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¿Presentación de enfermos? Psicoanálisis, enfoque de derechos y salud mental. Primera parte: la exclusión de Freud

03/11/2019- Por Julián Ferreyra y Tomás Pal - Realizar Consulta

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Nos proponemos una crítica fundada al dispositivo de “presentación de enfermos” a través de dos dimensiones complementarias. Por un lado, como practicantes del psicoanálisis advertimos las inconveniencias éticas, políticas y clínicas de sostener esta clase de dispositivos que producen y/o reproducen indignidad. Por el otro y desde un enfoque de derechos, por contemplar inexorablemente una vulneración de los derechos de las personas usuarias en cuestión, implicando no sólo una profunda objetivación y patologización, sino también un franco incumplimiento de las normativas nacionales e internacionales vigentes: lo propio de una antiética. En la difusión, defensa y propaganda de las PE efectuada, curiosamente se omite a Freud. Es notable, ya que existen contraargumentaciones específicas al respecto. Nos limitaremos a enunciar algunas contraindicaciones freudianas taxativas: preocupaciones clínicas como pedagógicas. Apelaremos a Freud, entonces, para extraer de sus postulados una lógica.

                   

 

                            

                        Hospital Borda (1982 – 1985) Fotografía de Eduardo Gil*

 

 

“La conversación en que consiste el tratamiento psicoanalítico no soporta terceros oyentes; no admite ser presentada en público”.

 

                                                Sigmund Freud

 

“No me imiten, soy un clown”.

                                                   

                                                Jacques Lacan

 

“Algunos oscurecen las aguas para que la laguna parezca más profunda, pero qué honda será la laguna que el chancho la cruza al trote”.

                  

                                               Arturo Jauretche

 

 

1. Introducción

 

  En el presente artículo, el primero de una serie, nos proponemos una crítica fundada al dispositivo de “presentación de enfermos” (PE), que se realiza por colegas referenciados al psicoanálisis en nuestro medio y otras latitudes.

 

  El dispositivo en cuestión se justifica como “heredado” de la propuesta de Jacques Lacan, e implica la presentación pública ‒un interrogatorio‒ de algún usuario de los servicios de salud mental (SM), siendo los mismos generalmente caracterizados dentro del amplio campo de las psicosis y provenientes exclusivamente de instituciones del subsector público.

 

  Dicha presentación consiste en una escena, ceremonia o rito que incluye al usuario, profesional(es) tratante(s) y a un público, compuesto generalmente por jóvenes profesionales, trabajadores o estudiantes del campo psi. El público, sin excepciones, tiene los labios cosidos hasta que la presentación haya encontrado su cierre. Por su parte, el usuario es ubicado en la posición de quien responde preguntas.

 

  Quienes practican y defienden este dispositivo aluden a un saldo o efecto clínico “valioso”, que ocurriría por la posibilidad de que el usuario presentado dé “testimonio”. Éste no es extensivo al malestar o coyuntura general de la persona, sino circunscripto y direccionado a la esfera de su delirio o “hecho psicopatológico”, orientado en función de una curiosidad mórbida (¿acaso invitan neuróticos?).

 

  Nuestra crítica se sitúa desde dos grandes dimensiones complementarias con sus respectivas argumentaciones:

  Desde nuestra enunciación como practicantes del psicoanálisis ‒y por ello, agentes del campo sanitario‒ advertimos las inconveniencias éticas, políticas y clínicas de sostener esta clase de dispositivos que producen y/o reproducen indignidad.

 

  Desde un enfoque de derechos, ya que a nuestro juicio contempla inexorablemente una vulneración de los derechos de las personas usuarias en cuestión, implicando no sólo una profunda objetivación y patologización, sino también un franco incumplimiento de las normativas nacionales e internacionales vigentes.

 

  Las críticas efectuadas, o las polémicas recopiladas hasta la fecha, se limitan a discusiones internas al propio psicoanálisis[i], pero carecen de toda problematización clínica más amplia: desde un enfoque de derechos e incluyendo los marcos normativos y discusiones vigentes en nuestro campo de la SM.

 

  Nos limitaremos a enunciar los elementos centrales en torno a esta discusión. A saber, la necesidad de cartografiar y analizar críticamente la experiencia ofertada a sus participantes (objeto mórbido y espectador silente), el lastre de argumentos tradicionalistas soportados en la persona de Jacques Lacan, una enumeración crítica a partir de las normativas y reglamentaciones vigentes; así como también plantear algunas preguntas e interrogantes que consideramos tanto cruciales como apremiantes.

