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Mi año de descanso y relajación: notas sobre el tiempo y la depresión zombi

05/09/2024- Por Sabrina S. Morelli - Realizar Consulta

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Si la depresión es una de las formas de la caída del impulso vital, a punto tal que puede retraer al sujeto del lazo que configura la temporalidad con otros, se hace necesario interrogar la dimensión política y social de ese tiempo. Sobre todo, si aquel síntoma, si es que es posible llevar el padecimiento a dicho estatuto de agenciamiento, las pone en cuestión. Es por esto, que el trabajo que nos comparte Sabrina Morelli, comienza por ahí: con un recorrido por las diferencias de las concepciones del tiempo de la modernidad y la posmodernidad, para luego introducir una lectura de la novela “Mi año de descanso y relajación”, de Ottessa Moshfegh. ¿La depresión zombi de la joven protagonista de la ficción, es una poderosa denuncia contra el orden imperante del cuál se recorta, una negatividad que despierta, o la continuidad, por otros medios, del adormecimiento del consumidor hedonista? Pasen y lean…

 

                                                                                                                  Foto: Andrea Miliani

 

  

“Había empezado a hibernar lo mejor que pude a mitad de junio de 2000. Tenía veintiséis años. A través de un listón roto de la persiana vi cómo moría el verano y el otoño se volvía frío y gris. Se me atrofiaron los músculos (...) no hacía mucho en las horas de vigilia aparte de ver películas (...) Ese era el encanto del sueño, que me desconectaba de la realidad y la recordaba tan por casualidad como una película o un sueño. Me resultaba sencillo ignorar lo que no me incumbía. Los trabajadores del metro iban a huelga. Un huracán iba y venía. Daba igual. Si nos hubiesen invadido los extraterrestres o un enjambre de langostas, lo habría notado, pero no me habría importado. Cuando necesitaba más pastillas, me aventuraba hasta la farmacia que estaba a tres manzanas (...) fingiendo que vivía la vida”

 

                       Ottessa Moshfegh, Mi año de descanso y relajación (2019)



  Empiezo por el no. No es este un artículo de crítica literaria. Tampoco es una reseña. El libro de Moshfegh es un cóctel ácido y delicioso −tan adictivo como el botiquín autogestionado de la protagonista−, por el que daré un rodeo como excusa para escribir sobre el tiempo y las depresiones. 

 

 

I -Anatomía del tiempo

 

  El tiempo vuela. Corre. Desfila. Y también, discurre, fluye, se evapora. Se acelera. Se eterniza. Se invierte. Se fracciona y consume (nos consume). Se productiviza. Se privatiza. Se corporativiza. El movimiento del tiempo parece discurrir en un supuesto “hacia adelante” sin cesar, a un futuro que se proyecta, con o sin proyecto, hacia metas, objetivos, deadlines −u otras muertes−, hacia placeres o bienestares postergados −o que sólo viven en lo no realizado (aún… o nunca)−, al desconcierto, la incertidumbre, la espera o la (des)esperanza y múltiples variaciones. En este movimiento incesante, se busca detener al tiempo en un presente incapturable, por ejemplo, con el respirar conciente como un intento de anclaje corporal para habitar un tiempo que sea sólo puro presente. 

 

  Desde el industrialismo, el tiempo se transformó en un bien de uso. El capital se funda sobre el principio de que la moneda no es otra cosa que tiempo puesto en reserva y a disposición (Lyotard, 1998). Detener al tiempo o ganar tiempo parecen tener un valor agregado en medio del aceleracionismo hiperproductivo en el que nada quiere perderse. Si se pudiera volver el tiempo atrás, se dice. En la actualidad, estamos sujetos a lo que Fisher (2024) denomina “una escasez artificial de tiempo”, es decir, la sensación de que no hay tiempo para hacer nada. La tecnología, en especial la comunicativa, exacerbó e intensificó la producción −y, en consecuencia, la sensación− del “no hay tiempo”.

