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La injuria de un padre y el valor del testimonio (“Soledad” II)

23/03/2019- Por Amelia Haydée Imbriano - Realizar Consulta

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Podemos considerar que el valor del dispositivo judicial ha servido de relevo para que “Soledad” re-construya una subjetividad en donde ya no es necesario ni la rebelión ni la reclusión, sino que tejiendo historias, –como si se tratara de entrelazar los hilos en un telar–, hay “tela” para que el sujeto pueda encontrarse en la angustia. A partir de allí se abre un nuevo camino… El dispositivo judicial ha posibilitado que reivindique su derecho a ser mujer. Soledad progresaba hablando. Ha podido acceder al valor significante dirigiéndose a Otro…

 

  

 

                                           “Costerita” de Raul Schurjin*

 

 

Una historia sin contar

 

  “Yo tenía 12 años cuando un día viernes la esposa de mi padre tuvo un hijo varón, mi mamá se enteró por el diario […] mi mamá lloró y lloró y el lunes se suicidó ingiriendo un raticida […] Mi mamá le quería dar el hijo varón”, comenta Soledad.

 

  […] Un año antes, por el dolor producido por las desaparecidas de mi padre, a veces no estaba por dos meses, sabe que él anda con otra, que toda la gente del pueblo lo sabe, porque lo ven con ella, y eso le da mucha vergüenza pues la miran como a una desgraciada […] comenzó a encerrarse y beber […] él la interna en una institución para cura de alcohólicos, […] durante ese período no la va a visitar nunca y solicita el divorcio a un juez, sin decirle nada a ella, y se va a vivir con otra mujer que está embaraza”.[1]

 

  Soledad vive en un hogar juvenil y es entrevistada por un juez, quién comenta: “estaba nerviosa al comienzo de la entrevista, pero se relajó a medida que progresaba en ella”.[2]

 

  Los padres habían sido novios siendo muy jóvenes, ambos deciden tener relaciones sexuales, produciéndose el embarazo. Ambos deciden tener el hijo sin casarse, y nace Soledad, quien explica: “Todo esto me lo dijo mi mamá cuando yo la iba a visitar, estaba muy sola, la mandó a un lugar muy lejos, a otro pueblo, nadie la visitaba porque mi papá decía que estaba en un neuropsiquiátrico por loca”. En este relato, la repetición del término “ambos” tiene el propósito de dar mayor fuerza a las decisiones tomadas conjuntamente por la pareja.

 

  Tal como señala Marta Gerez Ambertín en su libro Entre culpas y deudas, sacrificios[3], para tapar la inconsistencia del Otro, culpa y deuda vinieron a la cita, y el sacrificio se produce. Esta madre se culpabiliza y se genera una deuda

–no le había dado el hijo varón–, tapando con ese argumento la atrocidad de él, decidiendo el máximo sacrificio: dar fin a su propia vida.

 

 

La atrocidad

 

  La atrocidad se refiere a una acción desmesurada y desproporcionada que se realiza con brutalidad o violencia; a una acción o dicho temerario y disparatado, que no responde a la razón o se sale de los límites de lo ordinario o lícito; a una acción o dicho que ofende o molesta.[4]

 

  Consideramos que este padre ha sido atroz. Por un lado, ha sido infiel de un modo tal que produce que la esposa se considere alguien del cual es bueno despojarse, literalmente un despojo. Por el otro, ha cometido calumnia consiguiendo que la sociedad la aísle señalándola como “desgraciada”. Y, además, ha cometido una acción desmesurada llevándola a la internación en un neuropsiquiátrico y refiriendo socialmente que estaba loca, ocasión que utiliza para solicitar el divorcio. ¡Ha sido atroz y mucho!

 

 

La injuria

 

  La injuria se trata de un “agravio u ofensa de palabra o de obra”[5], pero lo más importante es que según el Código Penal Argentino, es un delito que consiste en lesionar a través de una acción, o de una expresión, la dignidad de una persona perjudicando su reputación, o atentando contra su propia estima, al imputarle un hecho o cualidad en menoscabo de su fama o autoestima.

 

  Se le otorga tanta importancia a este delito que se establece reprimir a quien pusiere en peligro la vida o la salud de otro, sea colocándolo en situación de desamparo, sea abandonando a su suerte a una persona incapaz de valerse y a la que deba mantener o cuidar o a la que el mismo autor haya incapacitado.

 

  Luego de un pormenorizado estudio, los juristas entienden que la actividad directa de los autores y la inactividad cómplice de los partícipes no solamente pone en peligro la vida o la salud, sino que, efectivamente, el peligro dejó de ser potencia y pasó a ser acto, conforme a consabidas categorías aristotélicas.

