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Fake news y realidad psíquica

22/01/2026- Por Cecilia Lauriña -

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Frente al “todo dicho” del fake, la ética psicoanalítica implica la responsabilidad de confrontar la certeza engañosa, ya sea la del síntoma o la de la red social para que emerja la verdad del sujeto. Implica sostener la pregunta acerca de la verdad que siempre es no toda, implica sostener la dimensión de la falta.

 

                       Orson Welles difunde su “fake” en 1938*                    Getty Images

 

 

  Las redes sociales comienzan aproximadamente en el año 2000 y en el 2010 alcanzan a millones de usuarios en todo el mundo. La pandemia en 2020 contribuyó al auge actual configurando una nueva realidad, una verdadera revolución en las comunicaciones.

 

 

¿Qué es una fake news?

 

  El término fake news se refiere a un contenido noticioso fabricado intencionalmente para engañar o manipular, es una mentira deliberada. Se nos presenta como realidad/verdad im-puesta: Significante todo verdad, inmediato y performativo. No buscan la verdad como una aristotélica adecuación a los hechos, sino producir una nueva realidad al ser creídas y compartidas.

 

  Los buscadores de internet son sistemas informáticos diseñados para buscar archivos almacenados en servidores web. Ahí se guarda registro, hay un historial, por lo cual producen la sensación de un enorme océano de información, como la pretendida madre sabelotodo de la infancia, sin embargo, al igual que las madres, albergan noticias falsas.

 

  En este mundo tan complejo como performativo, los sesgos (biases), implican reconocer el origen de la noticia, su inclinación, prejuicio o predisposición. Los likes configuran un nuevo y atrapante imaginario. El sesgo algorítmico a través de la lectura del “like” da información destinada a mantener contento al consumidor que termina siendo consumido por la pasión de ser. Es un sesgo de confirmación, confirma lo que la persona piensa y a la vez le va creando una realidad a su gusto.

 

  Ahora bien, en este nuevo escenario, hay que considerar la diversidad de falsedades en juego, perfiles falsos e identidades falsas se conjugan con propósitos generalmente maliciosos, obtener beneficios o cometer fraudes.

 

  Los bots (abreviatura de robots) complejizan aún más este panorama, son plataformas de lanzamiento de fake news que con una inusitada rapidez amplifican la noticia creando el “trending topic”, la “tendencia” que la convierte en una “nueva verdad”. Mientras que el bot amplifica el mensaje, el troll lo interrumpe y lo envenena.

 

 

Caso Amina: de perfiles e identidades falsas…

 

  En 2011 Amina Arraf, supuesta autora del blog “A Gay Girl in Damascus” (“Una chica gay en Damasco”), se presenta como una chica siria de 20 años supuestamente gay que cuenta su experiencia de vida en medio del conflicto en Siria. Sus relatos se volvieron un icono de culto y un testimonio de alto valor periodístico: su padre la había salvado de ser capturada por el régimen sirio, lo que generó un éxito mundial.

 

  En medio del impacto de esta noticia, dos días después, su “primo” publicó que Amina había sido secuestrada, lo que desató una masiva campaña global en redes sociales para encontrarla. Una reportera del Washington Post rastreó la dirección IP del blog hasta Escocia. Descubrió que la autora no era Amina ni su primo, eran identidades falsas. Todo esto era un engaño.

 

  El autor era un hombre llamado Tom, quien había usado fotos de sus propias vacaciones en Siria en el blog. Tom confesó la mentira deliberada y justificó su acción diciendo que, aunque no era verdad, lo hizo para visibilizar realidades y contar historias de personas que sí existían.

 

        

Likes y selfies, una nueva autopercepción

 

  En la constitución de la subjetividad, hay algo del mirarse en el espejo, en el espejo del Otro.

Al mismo tiempo en que aparecen los likes en las redes sociales, salen al mercado los celulares con la cámara de fotos frontal. Desde entonces, likes y selfies conforman una nueva forma de autodefinirse, de mirar-se. Del “ese eres tú” constitutivo a  los espejos que  ahora adquieren un nuevo estatus, metonimia de imágenes que anulan la posibilidad de dar significado al padecer.