 

  No obstante, no hay una concepción unívoca y universal del tiempo. Hay construcciones religiosas, espirituales, filosóficas, científicas, sociales y comunales del tiempo. En la concepción fisicalista aristotélica, el tiempo sería lineal, unidireccional y discreto, una serie de ahoras que se suceden por mera yuxtaposición, análogos a los puntos en una recta en el espacio geométrico y que se prolongan en una serie infinita. A lo largo de la metafísica occidental, desde Aristóteles hasta Kant y Heidegger, el tiempo fue ubicado en una morada trascendente (Negri y hardt, 2000). 

 

  Antes de llegar a la madurez del espíritu tecnocientífico y el capitalismo, afirma Lyotard (1998) que la humanidad hacía uso del relato mítico como medio específico apto para controlar el tiempo, ubicando así una secuencia de acontecimientos en un marco constante, en el que el principio y el fin de una historia forman una especie de ritmo o rima, una idea de destino, que presupone la existencia de una instancia temporal que conocería en su totalidad la sucesión de los momentos constituyentes de una vida, en una tentativa de neutralizar lo inesperado.

 

  Luego, la metafísica moderna dio origen a la reconstitución de grandes relatos −cristianismo, Luces, romanticismo, idealismo especulativo alemán, marxismo− que tampoco serían enteramente ajenos a la estructura del relato mítico. Implican que el futuro seguiría abierto en tanto meta, con el nombre de emancipación. 

 

  El proyecto moderno no fundó su legitimidad en el pasado sino en el futuro y se esforzó por neutralizar lo más que pudo la contingencia y lo imprevisible. Con el posmodernismo, se desestabilizó la idea del tiempo como distribución entre el “aún no” del futuro y el “ya no” del pasado, corriéndose el foco a los intentos de garantizar al futuro mediante el cálculo de riesgos y el intercambio comercial que subordina al presente y ocupa su lugar (Lyotard, 1998).

 

  Con esta ruptura posmoderna, las nuevas temporalidades de producción biopolítica no pueden ser entendidas en los marcos trascendentalistas: es imposible medir el trabajo en tiempo, sea por convención o cálculo, es imposible distinguir entre trabajo productivo, reproductivo o improductivo. Negri y Hardt (2000) afirman que, con esta indistinción progresiva entre producción y reproducción en el contexto biopolítico, lo que se quiebra es la posibilidad de una ficción de medida entre tiempo y valor, cada vez más inconmensurables.

 

  Baudrillard (2000) afirma que la tensión temporal lineal entre modernidad y progreso se ha roto desde la posmodernidad: el hilo de la historia se ha enredado, la historia se escinde en fragmentos dispersos y se reactivan fases de eventos y conflictos que creíamos cerrados hace tiempo. En el esquema de linealidad progresiva que se armó en Occidente, a los tiempos posmodernos le seguirán los tiempos del fin del tiempo.

 

 

II -La fantasía de detención del tiempo

 

  La protagonista de la ficción de Moshfegh tiene 26 años. Es de una belleza hegemónica: blanca, rubia, alta; estudió historia del arte y trabaja en una galería de arte, tiene una herencia holgada y se sabe privilegiada. Hija única, sus padres fallecieron: el padre de un cáncer de rápida evolución y al poco tiempo, su madre se suicidó con alcohol y pastillas. La joven tiene un piso en un barrio caro de NYC y su vida carece de sentido. La carcome el cinismo y la apatía. 

 

  El poco sentido que se mantenía a flote en ese mundo de apariencias vacías, se desplomó tras la muerte de sus padres (ella no reconoce esto). El dolor no se puede nombrar, se reniega de la pérdida a la vez que se la embalsama en un recuerdo que no deja de ser un presente continuo y que no implica un trabajo de la memoria ni del duelo. El tiempo se trastoca. 

 

  La alternativa al trabajo psíquico de duelo imposible es mágica, absurda y biologicista: dormir un año entero para que la biología molecular del cuerpo se regenere por completo y así, salir mágicamente renovada del proceso inconsciente −en el sentido orgánico−, como una persona nueva, sin más malestar emocional. Sustraerse de la vida por un año: de las mil tareas domésticas que la reproducen, del trabajo, de los lazos sociales, de los compromisos y expectativas, del circuito incesante del consumo. 

