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Una ética de la escritura. Elogio del riesgo, de Anne Dufourmantelle

02/08/2022- Por Sol Fantin - Realizar Consulta

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Qué se hace con un libro que fecunda al lector, se pregunta Sol Fantin, luego de leer Elogio del Riesgo, de Anne Dufourmantelle. La respuesta es la escritura misma de este artículo, donde la autora hace pasar fragmentos de la trama conceptual con los que Dufourmantelle elogia eso que define como riesgo: lo irreductible de las batallas del deseo a favor del extrañamiento contra el retorno de lo mismo, la resistencia contra la lógica que intenta reducir toda experiencia vital a la precaución de lo conocido. Además, vamos a encontrar en este trabajo, un análisis de cómo escribe la psicoanalista francesa, cuál es la apuesta de su lenguaje, el modo en el que hace uso de los conceptos básicos del psicoanálisis y de su estilo para introducir la clínica. Por último, un detalle más: la autora lee Elogio del Riesgo desde su experiencia analizante. De ahí, en consonancia con el libro, rescata el valor particular de la metáfora como posibilidad para la escritura de lo íntimo, función clave del lenguaje para la insistencia creadora que abre espacios entre lo individual y lo colectivo, sin reducirse uno en el otro. Pasen y lean…

  

                 

                               “Distorted Gravity” por Anka Zhuravleva*

 

 

 

“¿Dónde iréis que no vayáis

a la muerte, liebres pálidas,

podencos de poca fe

y de demasiadas patas?”    

 

           Miguel Hernández

 

 

  Creo que es Umberto Eco el que dice que un libro es tanto más interesante cuanto más difícil es ubicarlo en la biblioteca, encasillarlo en un género. Elogio del riesgo (Bs. As: Nocturna, 2019) es un libro definitivamente seductor, que bien podría ingresar en esa categoría. Si aceptamos la propuesta de Roland Barthes de buscar la clave de un libro entre la primera palabra y la última, tenemos una pista. Elogio del riesgo comienza diciendo “La vida es un riesgo” y termina con “el espacio posible de la palabra”. Entre la vida y la palabra, se corre el riesgo de hacer lugar a lo inédito del deseo, como vía para inventar la alegría y la libertad.

 

 

Una lengua común

 

  Apenas empezado el libro, quise recomendárselo a todo el mundo, tal como mi psicoanalista me lo había recomendado a mí. Entonces apareció la pregunta: ¿de qué se trata? Tuve que ir al cuadro de catalogación para leer lo obvio: clínica psicoanalítica. Claro. ¿Cómo fue que no respondí eso de inmediato?

 

  La autora inserta en él algunos casos clínicos, es cierto, pero no lo hace desde el comienzo. Se toma su tiempo. Además, los introduce sin explicarse. Los coloca en el texto sin violentar el discurso ni justificarse tampoco, como si fueran una cosa dada, una revelación, un gato en una ventana.

 

  Gracias a sus metáforas, el texto está horadado por puertas que llevan a otro lugar. Pero ese otro lugar no está definido: cada lectura completará con imágenes propias un sentido que, por eso mismo, se vuelve singular, íntimo, como en esta pregunta: “¿Habrá, inserto en la vida misma, un dispositivo secreto, una música capaz por sí sola de desplazar la existencia hacia esa línea de batalla que llaman deseo?” (11).

 

  Por lo demás, se vale de una lengua común. Los términos técnicos no pasan de unos pocos en todo el libro (neurosis, real, síntoma, inconsciente…). Hay que decir también que la escritura de Dufourmantelle, no por ser enigmática resulta confusa: logra un equilibrio inhabitual, a buena distancia de la bibliografía psicoanalítica que tiende a girar en falso, sea por flotar en una jerga iniciática, sea por la imitación fallida del misterioso discurrir lacaniano. Lo que deslumbra en el libro de Dufourmantelle es que, sin ponerle candados al sentido, resulte tan claro, honrando la formación filosófica de su autora.

