo; así le fue. No por nada esta novela está ambientada en pleno período de nacimiento y construcción tanto de nuestro país como de la psiquiatría (Coira, 2001).
Saer escribió esta hilarante moraleja a fines de la década del ‘90. Hoy, a casi 20 años de su publicación, me asalta la sospecha de que las reflexiones vertidas en Las nubes tienen la misma vigencia. O quizás más.
Bibliografía
- SAER, Juan José (2012): Las nubes, Buenos Aires, Seix Barral/Planeta/Booklet.
- COIRA, María (2001): “Un preciso azar. A propósito de Las nubes de Juan José Saer”, Revista del Centro de Letras Hispanoamericanas, Año 10, Número 13, Mar del Plata, pp. 111-124.
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