» Literatura
Modos de habitar una casa vacía27/09/2026- Por Majo Cornejo Giunta - Realizar Consulta
María José Cornejo Giunta se vale de la lectura de la novela “Casas Vacías”, de la autora Brenda Navarro, para interrogar algunas de las coordenadas psíquicas que subyacen en la maternidad: obligación, elección, deseo, vacío, rechazo, voluntad, falta, don. El texto que nos comparte, alejado de los binarismos morales, y apoyado en la lectura de las vicisitudes que atraviesan las dos mujeres protagonistas de la novela, le hace lugar a los conflictos psíquicos que implican poder hacer, o no, de un niño, un hijo. Pasen y lean…
“Mutter und Kind” (1912), de Egon Schiele*
Casas vacías[1] (2019) es una novela de la autora Brenda Navarro. La misma trata acerca de dos mujeres, dos madres, y la desaparición de un niño. Una de ellas no deseaba ser madre, la otra quería serlo a como dé lugar. La primera pierde de vista a su hijo en el parque, la otra lo secuestra. La novela alternará entre la voz de ambas mujeres y sus historias. Durante el recorrido nos encontraremos con la culpa, los mandatos, las desigualdades y las dificultades en los lazos.
En esta oportunidad me propongo reflexionar acerca de algunos interrogantes que se ponen en juego en la intersección de esas historias: ¿Qué relación tienen ellas con su maternidad? ¿Se inscribe de la misma manera para ambas? ¿De qué hablamos cuando hablamos de un hijo? ¿Tener un niño lo hace hijo? ¿Qué posibilidades para ese sujeto?
Dos maternidades, dos historias
La novela alterna entre dos voces: la voz de la madre de Daniel, a quien pierde en el parque, y la de la mujer que lo secuestra y rebautiza como Leonel. Sus historias corren en paralelo, sin tocarse, y esa misma estructura del libro habilita una lectura comparativa: no la de la buena madre y la mala madre, sino la de dos maneras distintas de encontrarse con la maternidad.
El deseo, o su ausencia. La madre de Daniel no deseaba ser madre: “Me impuse ese deseo que, a decir verdad, no sentía” (p. 123), dice, y agrega: “Después de que nacen la maternidad es para siempre” (p. 20), frase que en su voz suena menos a certeza amorosa que a sentencia. La madre de Leonel, en cambio, soñaba con serlo, lo vivía como algo inherente a su condición femenina: manifestaba que podía tolerar cualquier cosa, menos no convertirse en madre. Ubicaba en la ausencia de un hijo un vacío que necesitaba cubrir.
El contexto de vida. La primera tuvo a Daniel para alejarse de su amante en un momento en que no estaba bien, pero ya en el embarazo aparecen gestos de rechazo hacia lo que llevaba adentro, como golpes disimulados que nadie veía. La segunda venía de una historia familiar marcada por el maltrato, los abusos y las privaciones, y sostenía además una relación de pareja tumultuosa con alguien violento, irresponsable, alcohólico. Ella pensaba que un hijo iba a mejorar las cosas.
El vínculo con el niño. Para la madre de Daniel, el vínculo nunca termina de asentarse: le daba la teta no para alimentarlo, sino para mantenerlo ocupado; y los momentos de amor que refiere, son fugaces, sin poder hacer marca de lo vivido. La madre de Leonel, en cambio, describe el vínculo como una construcción activa: “Yo lo estaba haciendo mi hijo” (p. 152). Ese contraste ‒una que no puede alojar ese lugar ni siquiera queriéndolo, otra que arma ese lugar a fuerza de voluntad y en contra de la ley‒ es el punto de partida para pensar que un mismo niño no es, de ningún modo, el mismo hijo, y que la maternidad nunca es la misma.
Entre la estructura y la contingencia
Esa diferencia entre ambas maternidades no es azarosa ni se puede circunscribir solo a las circunstancias de la vida, sino que responde a estructuras subjetivas distintas.
Expresar “quiero tener un hijo” no es sinónimo de desearlo, así como no quererlo tampoco implica lo contrario: incluso en el odio materno hay una posición deseante, un no-lugar que puede seguir siendo un lugar. Esto se ve en las dos mujeres del libro: ¿desea cada una un hijo con sus particularidades, o un objeto que la colme? ¿Podrían separarse de él y darle lugar como sujeto?
Es interesante cómo la sinopsis puede confundirse con la historia de la buena madre y la mala madre, pero el relato y la lectura que propongo están lejos de eso. Podemos cuestionar el “todas las madres”, o el dicho “madre hay una sola”, en tanto imaginario construido en torno al “instinto materno”, que divide entre buenas y malas madres. Estas reflexiones se corren de dicha perspectiva, y del juicio moral que puede acompañarlo, para entrar en la ética del psicoanálisis.