 

  En esta primera entrega desarrollaremos sucintamente nuestra crítica desde la primera dimensión de análisis, esto es, una discusión desde la propia praxis psicoanalítica en torno al dispositivo de PE.

 

 

2. La exclusión freudiana

 

  En la argumentación, difusión, defensa y propaganda sobre las PE efectuada por psicoanalistas, curiosamente se omite a Freud. Es notable, ya que existen contraargumentaciones específicas al respecto. Nos limitaremos a enunciar algunas contraindicaciones freudianas taxativas, que vinculan tanto preocupaciones clínicas y terapéuticas como pedagógicas. Apelaremos a Freud, entonces, para extraer de sus postulados una lógica.

 

  Freud era un antipsiquiatra. La historiadora francesa E. Roudinesco lo describe de la siguiente manera: 

 

“... la conceptualización psicoanalítica procedía de un verdadero rechazo de las nociones vigentes en la psiquiatría y la psicología médica. Freud, aunque admiraba a Pinel, jamás se valía del vocabulario de los alienistas: estado mental, personalidad (...) alienación, conducta, etc. No recetaba remedios, no pensaba en el acondicionamiento de los psiquiátricos y no se ocupaba de la gestión de la vida colectiva de los enfermos mentales. Solo tenía en cuenta la palabra, la sexualidad, la neurosis, la vida, la muerte...”.[ii] 

 

  Aún con sus profundas contradicciones, Freud rescataba y a la vez criticaba a la psiquiatría de su época, que en mucho se parece a la de la nuestra. Ponderaba su inserción en [lo que hoy llamamos] el campo de la SM y su oficio clínico; al tiempo que se distanciaba, incluso desde una profunda indiferencia, de su matriz psicopatologizante y biopolítica.

 

  Sobre la formación en psicoanálisis, era taxativo al afirmar que:

 

“muchas cosas ocurren en este ámbito de manera diversa y aun directamente al revés, de lo que es habitual en el resto de la medicina”[iii]. Y sobre las dificultades de enseñar y transmitir psicoanálisis ubicaba que “… en la enseñanza médica se han habituado ustedes a ver (...) Más tarde, se exhiben a los sentidos de ustedes los enfermos, los síntomas de su enfermedad (...) En los departamentos de cirugía son testigos de las intervenciones (...) y tal vez ustedes ensayen ejecutarlas”.[iv]

 

  Lo que se enfatiza a través del resaltado nos confronta con una marcación freudiana crítica que creemos precisa y actual: la necesidad de circunscribir la formación y la práctica psicoanalíticas en el registro de la mirada. Un retorno a las sensualidades del empirismo-lógico, que valoriza a la experiencia sensorial como estereotipo de toda experiencia, incluso aún como única experiencia válida; savia de donde se extraean las pociones del Magister.

 

  El plus imaginario de esta práctica se encuentra íntimamente vinculado a la exhibición. El exhibicionismo es un modo de chusmerío y el chisme guarda su relación con lo inconsciente. Un no miramiento por la intimidad del consultante y su ética del cuidado, elemento clave en cualquier dispositivo de escucha.

 

  La crítica freudiana no radica en consignar un cierto voyeurismo, cuya posición es esencialmente activa. Por el contrario, mencionamos aquí la existencia de un oxímoron: un “voyeurismo pasivo” donde el Otro, docente, tutor, maestro, ¡beatitud!, le enseña a su auditorio hipotecado de ignorancia el hueso filoso de lo real, lo que La clínica “es”.

 

  El objeto en cuestión no es el paciente en clave de “preparado” experimental, sino más bien el aspirante o estudiante; lo que nos recuerda la formulación lacaniana del discurso universitario.

 

  Cuando el saber se constituye en agente dominante se produce el imperativo a que-se-sepa, constituyendo a un otro como objeto, astudado, compelido a responder sabiéndose sabido, a condición de restarse en los términos de una singularidad denostada[v]. Ver para creer, ver para ejecutar, ¿no es éste acaso el museo de las inhibiciones del pretérito imperfecto?