 

  Descontarse del Otro, del tiempo del Otro. Perder la noción del tiempo, suspenderlo y salir de allí sin lesiones ni marcas, renovada. La ilusión de un tiempo sin sujeto. 

 

  El plan incluye engañar a una psiquiatra-dealer para poder noquearse con cuantos psicofármacos fuese viable, aduciendo como motivo de consulta un insomnio descomunal. La joven encuentra a la psiquiatra ideal para evitar confrontarse con su conflicto psíquico. A la “chamana farmacéutica” no le temblaba la pluma, armaba recetas de lo más heterogéneas y la protagonista consumía “somníferos en dosis altas y los completaba con una pastilla de Seconal o Nembutal cuando estaba irritable, con Valium o Librium cuando sospechaba que estaba triste y con Placidyl o hidrato de cloral o meprobamato cuando sospechaba que me sentía sola”. 

 

  Performance de drogadicción hipnótica”, llama a su plan la joven. ¿Desaparición garantizada? Moshfegh narra su imposibilidad de una manera hilarante y con una crítica mordaz, porque no es una resistencia subjetiva la que se rebela contra el plan de abolición: el sabotaje viene del propio engranaje capitalista, en un empuje al consumo. La protagonista comienza a notar que, durante su sueño pretendidamente inerte, comienza a realizar compras por internet: ropa, lencería, pornografía, citas con el spa que luego cancela, polaroids que testimonian que participó de raves nocturnas en su inconsciencia.

 

  El sabotaje a su intento de descontarse aparece como una captura en el circuito del consumo que resiste y del que nunca se fue. A su tarjeta de crédito le da igual que esté despierta o dormida. Su intento de huida no se politiza, no se configura como una denuncia o cuestionamiento al discurso Amo, a la normatividad social, a los mandatos de productividad, sino que responde a una depresión solapada, sin conciencia de sí misma, a una denuncia muda tanto como enmudecedora. Sin salida, sin futuro.

 

  La anestesia no se contrapone a la velocidad: es su contracara, igualmente desubjetivante. Cuando el Orfidal, el Trankimazim, el Zolpidem, el fenobarbital y la Trazodona ya no alcanzan para ser una zombi que sólo duerme, la psydealer le consigue muestras de Infermiterol, el psicofármaco que inventa Moshfegh para noquear con tres días de sueño seguidos a su protagonista, quien lo usa a repetición para completar su semestre faltante de “descanso y relajación”. Y para que al final de ese año no haya pérdida ni resto sin captura, ¿qué mejor que convertir esa inconsciencia consumista en una serie de video performances vendibles al Mercado del arte?

 

  Lo que adquiere aquí valor de mercancía no es una experiencia vital devenida objeto estético, sino un residuo de la mortificación subjetiva, reciclado en objeto de consumo. El capitalismo metaboliza y absorbe cualquier objeto y, fundamentalmente, se alimenta del estado de ánimo de los deprimidos. Por supuesto, a los videos los extractiviza y produce un otro: la joven, como buena deprimida, se encuentra instalada en un vacío de sentido y una pobreza tal que redunda en la falta de producción de fantasías. 

 

  Zambrini (2022) entiende a las neurosis mismas como intentos de detener el tiempo y quedar en la aprehensión del instante finito como eterno, a través de la fijeza de la repetición, a través de ritornelos obsesivos y capturas fantasmáticas. La voluntad de detener el tiempo se vuelve mortificante: intentar detener el movimiento de lo vital, habitar en la captura o retención de un logro o una pérdida, no es más que llenar el vacío con la pérdida misma y eternizarse en el reclamo. 

 

  Kehl (2019) afirma que el depresivo es aquel que siempre intenta colocarse fuera del tiempo de los otros, o del tiempo impuesto por el Otro, pero que no logra oponer a esos tiempos una temporalidad propia. Se esconde, pero no encuentra las condiciones que le permitan tomarse su tiempo. A su vez, su retracción ocupa el lugar de síntoma social: al deprimirse, intenta huir del exceso de ofertas (que se entienden como demandas) del Otro para refugiarse bajo las sábanas, en ese lugar paradojal donde cuanto más se retrae, más a merced se pone de la demanda del Otro. En la novela, la joven durmiente queda reducida a ser una consumidora sonámbula. 

