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Padre y miseria psicológica de la masa. Goce y Shoá12/07/2023- Por Marta Gerez Ambertín - Realizar Consulta

No demos nuestro consentimiento ni a la devastación del planeta, ni a las guerras, ni a la explotación, persecución o exterminio de seres humanos. Los líderes autoritarios ejercen cierta fascinación sobre las masas y ello porque, mientras el lazo de autoridad responsabiliza, la sujeción al autoritarismo, en cambio, des-responsabiliza. Hay una gradiente relación entre inseguridad subjetiva y autoritarismo. Esa procura de autoritarismo se relaciona, para Freud, con la culpa y el superyó… ¿Qué es ese suplicio sacrificial qué lleva a los seres humanos a la compulsión de repetición del holocausto? Es el sometimiento a un imperativo de goce, a un más allá del principio del placer que oprime…
“Hombre del 2022”, arte mural en Buenos Aires*
1. Miseria de las masas y añoranza del padre
En “Psicología de las Masas” (1921) primero, y en “El Malestar en la cultura” (1929) después, Freud argumentará sobre la cuestión de la miseria psicológica de las masas.
¿Por qué las masas son miserables? No sólo porque se postran ante un amo atroz, sino por la manera en que lo hacen, procurando siempre un sometimiento sin límites. Dice Freud:
“la masa quiere siempre ser gobernada por un poder ilimitado, tiene un ansia extrema de autoridad, sed de sometimiento". Volverá al punto en 1932 (¿Por qué la guerra?) dice allí: "La masa quiere ser siempre dominada por un Jefe” (...) “Es parte de la desigualdad (…) no eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos unas decisiones que las más de las veces acatarán incondicionalmente”.
Los líderes autoritarios ejercen cierta fascinación sobre las masas y ello porque, mientras el lazo de autoridad responsabiliza, la sujeción al autoritarismo, en cambio, des-responsabiliza. Hay una gradiente relación entre inseguridad subjetiva y autoritarismo. A mayor inseguridad subjetiva –ya por razones internas (timidez, temor, inferioridad, angustia, culpabilidad, etc.), ya por razones externas (crisis socioeconómicas, amenaza bélica o guerra, catástrofes naturales, etc.)– mayor tentación a ponerse en manos de alguien que se ofrece como salvador o conductor.
Muchos individuos se colocan en situación de dominación o sumisión frente a otros debido a una frágil subjetividad y tienden a coincidir sumisamente con los amos o conductores porque precisan la aprobación de estos como alivio a sus miedos, sus angustias, sus culpas, que les impiden sostener una posición de “responsabilidad” para con sus deseos y para con los deseos de sus semejantes.
Y así, en esa apuesta, la paradojal solución a los problemas de un grupo, una institución o una nación, pasa por depender de un líder considerado un “iluminado”, un ser “especial”, un “salvador”, porque ese conductor autoritario crea la falsa ilusión de seguridad vinculadas al padre real. ¿Estoy hablando sólo de una teoría? ¡No! Estoy hablando de una realidad. Por ejemplo, muchos de los países sudamericanos pasaron (Brasil) o pasan (El Salvador) por esa situación.
La originalidad de la hipótesis de Freud no reside en esa comprobación del anhelo de sujeción a un líder; Maquiavelo ya lo había mostrado en El príncipe, sino en la relación que establecerá entre la compulsión de sometimiento de la masa con la añoranza del padre. Como afirma en “El Malestar en la Cultura”: “lo que había empezado en torno al padre, se consuma en torno a la masa".
La miseria psicológica de la masa reside en la búsqueda de un padre-líder idealizado, en la procura de un amparo tras esa figura del líder enaltecido y severo que va a evitarles confrontarse a la responsabilidad de sus temores y su destino, pues, lamentablemente, es más fácil –aunque mucho más costoso– ponerse en manos de un amo-líder que tomar en manos el propio destino y hacerse cargo de esa apuesta.
Esa procura de autoridad y autoritarismo se relaciona, para Freud, con la culpa y el superyó. En “El Malestar en la cultura” establece dos orígenes de la culpa: uno es la procura de regulación y legislación; el otro, el sometimiento al superyó. Mientras el primero insta a la renuncia pulsional, el segundo insta a la necesidad de castigo “puesto que no se puede ocultar ante el superyó la persistencia de los deseos prohibidos”.
El sometimiento a la voluntad de un padre engrandecido y poderoso, de alguna manera, degrada el progreso de la espiritualidad en tanto sirve “a los secretos propósitos del castigo”, esto es, al goce masoquista. Goce que, muchas veces, conduce al sujeto y a los pueblos a su aniquilamiento bajo la horrorosa convicción de que así lo pide el padre en su versión de amo impío.
Dos pagos, entonces, hace el sujeto a la cultura: la culpa que crea el lazo social y hace posible que ese lazo se sostenga como inscripción de la ley (vinculado al Ideal del Yo); y el lastre del superyó que, como gendarme interior, ejerce una vigilancia implacable desde la plaza más íntima de la subjetividad, mucho más implacable que la de la autoridad exterior. Por ello la ley paradojal del superyó siempre ha de ser obscena y ha de comandar hacia un goce y sometimiento sin límites.
2. De la exaltación del ideal del yo a la aniquilación superyoica
En “El Yo y el Ello” –del que este año conmemoramos 100 años y aún tenemos deudas con su lectura– Freud trabaja la paradojal relación entre el Ideal del yo y el Superyó. El libro debió llamarse El yo, el ello y el superyó porque allí Freud define claramente al superyó, aún cuando en 1914, en “Introducción del narcisismo”, ya esboza su noción con el delirio de ser notado y la conciencia crítica, y en 1921 en “Psicología de las masas” lo ejemplifica con la miseria de las masas.