 

  Likes atrapantes a través de los cuales pretendemos ser otros. La visión de uno mismo intervenida por los filtros crean “la mejor imagen de sí”, ahí no pasa el tiempo, no hay deterioro, no hay falla ni límite, la castración no existe.

 

  “Soy lo que me imponen que sea (belleza hegemónica) para obtener los likes que necesito para que me quieran”. Funciona como un imperativo superyoico, mandato neocapitalista de gozar y consumir.

 

  Marta Gerez Ambertín, en su último e imprescindible libro Superyó y sexuación, clínica de la no relación sexual, analiza la incidencia de la virtualidad en un abanico de situaciones.

 

“Eficacia del discurso neocapitalista, dice, que rechaza el axioma lacaniano no existe la relación sexual y produce ‒beneficiándose‒ el espejismo de que sí existe la relación sexual. Este espejismo captura a fuerza de autoengaño... pero también aniquila y mata”. (Bs. As. Letra Viva, 2025).

 

  Peligroso espejismo en el que quedamos fascinados obedientemente frente a las lathouses, esos aparatitos que convocan voz y mirada como objeto a, que consumimos en una explosión de goce y deseo, deseo vano, creado e impuesto por el algoritmo. Son objetos tecnocientíficos que crean ilusorias demandas, promesas de felicidad más ligadas al tener que al ser. El dios prótesis al que alude Freud en el “Malestar en la Cultura” parece renacer en el “padre digitalizado” al que alude Néstor Braunstein.

 

 

Las fake news son eficaces… ¿por qué?

 

  La mentira tradicional requiere un sujeto que sabe que miente e intenta convencer al otro; en cambio la fake news se propaga por sujetos que creen en su veracidad y están movidos por la urgencia emocional (miedo, indignación, sesgo de confirmación). Amplifican el sesgo de confirmación, lo que concuerda con lo que ya se piensa reforzando el Yo ideal.

 

  Hay un goce en el consumo de las fake news, las noticias falsas que generan indignación, miedo o bronca se propagan por el goce emocional que conllevan, buscan imponer un saber/certeza externa, se presenta como una omnipotencia de la certeza, un saber sin agujeros. Es un goce que evita el trabajo de pensar y la confrontación con la propia verdad, ofrecen un sentido fácil y totalitario, un significante amo que ordena la realidad, la hace resistente a la refutación lógica y cierra la pregunta singular.

 

  Son eficaces porque se dirigen directamente a la realidad psíquica del receptor, confirmando sus prejuicios y alimentando sus fantasmas internos, lo que las hace sentir más “verdaderas”. Por ejemplo, una noticia falsa sobre una cura mágica para una enfermedad grave satisface el deseo psíquico de evitar el sufrimiento o la muerte. Crea una ilusión…

 

  Alguien que es racista, escucha que todos los inmigrantes son violentos, adquiere de este modo una confirmación de su deseo/ prejuicio.

Muchas fake news dan una explicación simple y conspirativa a eventos complejos y aterradores como guerras, pandemias, crisis, catástrofes. Ese discurso simplista y engañoso actúa como un velo que intenta tapar el agujero de lo real, dando una ilusión de control y conocimiento. El sujeto prefiere creer en la conspiración “alguien tiene el control” antes que enfrentar la angustia de que “nadie tiene el control”. Es un intento de anular la castración, la falta de saber o la imposibilidad de lo real.

 

 

¿Qué hacemos los analistas frente al empuje cibernético?

 

  ¿Cómo nos ubicamos frente a un consultante que hace un primer relato sobre su padecer? El relato que escuchamos en una consulta siempre nos provoca una duda, una interrogación, ahí hay algo que investigar y que pertenece a una otra escena.

 

  Nuestra posición como analistas es similar a la que adoptamos o deberíamos adoptar frente a las fake news: interrogar, investigar sería lo adecuado… Poner en cuestión, porque partimos de la freudiana realidad psíquica, de la idea de que el decir yoico, el decir conciente, siempre alude a otra escena que está velada, censurada, prohibida… La verdad en psicoanálisis es radicalmente distinta de la verdad como “adecuación”.