 

  Con destreza didáctica, la palabra neurosis aparece sólo cuando ya se le hizo lugar, cuando viene a sistematizar una serie de imágenes y operaciones que acaban de recortarse en la inteligencia y piden un contorno. A la neurosis, por ejemplo, la nombra como al pasar, para decir que “su movimiento principal siempre consiste en devolver lo desconocido a lo conocido, a cualquier precio” (30), definición de una sencillez apabullante. Del inconsciente, dice: “otros no creen en eso” (87). Aloja la posibilidad de descreer del concepto central del psicoanálisis, sin que ello le impida continuar con lo que tiene para decir.

 

  ¿Y qué es lo que tiene para decir? Me atrevo a extraer algo así: el riesgo sería el precio a pagar para salir de la rueda de hámster de la neurosis, “cuya marca de fábrica es atrapar en sus redes al porvenir de tal manera que moldee nuestro presente según la matriz de las experiencias pasadas, sin dejar ningún lugar a la irrupción de lo inédito” (13).

 

  El libro desarrolla espiraladamente esta noción, provocando una inspiración intensa, que embriaga de esperanza. Como decía, abunda en metáforas que parecen conducir a la intimidad de la vida psíquica, e insiste en una promesa emancipatoria: una posibilidad de libertad al alcance de cualquiera que se atreva a asumir el riesgo de quebrar sus fidelidades inconscientes con un pasado que retorna sin fin, obturando el deseo.

 

 

Una educación paradójica del alma

 

  Las vías de acceso al riesgo que explora el libro son diversas. La dependencia, la pasión, el alejamiento de la familia, la infidelidad, la angustia, la risa, la soledad, la escritura, entre otros asuntos, se presentan como campos en los que se disputa esa línea de batalla que llaman deseo. Las valoraciones sorprenden: defensa del olvido, defensa del secreto, defensa de la tristeza. No se trata de una mera inversión, sino de una puesta en suspenso del hábito que se vuelca en favor de ciertas palabras y que descarta otras, quizás apresuradamente.

 

  Con una acrobacia de evidente raíz nietzscheana, al subvertir valores, el texto enseña a pensar, a contrapelo del gesto adormecido con el que tendemos a aceptar como absolutos unos valores codificados en cada rincón de la cultura de nuestra época, y que acaso no nos convengan. Reclama su parte en la herencia de uno de los grandes ironistas del renacimiento, Erasmo de Rotterdam, a cuyo Elogio de la locura (1511) apunta el título.

 

  Estas vías de acceso al riesgo forman una lista incompleta y heterogénea, no sistemática, mucho menos exhaustiva. Dufourmantelle no revela su estructura conceptual: simplemente la pone en marcha, la hace funcionar. Prueba. Ensaya. Lejos  de las recetas y los tips para el buen vivir, este libro se ubica en la tradición de Michel de Montaigne, otro renacentista, que inventó en sus Essais (1580) una escritura nueva, caótica en el sentido de proponer una deriva, una exploración, una posible sorpresa. Y desde luego: renunciando de antemano a construir totalidades.

 

  Otras estrategias de escritura me llaman la atención. En particular, una manera de presentar los asuntos que no deja clara, a golpe de vista, si se los aprueba o desaprueba, si se los juzga buenos o malos. Un ejemplo: “Cada uno de nosotros pacta con el diablo a su manera. Mantiene con él una conversación que trata de mantener en secreto total” (22).  ¿Qué hacemos con ese pacto? ¿Lo evitamos, lo confesamos, lo profundizamos? El texto no lo dice. Hay que tomarse el trabajo (y correr el riesgo) de captar, de imaginar, quizás incluso de comprender, antes de tomar partido. Hay que sostener las preguntas antes de arrojarse a las respuestas.

 

  Creo que es mediante estos detalles de la escritura que el libro pone en práctica lo que llama “una educación paradójica del alma” (36). Es que el síntoma neurótico es al mismo tiempo un rechazo y un acatamiento. Para fugarse de ese fuego cruzado habrá que habitar la paradoja: mirar a los ojos a la esfinge, cuya lógica misma es una contradicción que puede producir parálisis, muerte en vida, como le sucede al burro imaginario de Buridán que, a la misma distancia de un plato de comida y uno de agua, muere de hambre y de sed, incapaz de decidirse por lo uno o lo otro. 