Lo que me interesa remarcar es la singularidad de la experiencia en relación a la estructura subjetiva de cada una: ¿qué operaciones pudo o no pudo realizar ese sujeto-mujer con ese objeto-hijo/sujeto-hijo? Haciendo énfasis en que cada una construye la maternidad que puede, como puede.
Desde el psicoanálisis se considera la maternidad como un acontecimiento libidinal, que puede atravesarse como una experiencia en tanto es sostenida en un deseo. Para una mujer, la llegada de un hijo es un encuentro con lo Real de su propio cuerpo, y de su propia historia; a lo que responde con su estructura, que determinará qué “operaciones” puede realizar, o no. Tampoco podemos desconocer la influencia de los mandatos sociales, pero desde la perspectiva planteada, me parece importante también advertir que quizás cada uno de ellos se encarnará en cada una, según su propia singularidad.
Por lo tanto, dicha experiencia varía de una mujer a otra, y varía dentro de la historia de una misma mujer. Cada una inventa un ser madre según las contingencias de la vida, pero también según su posición ante la castración y el fantasma del que dispone.
Se puede ser madre de cuidados, no de deseo; ser madre pura presencia que no permite así instalar la dialéctica de la falta; ser madre estragante que hace del niño objeto de goce propio. ¿Qué fue para ese niño su madre, y qué fue para esa madre ese niño? Son preguntas que marcan una orientación clínica.
No hay un saber instintivo, ni adquirido, sobre lo materno, y no hay nada que garantice un buen encuentro entre madre y niño. Nunca puede hacerse una idea completa del niño con el que una madre se encontrará. Un niño no “nace” hijo, sino que deviene hijo a través de una serie de operaciones simbólicas. La filiación no es un dato de la biología, sino un efecto del lenguaje y del deseo del Otro. Los padres deben “adoptarlo” simbólicamente, es decir, aceptar inscribirlo en su historia, darle un nombre y reconocerlo como un semejante. Se puede ser la madre biológica y no haber realizado nunca el acto de adopción simbólica (caso de la primera madre). O se puede robar un niño y realizar un simulacro de acto que, al estar fuera de la ley, termina en una captura imaginaria (caso de la segunda).
La función materna le presenta el mundo al niño, pero también debe estar marcada por una falta. Esa falta (el deseo de la madre por algo más allá del hijo) es lo que permite que el niño no sea “todo” para ella. Para que un niño se constituya, la madre debe realizar una operación de donación de significantes, transformando el grito ‒puro biológico‒ en un llamado simbólico. En la novela, hay una madre que no quiere interpretar, que siente el rechazo al alimentarlo. El llanto del niño le devuelve, en el espejo, el reflejo de su propia frustración.
Para la madre que lo roba, el niño es un objeto que debe llenar su soledad, transformándose en un intento de suturar su propia falta. A diferencia de la madre biológica, que lo ve como un resto que le sobra, un estorbo que no se traduce en un hijo, el niño se transforma en alguien que viene a completar su ser.
Conclusión
A través de este escrito me propuse realizar una crítica a la universalidad desde la que se suele leer a las maternidades. Parte de esta posición, apoyada en la singularidad de las dos mujeres de la novela como disparador, consiste en desmontar la idea de “instinto materno”, como así también reafirmar que no se trata de la persona, sino de la función.
Se trata de desplazar el eje de la “Madre” (con mayúscula, como ideal o rol social) hacia la función materna como contingencia, que no agota la subjetividad femenina. En psicoanálisis, la maternidad no es un instinto ni un destino natural, sino un encuentro fallido o logrado entre el deseo de una mujer y un nuevo ser. La idea de fondo es que la “madre” no existe: lo que existen son personas confrontadas a la función.
La maternidad requiere operaciones psíquicas que no dependen de la voluntad, sino de la estructura de cada mujer. Una mujer puede amar a su hijo, más allá de las fallas en la función por su propia estructura, o puede odiar su situación y, sin embargo, donar los significantes que el niño necesita para no desvanecerse. El foco no está en el “sentimiento” moral, sino en la operación simbólica en juego. Suele creerse que una madre debe dar “todo”. El psicoanálisis dice lo contrario: una madre dona su falta.
Bibliografía consultada
Lacan, J. (1994). El Seminario, Libro 4: La relación de objeto (1956-1957). Paidós.
Lacan, J. (1999). El Seminario, Libro 5: Las formaciones del inconsciente (1957-1958). Paidós.
Arte*: Egon Schiele (1890–1918), fue un pintor y grabador austriaco contemporáneo y discípulo de Gustav Klimt. Fue, junto a Oskar Kokoschka, el mayor representante del expresionismo austriaco.
[1] Navarro, B. (2018). Casas vacías. Kaja Negra (México). Reeditado en 2019 por Sexto Piso. Las páginas citadas corresponden a la edición consultada por la autora.
© elSigma.com - Todos los derechos reservados



















