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Peste, psicoanálisis y salud mental

19/03/2020- Por Sofía Rutenberg y Julián Ferreyra - Realizar Consulta

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Este no es un ensayo sobre el Coronavirus, sino sobre la peste. Proponemos el abordaje preliminar de 4 discusiones: el mito de la peste y la neurosis; violencia y aislamiento; la reivindicación de la virtualidad; y la relación más que necesaria entre clínica y política. Había neurosis antes de la peste, pero no hay peste sin neurosis. ¿Será la peste, freudianamente hablando, una neurosis actual?... No interesa esgrimir psicoanalismos sobre el Coronavirus, sino algunas reflexiones sobre los efectos de la peste en la subjetividad, a los fines de contribuir a las directivas y discusiones en política sanitaria y de salud colectiva de la población.

 

 

                              

                                     Grabado en cobre de Paul Fürst, 1656*

 

 

 

“Basta ver una enfermedad cualquiera como un misterio, y temerla intensamente, para que se vuelva moralmente, sino literalmente, contagiosa”.

                                                      

                                          Susan Sontag[i]

 

 

Introducción

 

  Este no es un ensayo sobre el Coronavirus, sino sobre la peste. En muchas civilizaciones los dioses de la peste fueron venerados, so pretexto de que su llegada permitiría una suerte de renovación o purificación del mundo. Desde la urgencia e incertidumbre generalizada que estamos transitando, proponemos el abordaje preliminar de 4 discusiones: la peste y la neurosis; la violencia y el aislamiento; la reivindicación de la virtualidad; y la relación más que necesaria entre clínica y política.

 

  Afirmar que la peste no distingue clases sociales implica el problema de la unicausalidad externa[ii]: una descomplejización del proceso salud-enfermedad-cuidados. La peste como igualadora es una verdad a medias, un mito.

 

  Que cualquier ser humano sea en potencia huésped del virus es cierto, como también lo es, y de un modo más determinante, que estar bien alimentado, recibir cuidados sanitarios, poder evitar aglomeraciones en los medios de transporte, y un gran etcétera, son los que constituyen el verdadero meollo del problema. Ser “desvinculado” de un trabajo precario es también la peste.

 

  Más que nunca recordamos la íntima relación entre terapéutica y acceso a derechos. Una intervención no será clínica si prescinde de lo segundo.

 

  No interesa esgrimir psicoanalismos sobre el Coronavirus, sino simplemente algunas reflexiones sobre los efectos de la peste en la subjetividad, a los fines de contribuir a las directivas y discusiones en política sanitaria y de salud colectiva de la población.

 

  Se trata de recordar lo propio de una ética del cuidado. Guardarse o estar en casa no debe equivaler a aislarse ni recluirse, y por ello es crucial promover salud mental (SM). Si acordamos con el lema que dice “sin SM no hay salud”, aquí algunas reflexiones para que la prevención incluya también la promoción de la SM.

 

 

I.Peste y neurosis

 

  El devenir de un psicoanálisis es en torno a mitos, siendo el Edipo el más famoso. La peste como igualadora, el fin del mundo o las fantasías de aniquilamiento también implican construcciones míticas. El mito constituye y obtura. Elaborar consiste en ceñir el mito individual del neurótico[iii]e ir más allá de éste.

 

  Dicho de otro modo, que una persona inicialmente tomada por la mitología individual, cara al individualismo, devenga otro, eso que llamamos sujeto: del ensimismamiento al estar-en-comunidad. ¿Un falso altruismo? No. La ética del psicoanálisis implica abrazar una mitología común, por ejemplo, que la Patria es el otro.

 

  Distancia física no equivale a distancia social, afectiva. Un psicoanálisis nos transmite la diferencia entre la distancia y el tabú del contacto: una distancia puede ser sintomática, en todo sentido, mientras que el tabú lleva mortíferamente a la inhibición. También un psicoanálisis transmite la diferencia entre estar solo y la soledad.

 

  Había neurosis −en sentido amplio− antes de la peste, pero no hay peste sin neurosis. Y ésta puede engrosarse de miserabilidad, recrudecerse regresivamente, durante el presente continuo que implica una peste. El preparador físico que viola la cuarentena y agrede brutalmente a un guardia de seguridad es un ejemplo de la miserabilidad individual del neurótico, la violencia y el odio al semejante.

 

  O banalización o paranoia; descuido pero a la vez acumulación innecesaria de insumos. Del temor al contagio al tabú del contacto. “Tengo miedo de no estar asustado ni preocupado”, dice alguien a su analista. “Igual vamos a salir vivos de esta”, dice otro analizante, trayendo humor, intentando desdramatizar luego del corte de una sesión que había sido dramática por otras razones. Escenas que se nos van tornando quizás no cotidianas pero sí actuales.

