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El sujeto al filo de la época

03/12/2024- Por María Elena Elmiger - Realizar Consulta

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La influencia de la tecnología ‒y de su instrumentación‒, en los cuerpos y subjetividades de la época es una de las marcas del neocapitalismo que habilita nuevas preguntas y abordajes frente a transformaciones, pasajes al acto, inducción viralizada a la crueldad y a su naturalización, etc. ¿Desaparecerá la función de la Justicia, como lo pronostican Black Mirror, Los juegos del hambre y El juego del calamar? ¿Desaparecerá la condición humana, la condición de sujetos? ¿Se reinstalará la venganza en el lugar de la justicia?

 

                                        Escenas de pelea callejera entre estudiantes. Tucumán (5/2024)

 

 

  Lacan nos advierte, en 1953, en Función y campo de la palabra y del lenguaje en Psicoanálisis: “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de la época”[i].

 

  Como especialistas Psi en el sistema Jurídico Penal, ¿es necesario considerar la influencia de los cambios sociales en los sujetos?

 

  Que el neocapitalismo ha cincelado la subjetividad, no es cosa que los especialistas de la palabra desconozcamos. Pero, a la hora de hacer una pericia, de pensar la influencia de estos cambios en un acto criminal, ¿debemos considerar la influencia de los dispositivos electrónicos, de las redes sociales, el incremento de las adicciones, de la medicalización de los sujetos para evaluar si el que cometió un delito era conciente, al momento del hecho, de dirigir sus acciones? Y si influyera,  ¿el sujeto podría reconocerse en el acto cometido?

 

  Como sabemos, nuestro Derecho Penal se ha estructurado sobre el “principio del hecho”; lo que se juzga es un ACTO que ha ocasionado una lesión a un bien jurídico. Así, el autor de ese acto será sancionado por lo que ha hecho y no por lo que es o podría ser o hacer.

 

  Me voy a detener en el aspecto de la faz antropológica mencionada por Lacan en Introducción Teórica a Las Funciones del Psicoanálisis en Criminología, es decir en  el “por qué”, no sólo del hecho sino en el actor del acto, para pensar el principio jurídico –establecido por la Escuela Clásica de Derecho– del: nulla poena sine culpa –no hay pena sin culpa– y que nos permite pensar no sólo en el acto criminal sino en la Implicación subjetiva (mens rea).

 

  Pensaremos entonces la calidad de los motivos y las circunstancias del sujeto con el que nos encontramos en este milenio. Vamos a lo nuestro:

Venimos trabajando hace un tiempo los cambios subjetivos con los que nos topamos en la clínica y en la vida cotidiana y por supuesto también aquellos con los que nos encontramos al investigar los motivos de un acto criminal.

 

  Muchos pensadores indagan la influencia de la tecnología en los cuerpos y subjetividades de la época. No es poca cosa el cambio de hábitos en los encuentros, el cambio de los cuerpos, de las posturas, de las miradas (la ausencia de miradas dirá Eric Sadin). Miradas puestas tanto en los dispositivos que no pueden sostenerse en la mirada del otro, y menos aún detenerse a escuchar la palabra del semejante.

 

  Hay un claro incremento de las adicciones a las tecnologías, de las adicciones a las apuestas on line, al alcohol, a drogas, a cirugías, en fin, a los consumos propuestos por esta era neoliberal.

Es notable la fácil execración en las redes, los exabruptos impulsivos, la rápida violencia verbal y física en las escuelas, en las calles, y ahora, hasta en los conductores políticos. En fin, en la vida, que “Nos confirman un cambio de ethos, de ser en el mundo”[ii] dice Sadin en La era del individuo tirano. Hay una acentuación del individuo automatizado, solitario y violento. 

 

  Es que el neoliberalismo trajo consigo el descrédito hacia el Otro Social: religiones, política, justicia, relaciones de amistad y laborales han caído en desuso. 

Se ha perdido la fe en el Otro que regula desde una falta que se le supone y se confiere poder sólo al dinero, no importa de dónde provenga.

¿Qué significa que el discurso capitalista forcluye las cosas del amor sino el rechazo a toda creencia, a todo pacto entre faltas?

 

  El neoliberalismo en el mundo ha incrementado en forma exponencial las desigualdades, las pobrezas y las exclusiones. Junto a la forclusión de las cosas del amor y de la castración, se ha forcluido el valor de la justicia como lugar de resguardo de lo justo. Pero también el valor del trabajo como instrumento para lograr dinero o prestigio (o un lugar en el mundo, dirá Freud), del mismo modo el valor de la palabra y de la verdad en lo que se dice. No avergüenzan las fake news y la palabra posverdad no sorprende a nadie.