 

 

III -Depresión zombi

 

  Fisher (2022) considera que la ontología depresiva es peligrosamente seductora porque, como la gemela zombi de una cierta sabiduría filosófica, es una verdad a medias. El depresivo se vería a sí mismo como un consumidor serial de simulaciones vacías, un adicto enganchado con todo tipo de embriagueces atenuadas, una marioneta de las pasiones, por lo que elegiría retirarse de “las vacías delicias del mundo de la vida”. Su voz, en su fatalismo y su aceptación de lo peor, sonaría como la voz de una persona ya muerta, o que ha entrado en “un atroz estado de animación suspendida, una vida muerta por dentro” (Fisher, 2022), un zombi.

 

  Kehl (2019) afirma que, en las depresiones, el tiempo que no transcurre es una temporalidad en suspenso que no se anclaría en ninguna representación esperanzada del devenir. Ese sentimiento estancado del tiempo no se ajustaría al tiempo impaciente y ávido del mundo capitalista. Sin embargo, ese desajuste no implica necesariamente que la resistencia del que se deprime tenga una motivación política, a menos que se considere la dimensión pública del lenguaje que enlaza al sujeto del inconsciente con el campo del Otro.

Aunque lo que motiva la lentitud del depresivo no sea una intención política, Kehl resalta que el efecto de su incapacidad de ponerse en sintonía con la urgencia contemporánea ofrecería una resistencia a las modalidades de goce disponibles. 

 

  El tiempo del Otro, como ritmo acelerado de la vida social capitalista, reduce nuestras vidas al breve circuito de la producción y el consumo. La protagonista de la novela no tiene como objetivo inmediato usar los psicofármacos como parte de la estrategia de normalización social para ser devuelta a la regulación social del tiempo productivo, para poder así fingir funcionalidad, trabajar y recuperar la capacidad de realizar las tareas banales de la vida cotidiana. Su objetivo no es recuperar un semblante de normalidad y continuar con la reproducción de la vida, aunque le siga pareciendo totalmente desprovista de interés, valor o sentido.

 

  Aun así, ni extremando su inducción a los estados más zombis, puede descontarse del circuito del consumo. Cuando no está noqueada por los psicofármacos, se intoxica hasta la sedación con las peores películas hollywoodenses, con comida ultraprocesada o vomita brillantina de una fiesta a la que no recuerda haber ido. Cuando está despierta −en una vigilia sin ninguna capacidad de agencia−, sólo puede consumir en loop los mismos programas televisivos ya vistos.

 

  Ugrešić (2021) caracteriza al consumo trivial y desinformativo que producen los medios masivos de comunicación como un consumo bulímico: un atracón de informaciones que produciría la sensación de que el tiempo habría dejado de correr, generando un agujero intemporal en el que el consumidor se encontraría dislocado, desconectado y desorientado, suspendido en la “gozosa entrega a la contemplación ensimismada”.

 

  A esa gratificación inmediata a la que se reducen los consumidores-espectadores, Fisher (2023) la denomina “hedonia depresiva”: una incapacidad para hacer cualquier cosa que no sea buscar placer mediante una narcosis suave, una “lasitud hedónica”, una “dieta probada del olvido”. Olvido que, en las condiciones de precariedad ontológica del capitalismo tardío, se convierte en una estrategia de adaptación. 

 

  La medicalización autoinducida −en collab con la psydealer− no respondió al objetivo mágico de anestesia temporal y restauración vital, más bien, le robó el tiempo: el tiempo necesario para atravesar su dolor y elaborarlo, para construir nuevas referencias y sentidos frente al vacío existencial, para poder dar por perdido lo perdido, para duelar e imaginar una vida que sea vivible. 