 

  ¿Será la peste, freudianamente hablando, una neurosis actual?

 

  En tanto los síntomas no se expresan inmediatamente, circula la posibilidad de una certeza: “no lo sentís pero igualmente lo podés tener”. Una premisa tan correcta, desde el punto de vista de la infectología, como también ominosa. Se escenifica una invasión, un agente infeccioso que proviene del exterior que se burla de todas las defensas. No hay salida.

 

  La persona posiblemente infectada se convierte en contagiadora y puede estar dañando sin saberlo, lo cual lleva a fantasías punitivas y a sentimientos de culpabilidad por el terror de ser quien pueda causar la muerte de un familiar o allegado. No hay lugar para la elaboración.

 

  La peste siempre supone un castigo [divino]. La enfermedad está asociada directamente con la muerte, metaforizando una lucha en el cuerpo[iv]. La amenaza es constante: “Ya te va a llegar”, repiten los medios de comunicación mientras cuentan minuto a minuto la cantidad de infectados y de muertos. El cuerpo deja de vivir: espera, diría Simone de Beauvoir.

 

  La transferencia podrá ser entonces ese hogar que permita una hospitalidad genuina, y por ende nada condescendiente, frente a ese huésped mal recibido[v] que es el síntoma.

 

 

II.  Aislarse con el enemigo

  En los enfoques preventivos clásicos existe el supuesto de que el hogar o la familia son los lugares más seguros para estar. Ante las indicaciones del Gobierno Nacional para evitar el colapso del sistema sanitario, se pide a la comunidad que se quede en casa.

 

  Las normas hay que acatarlas, ser responsables y tratar de circular lo menos posible; pero nos encontramos con una realidad también siniestra, que siempre estuvo ahí frente a nuestros ojos y que casi nadie quiere o puede ver: ¡el enemigo puede estar dentro de la casa!

 

  Mujeres que padecen la violencia de sus parejas, ancianos, personas con discapacidad, niños y niñas que sufren maltrato y abusos de sus padres u otros convivientes, tienen que permanecer con esas personas las 24 horas.

 

  La violencia hacia las mujeres no ocurre de la noche a la mañana. Existe un dispositivo de aislamiento previo para que el varón violento pueda actuar con mayor libertad: primero la convence de que no trabaje, que aproveche el tiempo para estar en la casa y cuidar de los niños −¡porque es la mejor para cumplir con esa tarea!−. Se genera una dependencia al salario masculino que imposibilita tomar cualquier decisión por no contar con los recursos materiales.

 

  La cuestión se complejiza cuando las mujeres no cuentan con familiares que las contengan ni con lazos de amistad, que justamente fueron interrumpidos por el aislamiento propio de una relación de dominación.

 

  “Esa amiga que tenés te usa, siempre te llama para pedirte cosas”, “tu mamá nunca te ayuda y habla mal de vos”, “tus hermanos son unas lacras”, “hasta tus hijos te pasan por encima”, “vos no te das cuenta de nada, sos muy ingenua, muy tonta”, “el único que te quiere de verdad soy yo”, “sin mí no podrías llegar a ningún lado”, “¿quién te va a querer?”.

 

  Las líneas telefónicas de asistencia a víctimas de la violencia están estallando. En España ha aparecido una consigna de resistencia: ¡No salgas, huye!

 

  En los últimos cuatro años de gobierno neoliberal no se implementaron políticas públicas que resguardaran a mujeres en situación de extrema vulnerabilidad, como tampoco se tendió a complejizar los circuitos, dispositivos y mecanismos de poder que se requieren para que la violencia acontezca.

 

  El virus existe, las normas hay que cumplirlas, pero tampoco debe omitirse que a causa de la ausencia del Estado se tuvo como efecto el desguace de las políticas de cuidado hacia las mujeres. Se trata de un recordatorio en pos de construir herramientas para promover la salud y la SM desde un enfoque de derechos, incluyendo esta y otras problemáticas dentro de una política preventiva.

 

 

III. La virtualidad al fin reivindicada

  Hartas veces denostada por muchos psicoanalistas, la virtualidad se torna aquí y ahora herramienta para un encuentro posible. Mejor dicho, siempre lo fue, siempre en potencia lo ha sido a condición de ceñir sus límites, alcances y posibilidades, sin caer en su estandarización, pensándola desde una ética y clínica. La única resistencia a la virtualidad es también la del/de la analista.