 

  La idea de peligro vincula al riesgo o contingencia de que suceda algún mal. De ese modo, “poner en peligro” significa colocar a alguien en una situación que aumenta la exposición a la inminencia de un daño. Estas consideraciones han llevado a nuevas formulaciones en los códigos penales de diversos países.

 

 

Arreglar la inconsistencia del Otro

 

  La madre de Soledad nos muestra los modos que ha utilizado para hacer posible arreglárselas con la inconsistencia del Otro, pagando diversos precios, todos altos pues se trata de su vida. Su marido tiene actitudes muy claras de estar en otra relación, por ejemplo, desapareciendo dos meses y haciéndose ver por la sociedad en que vivían –un pueblo– acompañado por otra mujer. No obstante, la madre de Soledad no reclama, y pergeña la idea de darle “un hijo varón”. O sea, ella decide disimular hasta lo que está a plena vista, no siendo perversa.

 

  Sabemos que en determinadas sociedades el hombre valora a la esposa en tanto “le dé” un hijo varón, y ella busca, a través de esa idea, recuperar su valor como mujer. Para ella, articularse al falo, es darle a su esposo un hijo varón.

 

  Nos parece interesante considerar algunos comentarios por fuera del psicoanálisis sobre esta valoración en donde lo social incide por demasía en lo individual. Por ejemplo, un periodista latinoamericano, Enrique Patiño, redactor del periódico colombiano “El tiempo”, dice: “no es azar que exista una canción titulada “Nació varón”, y ninguna “Nació una niña”.[6]

 

  Patricia Larrús[7], dedicada al estudio de lengua y literatura, refiere que la definición de género es una construcción cultural que nace a partir de relaciones de poder y que las representaciones de lo femenino/masculino se materializan en los cuerpos por medio de prácticas según una perspectiva de dominio. Destacamos: se trata de ejercicio del poder, y consideramos que el relato de Soledad nos muestra el ejercicio del mismo.

 

  Podrían ser muchas las referencias a disciplinas que tratan el tema, pero no es nuestro interés abundar en ella en este artículo, sino poner en evidencia que desde otras perspectivas también se arriba a temáticas articuladas en las consideraciones freudianas sobre las relaciones entre lo subjetivo y lo social, tema trabajado por Sigmund Freud desde 1895 respecto del Complejo del semejante y que encuentra su fama en la propuesta de “Psicología de las masas y análisis del yo” de 1921.

 

  Recordemos la referencia:

 

“La oposición entre psicología individual y psicología social o colectiva, que a primera vista puede parecernos muy profunda, pierde gran parte de su significación en cuanto la sometemos a un más detenido examen. La psicología individual se concreta, ciertamente, al hombre aislado e investiga los caminos por los que el mismo intenta alcanzar la satisfacción de sus pulsiones, pero sólo muy pocas veces y bajo determinadas condiciones excepcionales, le es dado prescindir de las relaciones del individuo con sus semejantes. En la vida anímica individual, aparece integrado siempre, efectivamente, «el otro», como modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de este modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio, psicología social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado.”[8]

 

  Esta concepción nos orienta respecto de considerar diferentes vertientes que se articulan en el relato de Soledad: el modo de la madre acerca de su encuentro con la satisfacción pulsional, el lugar del padre como injuriante y la “bella alma” de la sociedad que también la ha desechado.

 

 

Las fieras: la pulsión y la sociedad

 

  La madre encuentra, por un lado, un modo de satisfacción pulsional –mortífero por cierto–, aceptando ser un objeto desechable y lanzándose sin freno a la bebida. Quizás podemos pensar que es un modo de querer volver a ordenar el menú, como dice Lacan en el Seminario sobre “Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis”[9]:

 

“Aunque la boca quede ahíta –esa boca que se abre en el registro de la pulsión – no se satisface con comida […] en la experiencia analítica la pulsión oral se encuentra de última, en una situación en la que todo lo que se hace es ordenar el menú […] ¿Qué quiere decir la satisfacción de la pulsión? […] es llegar al Ziel, a su meta. La fiera sale de su guarida y cuando encuentra dónde hincar el diente, queda satisfecha, digiere”.

 

  “La fiera” es una figura muy fuerte que utiliza Lacan para referirse a la pulsión.

La madre de Soledad ¡ha sido dominada por la fiera! No encontró el modo de bordear el objeto en sus formas de ordenar el menú, sino que en ese “orden” encontró el platillo privilegiado por la satisfacción pulsional –goce: el máximo sacrificio.

 

  El relato de Soledad respecto de su madre parece tener un estilo comedia. Pero, cuando el disimulo le falla, y la angustia por el abandono la supera, su fragilidad la invade y bebe, –forma metonímica relativa al deseo de darle un hijo (bebé)–. La comedia se va desdibujando hasta convertirse en tragedia.