 

  Fleury (2023) aborda otra fantasía temporal: no de la detención, sino de “la vuelta atrás”. Afirma que, con frecuencia, nos llegan pacientes con esta expectativa: reparar, volver a vivir como habían vivido antes del drama, antes del trauma, como si hubiera una contramarcha posible, como si la reparación no implicase una creación. La expectativa se sitúa en una vuelta atrás no sólo anterior al drama/trauma sino a un tiempo sin preocupaciones, a la ilusión de la felicidad, es decir, a un tiempo que no es sino mítico.

 

  Fleury afirma que la felicidad que puede crearse en un análisis no será nunca la antigua ni la mítica, será algo que no existió nunca. Y ése es nuestro desafío: crear lo que nunca existió. Esa sería la contrapropuesta del psicoanálisis: en el lugar del sonambulismo, propiciar otro fantaseo, que se oriente a la potencia creativa de la acción. 

 

  Pienso en los pacientes en la antesala de la depresión, que también llegan con la expectativa no de “vuelta atrás” sino del “sólo quisiera que no me afecte tanto”. Como si el tratamiento de una problemática crónica de avasallamiento, maltrato u otro tipo de sufrimiento, fuese la búsqueda de una mejor adaptación, de una condicionada disminución conductual de la afectación, que no implicase un trabajo de revisión e intento de modificación de las condiciones que generan esa afectación. También pienso en quienes llegan con la demanda de “encontrar −o recibir, en el peor de los casos− herramientas para sobreponerme” (otro nombre de “adaptarme”, sin cambiar nada). Imagino las funciones de las herramientas necesarias para la des-adaptación: qué recortar, qué serruchar, qué agujerear, engarzar, separar, podar, editar, fundir, empalmar…

 

  En Negative Psychoanalysis for the Living Dead, Reshe (2023) plantea que el psicoanálisis es “negativo”, como contrapropuesta frente a la psicología positiva, en tanto no vende herramientas para la adaptación y el conformismo, ni vende la búsqueda de la felicidad completa o la desafectación. Siguiendo las conceptualizaciones de Spielrein y Kristeva, Reshe (re)ubica a la pulsión de muerte como concepto central del psicoanálisis. Propone instalarnos en un espacio contraintuitivo, en el que la pulsión de muerte no sería aquello que nos duerme sino la negatividad que podría despertarnos.

 

  Lejos del sentido común, no entiende a la cura como salvación ni como una guía práctica para concluir (en) nada. Invita a instalarnos en la negatividad del dolor, del malestar y del síntoma, no para suprimirlos sino para explorarlos y posibilitar el lazo social a partir de ellos y con ellos. Una práctica negativa incluye el duelo tanto como la risa y la parodia, no niega la ruptura que nos constituye ni la falta de sentido radical, que será recubierta por alguna parodia de vida, una “live living” en contraposición al “living dead”.

 

 

IV -Descanso y relajación

 

  Relajación, así escrita ¿no suena rara? Al menos a mí, me suena rara. Como si estuviera mal dicha. Creo que relajamiento suena peor. Hace más de una década, le expresé a mi psicoanalista de ese entonces que necesitaba un tiempo de relajo. No quería decir relax, no quería usar un anglicismo que, además, me sonaba banal y ligero. El psicoanalista sólo señaló que “relajo” sonaba a estar descompuesto. Efectivamente, uno de sus sinónimos es la distensión abdominal, otro es el desbarajuste. Una traducción desafortunada: qué difícil decir bien que no quería más caos, sino un descanso. Pero esa falla en la traducción fue la oportunidad del señalamiento de lo falible en la lógica del escape. 

 

  La protagonista de Mi año de descanso y relajación creyó tener el plan perfecto para lograr el descanso y evadir el caos. Atiborrarse de psicofármacos en el intento de detener el tiempo no es una estrategia nueva. En el siglo XIX, le hubieran prescrito una “cura de sueño”.