Las masas no serían tan miserables sin el imperativo del superyó y, de hecho, tampoco los sujetos. El superyó hace gozar demasiado e insta al sometimiento al padre real.
Freud desconfiaba de las convocatorias propuestas por el ideal del yo, seguramente porque tenía muy claro que el pasaje de la idealización al sometimiento aniquilante, al que comanda el superyó, es siempre factible: la faz amable y exaltante del ideal del yo puede transfigurarse, inesperadamente, en la del imperativo del superyó que clama por crueldad. Como si hubiera leído a Freud –al que nunca leyó y hubiera querido matar–, Hitler dice a un periodista:
“La crueldad impone respeto. La crueldad y la brutalidad. El hombre de la calle no respeta más que la fuerza y la bestialidad. La gente experimenta la necesidad de sentir miedo; los alivia el temor”.
¿No es para sorprenderse que alguien que dijera esto haya gobernado hasta su muerte a un país como la Alemania de Kant, Goethe y Beethoven? Es para sorprenderse... y amargarse también; pero ¿¡oh sorpresa!?, la ultraderecha alemana ya tiene un 20% de votantes diciendo lo mismo que los hitlerianos, simplemente ha reemplazado a judíos por musulmanes y subsaharianos.
Un sorprendido Michel Foucault decía:
“Sucede que las masas, en el momento del fascismo, desean que algunos ejerzan el poder, algunos que, sin embargo, no se confundan con ellas, ya que el poder se ejercerá sobre ellas y a sus expensas, hasta su muerte, su sacrificio, su masacre, y ellas, sin embargo, desean que este poder sea ejercido”.
Cabe preguntar: ¿sólo en el momento del fascismo desean eso? ¿No es acaso generalizado ese anhelo respecto al cual siempre es preciso estar alertas y precavidos? Importante esto, hay que andar con cuidado con el ansia de sometimiento de las masas. Y también la de los sujetos.
Ahora bien, ¿cómo es el paso del Ideal que enaltece, al superyó que somete? ¿Cómo se opera ese pasaje de la faz idealizada y protectora del líder-amo a aquella diabólica y maligna que destruye? Si no pueden obtenerse las perfecciones que el excelso conductor manda y ordena, al menos es posible someterse y sacrificarse a él –degradante manera de sostenerlo y amarlo–.
La encarnación del Ideal oscila, vacila, entre la exaltación y la opresión. Pese a la primacía simbólica del Ideal que promueve lo amable de las insignias, la captura de la imagen exaltante no deja de coaccionar: “¡Así debes ser para volverte amable!”, mandato que, paradojalmente, acaba oprimiendo/dividiendo al sujeto contra sí mismo. Lo que parecía exaltar narcisísticamente a la subjetividad, termina oprimiéndola. Lo mismo sucede con las masas en su sed de sometimiento.
3. Del ideal del Yo al desvarío de goce: el holocausto
Sobrecogedor el cierre de los Seminarios XI y XVII de Lacan. Dice allí que las figuras del goce asumen las formas del sacrificio en el holocausto...
“La ofrenda a los dioses oscuros de un objeto de sacrificio es algo a lo que pocos sujetos pueden no sucumbir; en una monstruosa captura”.
Ni la ciencia ni la religión ni la política escapan a este mandato, ni se interrogan acerca de él. Todos sus “decires” se mantienen en la indiferencia, la ignorancia o la desviación de la mirada de este desvarío: la pasión del goce sacrificial. Mientras tanto, el sacrificio que ignoran, tienta a una escabrosa fascinación, a una escabrosa “sed de sometimiento” que hoy estamos viviendo y sobre-viviendo todos nosotros.
¿Qué es ese suplicio sacrificial?, ¿qué lleva a los seres humanos a la compulsión de repetición del holocausto, o, para ser más precisa, de la Shoá, traducida específicamente como exterminio? Es el sometimiento a un imperativo de goce, a un más allá del principio del placer que oprime.
Ustedes saben que el texto “¿Por qué la guerra?” es la respuesta de Freud a una carta de Einstein quien, al final de la misma le pregunta:
“¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de esas psicosis promotoras de odio y destructividad?”
Precisamente, la respuesta del texto freudiano será ¡NO! ¿Quiere decir que no hay salvación posible?, ¿quiere decir que, como especie, estamos condenados a una muerte autodestructiva? No, o… no sabemos. Todo dependerá de quién gane la batalla entre los sometidos al amo atroz, los fascinados por el líder al que seguirán aún a costa de sus vidas y los que estamos hartos de la guerra, la crueldad y el sometimiento, los que podemos decir ¡NO! pues pretendemos un mundo más justo.
Una nueva guerra, una más a las que ya se libran en Medio Oriente, África y Europa, asoma en el escenario del mundo, hoy globalizado –si algo se mueve en el polo norte, repercute en el polo sur–. Si la disputa chino-norteamericana acaba en guerra, será la última, ni siquiera habrá la posibilidad de esa 4ta. guerra que Einstein decía se libraría con palos y piedras porque habríamos retornado a las cavernas; no quedará nadie ni nada.
El gran Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, nos ofrece la consigna:
“nos ha quedado una facultad, una facultad que debemos defender con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento”.
No demos nuestro consentimiento ni a la devastación del planeta, ni a las guerras, ni a la explotación, persecución o exterminio de seres humanos. ¿Por qué, para qué? La respuesta está en el final del famoso poema de John Donne:
“Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.
Arte*: mural del artista plástico, dibujante e ilustrador, Gustavo Soria (Otto).
Pintado en un muro de Villa Crespo, Buenos Aires. www.ottosoria.com.ar
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