 

 

Enlazar lo individual y lo colectivo

 

  ¿Estamos ante un libro de autoayuda, entonces, de espaldas a la conflictividad del mundo? Sería una versión sofisticada de la autoayuda: un refinamiento de intelectuales destinado a limpiarse las culpas y alcanzar una satisfacción posible, sin hacerse cargo de lo que reclama, también, la justicia. Esta acusación gravita sobre el psicoanálisis: la de apuntalar el statu quo, dando la espalda a la revuelta. Lejos de esto, Elogio del riesgo comienza marcando territorio en el campo de lo común:

 

  Nuestros tiempos se encuentran bajo el signo del riesgo: cálculo de posibilidades, sondeos, escenarios alrededor de cracks bursátiles, evaluación psíquica de los individuos, anticipación de las catástrofes naturales, células de crisis, cámaras; ya ninguna dimensión del discurso político o ético escapa de ellos. Hoy en día, el principio de precaución se ha vuelto la norma. En términos de vidas humanas, accidentes, terrorismo, reivindicaciones sociales, es un cursor que desplazamos al antojo de la movilización colectiva y del mercantilismo económico; por lo tanto, permanece como un valor incuestionable. (p. 11)

 

  La precaución aparece como valor de una época frente a la cual el libro se posiciona críticamente desde el inicio, marcando el terreno con una definitiva impronta ética. En este párrafo, Dufourmantelle aloja la preocupación por la vida colectiva, para preguntarse, de inmediato, por una expresión coloquial, risquer sa vie, arriesgar la vida. Brillante: para profundizar en los problemas comunes, busca una clave en el habla común. Sin pedir permiso, se ubica directamente en su oficio de psicoanalista. Somos hablados por la cultura y es allí, en la posibilidad de hablar, donde se anuda la problemática a la vez individual y colectiva a la que dedicará sus reflexiones.

 

  Las estrategias de escritura que vengo relevando, enriquecidas por la elección de un vocabulario de precisión relojera, hacen del texto una superficie fractal, cabalística, como si en cada fragmento pudiera ser leída toda una doctrina. Por ejemplo, ahí donde esperábamos leer la palabra sujetos, el texto dice que somos unos obligados, revitalizando un matiz de sentido que ese término, ya calcificado en el discurso teórico contemporáneo, estaba dejando de evocar. Anoto, al pasar, que este procedimiento de desautomatización, que los formalistas rusos llamaron ostranenie y tradujeron extrañamiento, es propiamente poético.

 

  Un ejemplo más: el libro comienza diciendo “La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros, los vivos, corremos”. Si nosotros somos los vivos, somos entonces los que vamos a morir, los que corremos el riesgo de morir. Leo en esta expresión una referencia a la cultura griega, que insistió en la necesidad de reconocernos mortales como condición de la sensatez. Una época signada por protegerse del riesgo, como la nuestra, es una época que intenta negar la muerte, una época que los mitos griegos considerarían plagada de hybris, único pecado capital del mundo antiguo: la soberbia de creerse inmortal, midiéndose con los dioses. Así, como al pasar, le hace un guiño a Nietzsche y, en general, a una perspectiva materialista de la historia.

 

 

La escritura como praxis íntima de una ética

 

  Me parece que Anne Dufourmantelle hace de la escritura la praxis íntima de una ética. En el capítulo “Esclavitud voluntaria y desobediencia”, la inscripción de la ética en la lengua es explícita:

 

  Obedecer es primeramente poder hablar. Haber ingresado en la gramática de una lengua, haberse adherido a sus códigos para poder subvertirlos mejor. (…) El idioma es el primer lugar de nuestra desobediencia, es la aritmética no cifrada de nuestra memoria, de una civilización, de un arte de vivir, de una transmisión, la primera condición de nuestra posibilidad de desobediencia. Como toda ética verdadera, abre muchas otras vías de paso, pero primero una cierta relación de alteridad consigo mismo (25).

 

  La densidad de cada fragmento, eso que llamé su carácter fractal, lo vuelven tan fascinante como difícil de manejar. Por un lado, quiero mencionar que la alteridad consigo mismo como condición de la ética remite al enunciado casi inaugural de la poesía moderna, el Yo es otro de Arthur Rimbaud, que podría pensarse como una intervención ética de la poesía desde la lengua, que es lo que le compete. Por otro lado, esta idea de obedecer para desobedecer me lleva a pensar en el comentario que hace la autora del mito de Eurídice. Al convertirlo en matriz arcaica de su pensamiento, realiza de hecho lo que propone: darse vuelta hacia el reino de los muertos para descubrir, allí mismo, algo nuevo. Dufourmantelle se apropia del procedimiento intelectual de Freud, fundante de su disciplina, para hacer aparecer algo que no existía antes.