 

  A partir de la década de 1920, en la famosa Clínica Burghölzli de Suiza, se difundió la “cura de sueño prolongado” o “narcosis prolongada” (dauernarkose) para el tratamiento de la esquizofrenia, las “encapsulaciones negativistas” y otras manifestaciones psiquiátricas de tipo depresivas o maníacas. La historia de este método terminó bastante mal cuando, entre la década del ‘60 y el ‘80, fue usada en una clínica australiana para el tratamiento de una amplia variedad de “condiciones psiquiátricas” −desde la depresión post parto hasta la delincuencia y la adicción a las drogas− y resultó en la muerte de varios pacientes. El control psicosocial intentando poner a dormir a la delincuencia no resultó una terapéutica moralmente válida… 

 

  En la novela que nos ocupa, la psiquiatra no tiene otro desafío que hacer dormir al trastorno del sueño (porque se trata del trastorno, no de la paciente), no desconfía del motivo de consulta, no interroga el estatuto de lo que la paciente se autodiagnostica, no supone un conflicto psíquico allí. Ella se reconoce como una suerte de dealer para los deficitarios, que como habitan el déficit, no se habilita la pregunta por lo que también es un exceso ahí. 

 

  A pesar de la voluntad depresiva de la protagonista por sustraerse del tiempo y a pesar del intento de apagón farmacológico, leemos que hay una resistencia subjetiva que se reanima cada noche de anestesia, con pequeños actos de rebeldía que son el pulso de la vida que continúa. Pulso que continúa produciendo realidad aún en el intervalo. Manifestaciones del inconsciente, que en esta ficción terminan capturadas por el Mercado, pero que podrían tener otro devenir: la vía deseante, aquí obturada.  

 

 

V -Todavía no 

 

  “Todavía no, todavía no”, entona con su voz infantil, cantando. To-da-ví-aaa-noo”, repite la niña, mientras ríe. Que todavía no se termine el juego, mientras se construye una estructura de demora, mientras se amasa a la paciencia, a la capacidad de espera, a la vivencia del tiempo como proceso. Que todavía no llegue el final, que va a decretar la adulta, como cierre. El tiempo de la sesión toda transcurrió en el no-todavía, en lo no realizado aún, hasta la próxima vez y quizás, hasta otra y otras más.

 

  Releyendo a Freud, Kehl (2019) afirma que la cualidad que define a lo psíquico no es espacial, sino temporal. La inclusión de la dimensión temporal, bajo la forma subjetiva de la espera de la satisfacción, marca el origen del sujeto psíquico. Para el infans, la primera manifestación de la omnipotencia del Otro primordial consistiría en someter la urgencia de la satisfacción de las necesidades a una cierta demora. El psiquismo se instaura a partir del trabajo de representación del objeto de satisfacción esperado, con la intención de anular el angustiante intervalo de tiempo vacío. Así, el tiempo se instituye en el intervalo entre la tensión de la necesidad (pulsional) y la satisfacción. 

 

  La temporalidad, es decir, las formas de organización y percepción subjetiva del tiempo, es un modo de regulación sociocultural de la pulsión. La experiencia humana del cuerpo −sus demandas, sus ritmos y sus urgencias, su mayor o menor tolerancia al placer y al displacer− varía de una cultura a otra, de una época histórica a otra (Kehl, 2019). 

 

  En un psicoanálisis, la temporalidad es retroactiva, el pasado no está necesariamente atrás, se puede escribir en un futuro que lo fije en un pretérito. No es lo que ya fue, sino que puede seguir siendo −en una actualización de un sufrimiento, por ejemplo− o lo todavía no acabado, que puede aún transformarse, con un cambio en la narración.

 

  El presente de alguien puede no ser lo que es o está siendo, porque ese alguien puede estar en otro tiempo, un poco antes, un poco después, un poco al costado. El puro presente es un artificio, una virtualidad. Al presente sólo se lo puede ver y entender con un retraso. No hay coincidencia: habitamos el desfasaje temporal, un poco antes, un poco después, el momento justo es casi un acto de magia. 

 

  Fingermann afirma que el tiempo que se inaugura en un psicoanálisis es “sin pies ni cabeza”, en esa ficción que “artificializa” la verdad del sujeto, el presente se anuncia atropellado por un futuro supuesto, formateado por un pasado hipotético que nunca fue (Kehl, 2019), mientras la repetición traumática y las reminiscencias darían cuenta de un tiempo que no pasa. Para la autora, la función del acto analítico sería extraer de la temporalidad de la repetición esa otra dimensión del tiempo que es el kairós, el momento oportuno. Así, un psicoanálisis posibilitaría el pasaje del tiempo perdido al tiempo encontrado, a disponer de un tiempo libre de demanda. 