 

  Continuamos con la cita a Freud:

 

“... en la psiquiatría la presentación del enfermo con muecas, sus modos de decir y su conducta alterados les sugiere una multitud de observaciones (...) Así, el profesor de medicina desempeña predominantemente el papel de un guía y de un intérprete que los acompaña por un museo mientras ustedes obtienen un contacto inmediato con los objetos y, por medio de su propia percepción, se sienten convencidos de la existencia de los hechos”.[vi]

 

  En la circunscripción de dicha escena Freud da un paso más. Hay Uno, el docente, quien muestra, cual guía de turismo, un paisaje que recorta un punto; por ejemplo: a una persona con su peculiar realidad psíquica. Este guía de turismo ¡cuántos aspirantes a psicoanalistas se comportan como turistas para con la clínica! no se limitaría a una mera mostración objetiva, sino que daría un paso más... sería un intérprete.

 

  He aquí un equívoco productivo: poco tiene que ver la figura del intérprete, adivino o exégeta, en lo concerniente a la interpretación psicoanalítica. Más bien todo lo contrario. En última instancia, quien interpreta, confirma y aporta el saber en cuestión no es precisamente el sujeto al que se le supone un saber quien hace las veces de psicoanalista, alguien con más de cincuenta, sino justamente aquel que la recibe.

 

  La interpretación, en una concepción amplia pero al mismo tiempo minuciosa, nunca sería la que se da a priori, en tanto al efectuarla (psicoanalista o psicoanalizante) no encontraríamos más que lo ya conocido, lo obvio y lo propio de la neurosis y del Edipo: el destino inevitable.

 

  Sin embargo, en la metáfora freudiana, el mayor problema es que el guía-intérprete ni siquiera está remitido a un paisaje vivo. Estamos más bien en un museo, el de las morbosidades académicas audiovisuales. Freud nos aporta una vez más una indicación fundamental: el psicoanalista debe desplazar la morbosidad diagnóstica a un segundo plano, para centrar todos sus esfuerzos en “el material vivo de la transferencia”, impalpable. Más aún, Freud nos invitará a que: 

 

“... no despreciemos el empleo de las palabras en la psicoterapia y démonos por satisfechos si podemos ser oyentes de las palabras que se intercambian entre el analista y su paciente. Pero es que no podemos hacerlo. La conversación en que consiste el tratamiento psicoanalítico no soporta terceros oyentes; no admite ser presentada en público”.[vii]

 

  La cita es clara. Freud traza la vía de la escucha diferenciándola de la vía de la percepción: la inmediatez empirista. Es decir, no es suficiente con aseverar la validez de un medio, si este no se acompaña de una ética determinada con consecuencias clínicas asociadas.

 

  Este es el punto crucial que ponderamos para esta problematización crítica. Así, el pasaje de la impotencia a la imposibilidad de la escucha deriva en otra invitación: la formación del psicoanalista, el arduo camino de hacer un psicoanálisis.  

 

  Si Freud contrapone rápidamente psiquiatría con psicoanálisis, no es a los fines de denostar a la primera, sino simplemente para efectuar una diferenciación descontaminante: 

 

“… desde luego, en una lección de psiquiatría es posible presentar a los alumnos un neurasténico o un histérico. Cuenta entonces sus quejas y síntomas, pero nada más (...) No pueden ustedes, por tanto, ser los oyentes de un tratamiento psicoanalítico. Sólo pueden oír hablar de él y tomar conocimiento del psicoanálisis de oídas”.[viii]

 

  En este sentido, la mera presentación de un fenómeno, neurasténico, histérico, delirante, etc., sería infecundo. Así, Freud agrega un elemento a primeras provocador: que los efectos clínicos que se producen pueden ser recogidos, mostrados o formalizados solamente “de oídas” o “tocando de oído”, como decimos nosotros.

 

  Imagen curiosa, la de delimitar un objeto cuya consistencia, a diferencia de lo audible, podría en el buen sentido ser manipulado. Tocable, palpable, a condición de separarse del fenómeno original. 

  Se trata de una instrucción de segunda mano. Un psicoanálisis, su clínica, es siempre una historia. No sólo por contener un relato lo cual es obvio, sino más bien por el hecho de que en todo proceso histórico, además de datos, fechas, anécdotas, personajes, pasiones y sobre todo contradicciones, se exige la necesidad de extraer una lógica de donde advenga a su vez una verdad, siempre a medias.

 

  Ahora bien, ¿cómo atribuirle veracidad no sólo a los hechos en sí sino también al informante? Esto se ve atenuado ya que “el psicoanalista por lo menos les informa de cosas en que él mismo ha participado”[ix]. Esto es, de lo que informa el psicoanalista es de su experiencia, en tanto él forma parte de eso que intenta comunicarle a otros.

