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Repetición29/11/2021- Por Guillermo Fernández -
Guillermo Fernández, desde Monserrat, CABA, comparte este artículo hecho de pequeños detalles que advierten que lo infrecuente, aquello que por su lógica debería impresionarnos, muchas veces se pierde en las falsas identidades. Fragmentos del cine, la fotografía y la literatura, son los analizadores que usa el autor para revelarnos como se libra esa batalla entre la visión adormecida en la repetición y el acto de lectura, la lucha por el sentido que privilegia la uniformidad y los centros, y aquel que se fuga en los bordes, las irregularidades y los abismos. Patricio Vargas
Camiño Bermello, (1988) Óleo de Antón Pulido Novoa*
La película del director chino Wayne Wang, con el guión de Paul Auster Cigarros (1995), pone en evidencia un episodio tan singular como cotidiano. Coloco estos dos atributos a la secuencia de Cigarros porque muchas veces lo infrecuente pasa inadvertido, por una cuestión básica: muy pocas veces nos detenemos en lo heterogéneo. Me refiero a la escena del filme en la que un fotógrafo toma fotos siempre a la misma hora de la esquina de un comercio de tabaco en Brooklyn.
El personaje en cuestión ha acumulado una cantidad considerable de material y lo ha encarpetado como una obra importante en la que pone en evidencia que ha encontrado plasmar en varios fotogramas el hecho de que la misma gente transita el lugar. Lo significativo consiste en que a la pregunta sobre si no lo aburren esas tiras que repiten el mismo público, él responde que nunca la gente conserva los mismos rasgos, a pesar de que se trata de idénticos transeúntes.
Hay que poner el énfasis en lo informe. Nos podemos deslizar con las mismas piernas, pero el movimiento y los gestos delatan “identidades falsas”, lo común nunca diluye diferencias. Creo que nuestra vista se apura a quitar indicios porque conviene encontrar similitudes.
El arte en general resalta aquello que se nos presenta en “masa” para actuar como la lente de un microscopio que nos enseña a “ver”, esas partículas diminutas que hacen a un todo.
Conviene recordar que mucho tiempo antes otro director, esta vez italiano, Michelangelo Antonioni, filmó Blow Up (1966) adaptando el cuento de Julio Cortázar Las babas del diablo (1959). El protagonista también amplía una fotografía que toma de una pareja en un parque. Vemos cómo trabaja en su laboratorio y con las muestras todavía húmedas por los productos químicos descubre un crimen de un hombre en un arbusto. Lo que en un momento fue hojas secas y un árbol el contraste convierte en una muerte.
La cámara aumenta con el teleobjetivo hasta llegar al punto en que la vista no alcanza a descubrir. Nos encontramos con la misma escena: la repetición, también en el caso de Blow Up, lleva a la confusión: un conjunto de árboles conforma un paisaje idéntico que estimula la indiferencia.
¿Quizá nuestra retina, tan acostumbrada al equilibrio, saltea el quiebre de esa “paz visual”? ¿Podemos pensar que la tranquilidad consiste en una tarea pasiva que esquiva lo incómodo de sospechar lo otro que está ahí y nos enfrenta?
En cualquier observación existe una batalla sin demasiada sangre. El ojo sacude nuestra pupila y nos coloca con una animosidad algo perversa: intentamos tomar aquello que inevitablemente se nos escapa en un parpadeo que es más costumbre que detención necesaria.
Michel Foucault en Las palabras y las cosas (1966) recurrió a la pintura de Diego Velázquez Las Meninas (1656) para acuciarnos con el punto de intersección de dos ojos: el del espectador y el del artista que compone el lienzo. Toda la abundante literatura sobre la pintura en cuestión ya anticipa y hasta parece un tratado de óptica que pretende guiarnos ingenuamente la mirada.
Se recurre al término de “enigmas” de Velázquez para aludir al artificio que pone en ridículo la monótona mecánica visual de recorrer la vista sin “ver”.
Leer
Las grafías acumuladas en un renglón -ya que no abandonamos la idea de amontonamiento visual- sin la cadena sintáctica que Jacques Lacan denominó desplazamiento metonímico requieren también de una disquisición. Como la fotografía y la pintura a la que hemos utilizado como paradigmas de ese atolladero de indiferenciación, la lectura nos provoca en cada renglón que atravesamos.
Utilizamos la puntuación -siempre atacando lo normativo- para descansar y atrevernos a releer la palabra que abandonamos. El punto cumple la función de la vista que ayuda a “distinguir” como las cámaras de Antonioni o de Wang. En ese sentido, divide bloques de letras negras y ayuda a crear indicios que sorteamos con la celeridad.
¿Cuántas veces hemos tenido que dar vuelta la página, retomar un capítulo para orientarnos, para que la sujeción a la letra no sea pasajera?
Todos los intentos a los que animamos para leer no son más que librar batallas para fijar el espesor de la palabra: prestar atención a su volumen para que su grosor no cuele una interpretación desatinada.
Se cumple el mismo trabajo en el cuarto oscuro del fotógrafo. Él escurre la lámina para recién vislumbrar que aparece aquello que el líquido y nosotros ocultamos a causa de nuestra atracción a ver solo un conjunto amorfo.
Pensar lo “uniforme” asegura una tarea cómoda, un apoltronarse para querer hallar lo idéntico. Nos enseñaron a no respetar los “bordes” y a privilegiar el centro. El límite, ese costado sinuoso que esconde lo verdadero -el crimen de Blow Up, la distinción del tránsito humano en la esquina de Brooklyn, un pintor que se confunde con nuestra vista- casi siempre estorba.
Hay un abismo al que no queremos asomarnos, por eso miramos de soslayo, esquivamos lo irregular, porque no deseamos trastabillar en lo posible.
“El por las dudas” nunca fue ejercicio de caballería. El Quijote repetía las mismas hazañas que había leído. Seguro que debía encontrar lo diferente en embestir cada odre de vino; había hallado ese vacío que los lectores de época habían sobreestimado para entretenerse.
Si a los humanos de este siglo nos guía un horizonte, es el de detenernos en lo que consideramos compacto, sin fisuras. Quizá en esa masa homogénea debemos integrar la diferencia, aquello que no es todo sino parte.
En fin, volver a deletrear poco a poco la vida a la que nos acostumbraron.
Arte*: artista de Galicia, España. https://www.afundacion.org/es/coleccion/autor/pulido_novoa_anton
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