 

 

VI -Para (no) concluir

 

  Vayamos a otro sabor. Afirmé que la novela de Moshfegh es ácida, pero para su protagonista lo único ácido podrían ser sus vómitos de brillantina. Lo que ella saborea es la amargura del sinsentido cotidiano. 

 

  En Aquí yace la amargura, Fleury (2023) desarrolla que cuando se renuncia a la dimensión temporal del kairós y ésta queda desenlazada de las otras dos (del chronos −dimensión secuencial y lineal del tiempo− y del aiôn −sentimiento de suspenso y eternidad−), cuando el presente es tenido por inaceptable, prueba de la injusticia que se padece, cuando el futuro se torna inexistente y el pasado sólo remite a una ilusoria y fantasmática nostalgia, que nada tiene que ver con la idea de memoria, sólo quedaría la amargura y el resentimiento. El resentimiento impide la apertura, cierra, forcluye, no deja salida posible más que el sí mismo royéndose a sí mismo.

 

  La desarticulación temporal, en estrecha relación con la desvinculación de la historia y con el trabajo de la memoria, genera un sentimiento de desrealización y desvitalización que ahoga al individuo en la amargura. Su propuesta es lograr hacer algo con ese amargor: transformarlo en obra, obrar. 

 

  La joven durmiente de la novela no se despierta como obradora: le expropian un tiempo suspendido que, como obra, no es más que mercancía a la venta en el mismo circuito del (auto)consumo. En contraposición a la manufactura, obrar se podría relacionar con lo artesanal. Con aquello que Cvetkovich (2024) denomina la “utopía del hábito corriente” y ejemplifica con actos creativos a nivel de la “artesanía”, recuperando así la dimensión temporal del proceso: las formas de repetición significativa que conlleva, la reconexión corporal y el entrelazamiento entre lo doméstico (ámbito donde se despliega la depresión) y lo público.

 

  La pregunta sobre la que se monta el obrar podría ser, entonces, cómo recuperar la creatividad y la vitalidad, para reinsertarlas en nuestras cotidianeidades y no exiliarnos de nuestras vidas.

 

 

Referencias bibliográficas

 

Baudrillard, J. (2002). La ilusión vital. Buenos Aires: Siglo XXI.

Cvetkovich, A. (2024 [2012]). Depresión. Un sentimiento público. Buenos Aires: Coloquio de Perros.

Fisher, M. (2022 [2013]). Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Buenos Aires: Caja Negra.

Fisher, M. (2023 [2016]). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra.

Fisher, M. (2024 [2021]). Deseo postcapitalista. Las últimas clases. Buenos Aires: Caja Negra.

Fleury, C. (2023). Aquí yace la amargura. Cómo curar el resentimiento que corroe nuestras vidas. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Kehl, M. R. (2019). El tiempo y el perro. La actualidad de las depresiones. Buenos Aires: El Cuenco del Plata.

Lyotard, J.-F. (1998) Lo inhumano. Charlas sobre el tiempo. Buenos Aires: Manantial.

Moshfegh, O. (2019). Mi año de descanso y relajación. Buenos Aires: Alfaguara.

Negri, T.; Hardt, M. (2000). Empire. Cambridge: Harvard University Press.

Reshe, J. (2023). Negative Psychoanalysis for the Living Dead. Philosophical Pessimism and the Death Drive. Switzerland: Palgrave Macmillan.

Stucchi-Portocarrero, S.; Cortez-Vergara, C. (2020). La cura de sueño en la historia. Revista de Neuro-Psiquiatría, 83(1), 40-44. 

Ugrešić, D. (2021). La edad de la piel. Madrid: Impedimenta.

Zambrini, A. (2022). El deseo nómade: una clínica del acontecimiento. Buenos Aires: Vagantes Fabulae.

 

 


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