 

  En psicoanálisis la premisa es transmitir una historia a condición de hacerse parte interesada de ella (premisa válida tanto para el psicoanalista que construye un caso como para cualquier aspirante a psicoanalizante que pretende “contarnos su historia”).

 

  Para finalizar, si bien es J. Lacan quien importó al psicoanálisis el dispositivo de PE, fue también quien afirmó en los inicios de su obra que: 

 

“… la forma clínica (...) sólo libra plenamente sus particularidades tardíamente, en el curso del flujo confidencial condicionado por el tratamiento, mostrando claramente la relatividad de las observaciones de la práctica psiquiátrica ordinaria que sólo pueden sondear las variaciones de cada caso no sólo en la reticencia, sino en la ignorancia y la inconsciencia de los síntomas”.[x]

 

 

3. Discusión y porvenir

 

  Hemos condensado este breve recorrido con el afán de explicitar la imposibilidad de escindir ética y clínica. En otras palabras, la mayor crítica a las PE para Freud, baluartes de la psiquiatría radicaba en su inutilidad para la formación del psicoanalista; por ende, para la práctica psicoanalítica en general. Esto es crucial.  

 

  En tanto el psicoanálisis implica una posición ética específica con relación al malestar, presentaremos una tesis provisoria. En el patrocinio, difusión, promoción y defensa efectuada sobre las PE por parte de personas que se referencian al psicoanálisis, se pone de manifiesto una antiética.

 

  Para Freud, quien aspira a psicoanalista es un psicoanalizante. Por ende, si una PE no tiene ningún efecto desde el punto de vista didáctico, ¿cómo podría tener algún efecto analítico para aquel que se forma como analista desde una posición de analizante?

 

  En el mismo sentido, y a no ser que consideremos que el sujeto de una PE no es un analizante, ¿cómo podríamos afirmar que tal dispositivo implicaría efectos analíticos o incluso terapéuticos? Si hubiera efectos de esta índole, ¿dónde se constatan? Más aún, en el caso de que se constatasen fuera del tiempo de la presentación, es decir, a espaldas del auditorio, ¿qué sentido tendría el mismo?

 

  Tras centenares de presentaciones de enfermos promovidas por escuelas, cátedras y establecimientos, es llamativo, preocupante e incluso escandaloso que no haya registro alguno sobre los augurados efectos o saldos “dignificantes” de dichas presentaciones.

 

  Un efecto no teorizado no es un efecto, a no ser que reduzcamos el psicoanálisis a un curioso pragmatismo: uno sin éxito.

 

 

 Imagen*: tomada de https://www.eduardogil.com/index.html

 

Eduardo Gil es uno de los más destacados fotógrafos argentinos, multipremiado en el ámbito local e internacional. Sus series trasuntan la fragilidad y la potencia de lo humano, la barbarie, la soledad y el horizonte. Los retratos cargados simbólicamente son libros que muestran épocas. Ver: https://www.eduardogil.com/bio.html



[i] Basz, S. (2004). “No es un capricho exhibicionista”. Diario Página 12, sección “Psicología”. Recuperado desde: https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-35562-2004-05-20.html (7/7/19);

Rodríguez, S. (2004). Una obscena puesta en escena. Diario Página 12, sección “Psicología”. Recuperado desde: https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/subnotas/9-12011-2004-04-15.html (7/7/19);

Jinkis, J. (1987). Apuntes sobre la “presentación de enfermos”. Conjetural, 14, 49-67.

 

[ii] Roudinesco, E. (2015). Freud en su tiempo y en el nuestro. Buenos Aires: Debate (p. 148-149).

 

[iii] Freud, S. (1915-1916). Conferencias de introducción al psicoanálisis, 1915-1916, 1° Conferencia, “Introducción”. En Obras Completas. Amorrortu, tomo XV: Buenos Aires (p. 13).

 

[iv] Ibid. Freud, p. 14 (el resaltado es nuestro).

 

[v] Lacan, J. (1969-70). El reverso del psicoanálisis. El Seminario, libro XVII. Paidós: Buenos Aires.

 

[vi] Ibid. Freud, p. 14 (el resaltado es nuestro).

 

[vii] Ibid. Freud, p. 15 (el resaltado es nuestro).

 

[viii] Ibid. Freud (el resaltado es nuestro).

 

[ix] Ibid. Freud.

[x] Lacan, J. (1938). De la impulsión al complejo. En Intervenciones y textos 1. Manantial: Buenos Aires (p. 15).

            


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