 

  Frente al “todo dicho” del fake, la ética psicoanalítica implica la responsabilidad de confrontar la certeza engañosa, ya sea la del síntoma o la de la red social para que emerja la verdad del sujeto. Implica sostener la pregunta acerca de la verdad que siempre es no toda, implica sostener la dimensión de la falta.

 

  Desde Freud, la realidad psíquica, ese cristal que tiñe de diversos colores nuestra percepción, está atravesada por el deseo, la fantasía, las posiciones ideológicas y políticas, los prejuicios y los ideales. Vía análisis, y a través de las formaciones del inconsciente, podemos acceder al deseo inconsciente que permite acercarse a la verdad del sujeto, develar esa otra escena.

 

  La verdad histórica es la verdad de un sujeto sobre su historia, su trauma y su deseo, tiene estructura de ficción o de relato mítico. Es una verdad que se construye y se devela en la cura, una verdad a medias, verdad como imposibilidad de decirlo todo, verdad que habla a través del lenguaje, en sueños y actos fallidos. No es falsedad sino un constructo simbólico.

Se apunta a cuestionar las verdades yoicas y confrontar al sujeto con lo que no quiere saber de sí mismo y promover una producción de saber singular.

 

 

¿Es posible consumir sin ser consumidos?

 

  Seguramente internet y la IA son las invenciones más fabulosas de nuestro tiempo, la cuestión es cómo servirnos de ellas sin ser consumidos por la tentación del TODO, cómo mantener una adecuada mesura que nos permita el lazo social y la creatividad.

Se produjo una revolución en las comunicaciones y en la forma de percibir el mundo.

 

  Asistimos a una hiperconexión (con un saldo de soledades e inhibiciones) sobre todo en la población que nació en la era digital, que va conformando un nuevo lenguaje y forma de relacionarse, territorio digital que no debemos desestimar, más bien prestarnos a la escucha de las nuevas formas de subjetivación.

También se conmovieron las certezas acerca de nuestra práctica, el supuestamente inamovible encuadre psicoanalítico cambió rotunda e irremediablemente. Y con buenos resultados.

 

“… el psicoanálisis no puede desligarse de los escenarios virtuales donde la experiencia psíquica hoy cobra una modalidad entre otras. Al igual que en los inicios, cuando Freud intercambiaba ideas a través de cartas o cuando el psicoanálisis se discutía en tertulias, hoy recurrimos a las plataformas tecnológicas para sostener encuentros y construir pensamiento colectivo. En ese sentido, la virtualidad no elimina la función simbólica del encuentro, sino que la expande y la resignifica” (Cartografías de la virtualidad: Brian Banszczyk, Juliana Gutiérrez, Liza Carolina Ospina, Gabriela Sainz, María Laura Frank. Revista Docta (2025).

 

  En nuestro mundo Psi estamos permanentemente comunicados con analistas de todo el mundo, expandiendo fronteras y creando puentes. La transmisión psicoanalítica, supervisiones y análisis transcurren vía online, dando lugar a la exogamia, favoreciendo otros modos de conexidad y profundizando nuevos lazos, atentos a las nuevas encrucijadas epocales.

 

 

Nota: Este escrito surge de una actividad realizada en el Centro Bleger de la Asociación Psicoanalítica Argentina el 20/11/2025. Video: https://www.youtube.com/watch?v=_0bil2d0-aM

 

 

Fotografía*: en plena era analógica y sin pantallas salvo las del cine, Orson Welles (1915-1985), actor y director, instaló una fake radiofónica que marcó la forma de implantar una realidad virtual que causaría pánico en millones de oyentes, anticipando lo que en la era digital actual constituye el cotidiano del sujeto consumidor globalizado. La fecha, 30 de octubre de 1938 durante la emisión del programa “La guerra de los mundos” (para la audiencia, la invasión extraterrestre había comenzado).

 


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