 

  Él le propone internarla en un lugar para cura de alcohólicos y la lleva a un neuropsiquiátrico estatal muy conocido que queda en otro pueblo. Ella conoce el lugar, sabe que es el manicomio pero no dice nada, o sea, “dice nada”.

 

  El abandono ya no tiene disimulo, este hombre no le ofrece ninguna garantía: la ha sacado de la casa, no le otorga dinero, la hace pasar por loca abandonándola, en fin, le ha quitado todos los atributos fálicos con que ella se articulaba en esa pareja.

 

  La inconsistencia del Otro ha explotado y se inician los modos “trágicos” de restaurar al Otro, movimiento que no culmina más que con el suicidio, acto que se comete en el momento en donde ya no es posible el disimulo, –“la Otra le ha dado un hijo varón”–. Solo queda una vía: el máximo acto –siempre es trágico– o sea, el sacrificio de sí misma. Podríamos decir que ella implosiona su goce, o que el goce la zarandea y la zaranda se la tragó.

 

  ¿Qué ha llevado a esta madre al sacrificio? El desalojo de su posición de madre. No ha sido un acto aislado de ella, el padre de Soledad tiene mucho compromiso con lo sucedido y la sociedad también. Él la ha tratado como objeto de desecho y la sociedad la ha “ninguneado” (invisibilizado), todo lo cual aumenta la victimización que comenta a su hija de 12 años en las visitas, bajo un siniestro modo de transferirle respuestas a la pregunta sobre qué quiere una mujer.

 

 

Lo que se hereda es un bien cultural

 

  ¿Qué heredó Soledad? Sin rodeos diremos: una historia en la cual ella intentará ubicarse a través de la rebelión y la reclusión.

 

  Luego del suicidio de su madre, Soledad debe ir a vivir con su padre y su madrastra. Por un lado, está tomada absolutamente por el odio a ellos. Por otro, se siente desganada y rebelde al mismo tiempo. No tolera vivir allí y comienza a cometer ilícitos, por los cuales el padre se ocupa de denunciarla a la policía y es llevada a un hogar juvenil. “Papá avisó a la policía, y me dijo: sos loca como tu madre”.

 

  Padre, madre, hijo son títulos de la cultura y lo que se hereda es un bien cultural, Se hereda una historia, en donde siempre se dan la mano lo individual con lo social para lograr su efecto de transmisión.

 

  El jurista Pedro David refiere que la misma:

 

“implica motivaciones, racionalizaciones y actitudes específicas […] son todas esas vertientes que tienen que ver con el problema del valor y con el de las dimensiones de significación de la historia y de la vida humana propiamente”.[10]

 

  En relación a Soledad, consideramos que ella encuentra un modo de posicionarse frente a su herencia –la atrocidad e injuria del padre y una madre que elige sacrificarse–: es la rebelión, el encierro consecuente y con él, la evitación de elegir algo peor y de este modo, su desesperado llamado al Otro de la ley.

 

 

El testimonio y la construcción de la subjetividad

 

  Generalmente, hablamos de testimonio como “una declaración que hace una persona para demostrar o asegurar la veracidad de un hecho por haber sido testigo de él”.[11]

 

  Soledad “presta testimonio” –termino judicial referido al acto de dar un testimonio a un juez que ha decidido ser testigo de un decir, que se ha ofrecido como tal. El juez le presta su presencia y su voluntad de escuchar, lo cual permite que ella construya una historia a partir de ciertos rastros borroneados de la memoria, lo que le permite reconocerse en ciertos memes. En este trabajo testimonial se construirá su historia.

 

  Para él, que ejerce el Derecho Integrativista, no hay posibilidad de “veredicto” si no se otorga a la persona la posibilidad de hablar, pues no siendo cómplice de ningún etiquetado, no regula su función por manuales. Por su experiencia en el trabajo con “menores en condiciones asilares” sabe que el aislamiento y la soledad institucional (desde la familia al Estado) que ella ha sufrido, no son la mejor experiencia para organizar su vida.

 

  Refiere contundentemente: “el aislamiento no es solamente producto de una ideología punitiva nacional, es también el resultado de los exiguos recursos con que se aborda el problema en la mayoría de los países, y de actitudes sociales equivocadas y prejuiciadas”.[12]

 

  Soledad ha aceptado la oferta de dirigirse a un Otro que la quiere escuchar, que no la sanciona desde el lugar de Todo-Saber, sino que se ubica en un lugar de “querer saber”, pues considera que el único modo de tratamiento judicial del niño, niña o adolescente es acompañarlo a construir una historia y encontrar el lugar que ocupa en la misma.