 

  Al mismo tiempo, ajustándose más a su propia práctica, la propia Dufourmantelle da una clave para pensar su escritura como una praxis ética, al referirse a uno de sus principales procedimientos: la metáfora (en griego, metaphorein, que significa transportar). En la metáfora, uno de los dos términos de la comparación está perdido. Para Lacan, reprimido. Dufourmantelle lo explica e inmediatamente lo pone en duda, “pues la metáfora no se aplica a un trabajo que consista en borrar u olvidar, sino que nos deja entre dos mundos (…); inventa un espacio de sentido que no existía anteriormente (…), un espacio por definición inédito. Es el riesgo encarnado en la lengua misma” (243). La metáfora es, de esta manera, “la incertidumbre que mejor nos describe” (30).

 

  Dar lugar a las metáforas en la escritura supone posicionarse en favor de la libertad, que también es desmantelar “la reserva de fatalidad incluida en todo pasado, abriendo una posibilidad de estar en el presente: lo que se llama una línea de riesgo” (13). El alcance colectivo de este concepto es explícito más adelante: “Arriesgar la vida por la revolución es constitutivo de nuestra humanidad, me parece que no puede ser de otra manera, incluso cuando los cielos pacíficos de la democracia parecen proyectar sus augurios muy lejos hacia el futuro” (255).

 

  Queda claro que hay una dimensión pública en la propuesta de liberarse de lo profético de un pasado que vuelve. Tanto es así que en algunos pasajes del libro me pareció escuchar, soterrada, una arenga. Quizás por eso me vino a la memoria la estrofa que elegí como acápite de este ensayo, en la cual Miguel Hernández les recuerda a sus compañeros de armas su condición de mortales, desde las trincheras que defendían la tierra para quien la trabaja.

 

  No se trata solamente de las metáforas, pero sí de ese lugar desconocido que señalan, como factor de resistencia frente a las estrategias más extremas de la opresión que, por cierto, se ciñen sobre la última línea de resistencia de cada sujeto: “El fuero interior, en la Edad Media, designaba quizás (…), ese espacio ‘otro’ en el interior de uno que, incluso bajo tortura, no podía rendirse, quiero decir que incluso confesándose uno no podía ofrecer al verdugo ese lugar inconquistable, universal, de su libertad” (26).

 

  Me resulta fascinante el modo en que un libro catalogado como clínica psicoanalítica parece, de golpe, ofrecer claves para una posibilidad concreta de resistencia: “La capacidad de guardar un secreto es una aptitud para resistir al poder. Quizás sea importante defender esa dimensión política y espiritual, en esta época en la que se recomienda revelarlo todo” (63). Me resulta fascinante porque tal es mi experiencia de psicoanalizante. Hay un secreto que es más íntimo que el que impone, por ejemplo, un abusador a su presa. Hay un secreto que es el de la propia resistencia, el de la supervivencia, el de la vida. Ése es el que nadie puede arrancarnos.

 

  Dufourmantelle, sin embargo, va más allá, porque no basta con reservarse un reducto intocable: “Porque el recurso interior pasa por la revuelta y la resistencia: suerte de ascesis anti-consumista, es una capacidad de entrar en resonancia con el mundo sin dejarse captar” (133), dejarse afectar por lo real sin violencia ni sumisión.

 

 

¿Dónde iréis que no vayáis a la muerte?

 

¿Qué se hace con la fascinación que nos provoca un libro? Escribo intentando dar cuenta de esta emoción, de este afecto que me provocó la lectura: el de sentirme fecundada. Anne Dufourmantelle murió hace cinco años, en la playa de su infancia, por rescatar a dos niños que no conseguían salir del mar. Tenía apenas cincuenta y tres años. También Miguel Hernández murió temprano, en una cárcel de España. No romantizo estas muertes: celebro la estela de potencia que nos dejaron sus vidas.

 

 

Arte*: fotografía experimental de la artista plástica y fotógrafa rusa. https://anka-zhuravleva.com/

 

 

 


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