 

  Leyendo a Paul B. Preciado encontramos un interesante pasaje sobre la tecnociencia en la producción de subjetividad (y más específicamente, de la mirada, la piel y voz) para aportar al ya aburrido y en general mal planteado “problema” del psicoanálisis por videollamada:

 

“... las categorías newtonianas espacio/tiempo parecen haber colapsado (...) Nos miramos y me pregunto dónde está ‘esa’ mirada, cómo es posible mirarse cuando lo que ven los ojos no son otros ojos sino la imagen de los ojos en una pantalla (...) Nuestras pantallas se miran (...) se aman. Cuando esto sucede, no estamos, estrictamente hablando, ni aquí ni allá (...) nosotros como entidad relacional, nuestro amor, existen entonces, se constituyen, en ese espacio que Deleuze denominaba ‘el pliegue’, una de cuyas internas exterioridades está constituida por miles de cables de internet, replegada y desplegada en cientos de miles de pantallas (...) Las pantallas son la nueva piel del mundo (...) los implantes electrónicos acabarán transformando nuestras pieles en pantallas”[vi].

 

  Cuando por diversas razones clínicamente justificadas, incluida la situación actual, se analiza/supervisa por videollamada, quizás venga bien ponderar los efectos no sólo de un cuerpo no-presente, sino también de una pantalla que se encarna en piel, ojo y voz.

 

  Ese pliegue y colapso del tiempo/espacio aludido, ¿no es acaso lo que intencionalmente producimos en transferencia?

 

  A contramano de cierto sentido común (pos)moderno, en este momento son las redes sociales y los memes los que están salvando a mucha gente. Los memes son, en este presente, mucho más serios y complejos que la mayoría de noticias periodísticas de Medios Masivos.

 

 

IV. Clínica <> política

 

  Los organismos de Derechos Humanos han llamado a no realizar la histórica marcha del 24 de marzo. Por primera vez en la historia las Madres de Plaza de Mayo han resuelto no concurrir a la plaza los jueves. Y no ha sido por ellas mismas, por la posibilidad de enfermarse y morir, sino para evitar contagiar o perjudicar a otras personas.

 

  Recordaron que no les temieron a los milicos ni a las balas porque éstas, como mucho, las iban a dañar a ellas; ahora se trata de solidarizarse para que, tal como sus hijos e hijas sostenían, no se ponga en peligro irresponsablemente ninguna vida. Se trata de gestos éticos y políticos de una potencia sin precedentes.

 

  La responsabilidad subjetiva es siempre en función de los semejantes. Quizás después de la peste no habrá un cambio de época, pero sí un antes y un después que deberemos construir en conjunto.

 

  Todo esto sería prácticamente improbable si no hubiera retornado esa presencia que es el Estado, su capacidad rectora y ordenadora frente al Mercado, el caos y la barbarie. Buena oportunidad para dejar de homologar torpe y cínicamente, como si se tratara de una fatalidad, política pública y discurso del Amo.

 

  El contraejemplo a lo anterior es lo que está aconteciendo en la CABA, el distrito con más recursos del país, en donde la epidemia del dengue ya es autóctona a causa de la inacción de su gobierno. Nos debemos también con urgencia una discusión sanitaria y clínica al respecto.

 

  Prevenir desde una ética del cuidado implica considerar que el acto analítico será subversivo si aporta a la construcción de ciudadanía, cuestión antitética a la inoculación de una moral. La construcción ciudadana no implica adoctrinamiento, sino la apuesta a sintomatizar esa soledad común[vii] que nos recuerda humanos.

 

  El mito de la peste implica la ilusión de pureza. El virus más letal es también el más perfecto. La pureza deviene en purismo, la perfección del cinismo. Como el problema del desabastecimiento del alcohol en gel, conducta sádico-anal-retentiva, se comprueba que para mayor cuidado de sí se torna necesario cuidar a los otros. Y por ello un psicoanálisis no debe degradarse en cinismo lúcido. Si de algo debemos inmunizarnos es de esto último.

 

 

Imagen*: la obra se denomina “Doktor Schnabel von Rom” (en alemán, “Doctor Pico de Roma”) con un poema satírico en Latín/Alemán (‘Vos Creditis, als eine Fabel, /quod scribitur vom Doctor Schnabel’).

 



[i] Sontag, S. (2012[1977]). La enfermedad y sus metáforas / El sida y sus metáforas. Buenos Aires: Debolsillo (p. 13-14).

[ii] Vasco Uribe, A. (1987). “Estructura y Proceso en la conceptualización de la enfermedad”. Conferencia presentada en el Taller Latinoamericano de Medicina Social, Medellín.

[iii] Lacan, J. (1953). “El mito individual del neurótico”. En: Intervenciones y textos 1. Buenos Aires: Manantial.

[iv] Ibíd.Sontag.

[vi] Preciado, P. B. (2019). “Tecnociencias” (2017). En: Un apartamento en Urano. Barcelona: Anagrama (p. 245).

[vii] Concepto trabajado por Jorge Alemán.

 


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