 

  A través de su relato Soledad logra un nuevo lugar: el “reo” –reus–, categorizándose la función de la “declaración”. Sus palabras se hilvanan de tal modo que le van permitiendo organizar una trama y, a su vez, contabilizar las vicisitudes de la misma.

 

  El juez ha prestado su significante, su persona, para que la palabra se articule, apareciendo significantes que se encadenan. Destacamos que es importante este trabajo testimonial, pues allí donde los significantes se anillan en diversos collares, hay una posibilidad para el acotamiento del goce.

 

  Teniendo en cuenta la producción de esta función, podemos considerar que el valor del dispositivo judicial ha servido de relevo para que Soledad re-construya una subjetividad en donde ya no es necesario ni la rebelión ni la reclusión, sino que tejiendo historias, como si se tratara de entrelazar los hilos en un telar, hay “tela” para que el sujeto pueda encontrarse en la angustia.

 

  A partir de allí se abre un nuevo camino: inventar una mujer no despreciada, una mujer no obligada a ser madre, una mujer merecedora de la seducción de un hombre, una mujer con trabajo digno, o sea, responsabilizarse de su “ser mujer” de otra manera. El dispositivo judicial ha posibilitado que reivindique su derecho a ser mujer.

 

  Hablándole al juez, Soledad ha podido construir una historia y ubicarse en ella, cuestión no mínima. Pero lo más importante es que en ese trabajo, ha construido una subjetividad de un modo diferente. No nos atrevemos a decir que la niña en su rebelión carecía de subjetividad, pero se jugaba de otra forma, en el acto, tratándose de la emergencia del sujeto en lo real. La rebelión era la posibilidad de no consentir ser objeto desechado/desechable.

 

  Parafraseamos nuevamente las palabras del juez: “estaba nerviosa al comienzo de la entrevista, pero se relajó a medida que progresaba en ella”. Sobre lo cual diremos: Soledad progresaba hablando. La soledad ha dejado de ser un producto del descuido asilar. “Soledad” ha podido acceder al valor significante dirigiéndose a Otro.

 

  En su tarea de hablar, ya no se trata del sujeto empujado por la irrefrenable rebelión. Ha encontrado alguien que quiere algo de ella, ha encontrado alguien que le supone palabras e historias, alguien que la supone ser-hablante. La experiencia le permite articular su ser al enigma, y por lo tanto, la reclusión deja de representarla, y le es posible sostenerse en el enigma de la pregunta: ¿Qué quiere el Otro de mí? ¿Qué quiere una mujer?

 

  Soledad ha dejado de ser un sujeto que emerge en lo real, sino que hablando puede realizar la aventura de pasear por la banda de Moëbius, en donde real-imaginario-simbólico se entrelazan.

 

  Hablando ha iniciado el camino de construir su deseo.

 

 

Imagen*: Costerita”

Óleo sobre cartón. Firmado y fechado R. Schurjín /1970

Escuela Argentina, (1907-1983). Ha sido un pintor y dibujante mendocino que ha desarrollado la mayor parte de su obra en la provincia de Santa Fé.

Retratista de motivos litoraleños. Neorealista, expresionista y de profunda mirada social.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1]                      David, P. (2000) El mundo del delincuente: cinco casos criminológicos. Caso Soledad. Págs. 153-177. Buenos Aires: Zavalía.

[2]                      David, P. (2000) Ob. Cit. Pág. 153.

[3]                      Gerez Ambertín, M. (2008) Entre culpas y deudas, sacrificios. Buenos Aires: Letra Viva. 

[4]                      RAE. (2005) Versión electrónica.

[5]                      RAE. (2005) Versión electrónica

[6]                      Patiño, Enrique. Periódico “El Tiempo”. Archivo. 3 de Marzo de 2004. Recuperado en: www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1552264

[7]                      Larrús, P. (2017). “El cuerpo femenino como signo múltiple”. Plurentes. Artes Y Letras, Año 6, Número 7. Recuperado a partir de https://revistas.unlp.edu.ar/PLR/article/view/2420

 

[8]                      Freud, S. (2008) “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921). Sigmund Freud Obras completas. Vol. XVIII. Buenos Aires: Amorrortu.

 

[9]                      Lacan, J. (1986) El seminario de Jacques Lacan. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis. 1964. Buenos Aires: Paidós.

 

[10]                    David, P. (2005) Criminología y Sociedad. Instituto Nacional de Ciencias Penales. México. Pág. 94.

[11]                    RAE. (2005) Versión electrónica.

[12]                    David, P. (2005) Ob. Cit. Pág. 72.


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