Dice Sadin:

 

“Estamos ante ‘la era del individuo tirano’: el advenimiento de una condición civilizatoria inédita que muestra la abolición progresiva de todo cimiento común para dejar lugar a un hormigueo de seres esparcidos que pretenden de aquí en más representar la única fuente normativa de referencia y ocupar de pleno derecho una posición preponderante. Es como si, en dos décadas, el entrecruzamiento entre la horizontalidad supuesta de las redes y el desencadenamiento de las lógicas neoliberales,  después de haber cantado loas a la “responsabilización” individual, hubiera llegado a una atomización de los sujetos que es incapaz ya de anudar entre ellos lazos constructivos y duraderos, para hacer prevalecer reinvindicaciones prioritariamente plegadas sobre sus propias biografías y condiciones”[iii]

 

  Por supuesto que desde todo lo antes expuesto podemos pensar en un cambio antropológico de la condición humana.

 

  Pero entonces, ¿psicólogos, peritos psi, psicoanalistas, jueces, fiscales y defensores habremos caducado en nuestras funciones y este mundo continuará manejado y habitado por estos individuos tiranos, atomizados, objetivados?

 

  ¿Cómo hace unos años Junior ‒el joven de Carmen de Patagones‒, o Martín Ríos ‒que mató sin más al joven Marcenac en Cabildo y Pampa‒, o más actual en Tucumán, por decir algo próximo, los homicidios en peleas callejeras de colegios?, ¿o peor aún, Fernando Sabag Montiel y Brenda Uliarte, ‒quienes como otros, han intentado cometer un magnicidio, perdiéndose “milagrosamente” todas las pruebas que pudieran comprometer a la clase política‒?

 

  Más cerca de la ciudad que habito, hace poco tiempo se amenazaba en las escuelas de Tucumán con bombas. Y en Buenos Aires, una fiesta programada en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires debió ser suspendida a causa de las amenazas de un alumno.

 

  En un posteo público hecho en la red Telegram, el estudiante avisó que iría armado a la celebración: “Tengo una escopeta y la voy a usar en la fiesta de Exactas. Vayan si tienen huevos”, posteó esta persona. Un influencer de la política anunció la conformación de un “brazo armado”, o de “una guardia pretoriana”, supuestamente  dicho con sorna en una  metáfora amenazante (¿será metáfora?).

 

  Las execraciones y discursos violentos salen sin velos del hoy presidente y de los políticos ante el inconmovible oído de todos los que escuchamos.

 

  ¿Desaparecerá la función de la Justicia, como lo pronostican Black Mirror, Los juegos del hambre y El juego del calamar? ¿Desaparecerá la condición humana, la condición de sujetos? ¿Se reinstalará la venganza en el lugar de la justicia?

 

  Creo que nuestra función de especialistas de la palabra, del inconsciente y de la inevitable “erupción de pulsiones” en todas las épocas, debemos considerar, sin desestimar, la inexorable incidencia del neoliberalismo en todos nosotros y, por supuesto, en los que cometen un acto criminal, pero, justamente por eso, ser los guardianes del inconsciente. Guardianes del sujeto de la falta, de las cosas del amor. Esto es, que más allá del imperativo de la época, el autor pueda reconocer su acto.

 

  Que el autor de un crimen pueda reconocerse en su acto, pero también el autor de una sentencia, de una pericia, de un análisis, de una escucha, más allá de los cinceles de la época. Que también nosotros, los autores de las pericias, de la clínica, los autores del acto jurídico, podamos resistir a la burocratización de nuestros actos y conservar la dignidad de la verdad del sujeto.

 

  Y nosotros, autores  en nuestro lugar de ciudadanos, debemos dar crédito y sopesar las execraciones,  los insultos, los discursos de odio, que amenazan violentamente y violan nuestras libertades y las de nuestros semejantes.



[i] Lacan, Jacques. (1953) Escritos I. Función y Campo de la Palabra y del lenguaje en Psicoanálisis. Siglo XXI Ed. Argentina. P. 308

[ii] Sadin, Éric. La era del individuo tirano. 2022. Caja Negra Editora. P. 14

[iii] Sadin, Éric. Ibid. P. 37

 


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