Zapping VII. Observaciones sobre viejas y nuevas sexualidades. (Segunda Parte).

13/06/2011- Por Carlos Faig - Realizar Consulta

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En esta ocasión, presentamos la segunda y última parte del séptimo “Zapping” de Carlos Faig. Esta vez, el autor nos invita a recorrer el menú de las nuevas sexualidades, la masturbación en el coito, la prostitución en el chat, y otros puntos que completan esta séptima entrega sobre las viejas y nuevas sexualidades.

 Las nuevas sexualidades. Menú sexual

Otra cuestión relativamente ajena al cine XXX atañe a las “nuevas sexualidades”.  Si comparáramos la situación actual del mercado sexual con la Grecia antigua o el mundo romano, hallaríamos que el menú se ha ampliado, y que el porno ha quedado ligado sobre todo al mercado heterosexual. Para los romanos o los griegos, existían las prácticas heterosexuales que conocemos, quizá con algunos aditamentos menos (aunque esto no es del todo seguro), sin juguetes sexuales, y ciertas prácticas homosexuales (a las que muchos autores se han referido abundantemente). Las orgías romanas son asimismo muy conocidas. Y eso era todo. Por lo que sabemos, no había mucho más. 

Hoy en día con el travestismo, el transexualismo, los cross-dressers, el menú se ha ampliado bastante. Un hombre, nacido hombre, puede operarse y devenir mujer. Y, luego, si lo desea, puede estar con mujeres. Reconozcamos que es raro y posible.

Ahora bien, la pregunta que debemos hacernos es si el forzamiento real, quirúrgico, de los cuerpos produce un goce mayor del que obtenían los precarios e ingenuos griegos y romanos. ¿Se gozará (o deseará) más y mejor con un pene implantado por el cirujano que con la vagina que la naturaleza había provisto a la señora? Es difícil imaginarlo.

El “progresismo” tiene esa característica: se progresa en efecto de un lado, pero se regresa por otro (en política, digámoslo al pasar, el problema es este mismo)1. Debemos admitir, dicho esto, que medido con parámetros psicoanalíticos, la actual cuestión de género, la reivindicación de las posiciones clásicamente consideradas por la teoría analítica dentro de la perversión, son discursos ideológicos. Ni el deseo ni el goce pueden sostener esos enunciados. Y esto dicho sin apelar a ninguna cuestión de orden moral o social. Simplemente se trata de evaluar mínimamente si el goce resulta o no más concernido por estás prácticas. El discurso normativo, moral, social (en el peor de los sentidos), suele correr por cuenta de los defensores de esta nueva corriente, las “nuevas sexualidades”. Según dicen, no pueden vivir en un cuerpo que no tiene que ver con lo que sienten, con su identidad sexual. Por tanto, lo que dicen es que no toleran el goce que esto comporta. No admiten la violencia que el sexo imprime sobre sus cuerpos (siempre la misma y para todos, aclarémoslo).

Por otro lado, el carácter más o menos estereotipado de la sexualidad perversa es conocido. Sea por la repetición de la escena, sea por las condiciones muy fijas en las que el sujeto llega al orgasmo. La sexualidad “gay”, o las practicas lesbianas, el fetichismo, y algunas otras opciones que no mencionaremos aquí, no son algo muy recomendable para alcanzar el goce, o tan solo un grado de placer alto, una idea, incluso, de lo que puede brindar una relación sexual bien ejecutada, armoniosa. El sexo en todas esas prácticas –al menos desde un punto de vista heterosexual– es pobre, y un poco aburrido. Toda la creatividad que podría conllevar el coito se ve agotada en el planteo. La tesis se hace idéntica al desarrollo.

Por último, ¿las nuevas sexualidades cuestionan la teoría psicoanalítica? Evidentemente, no. Cuando un transexual se opera para devenir mujer el referente es más fálico que nunca. De otra forma, y si la sexualidad ciertamente pasará ya por otro lado, ¿para que se iba a tomar el trabajo de disponer así de su pequeña fortuna? Asimismo, cuando una chiquita de doce o trece años se calza los boxer de su hermano para salir a bailar, estamos en una metonimia fálica.

En rigor, el movimiento va en una dirección inversa al que se pretende. En lugar de cuestionar la relación del significante fálico y el lenguaje (el nudo gordiano del psicoanálisis), el sentido, las nuevas sexualidades –como en una partida de ajedrez donde con menos piezas en el tablero las jugadas son más predecibles, calculables–, instalan con mayor fuerza los hitos mayores de la teoría. Las nuevas sexualidades ponen en juego algo que concurre, es casi obvio decirlo, con la reducción del lenguaje (con el inglés elemental que empieza a poblar el mundo), y con la precariedad simbólica en la que vivimos.

Poetas versus odontólogos. La vagina y la Cosa. Sonoridad

Al efecto “ginecológico” u “odontológico” del close-up en el XXX, adjuntemos una referencia curiosa y poco citada de Lacan que se encuentra en el seminario XVI:  “El enigma que representa a los ojos de algunos la sensibilidad de la pared vaginal (…) el carácter limítrofe del goce femenino (…) todos los enigmas (…) acuerdan con la topología que tratamos de aproximar aquí. (…) Algo aquí asemeja a la Cosa (…) Es por esto que le damos rasgos de mujer (…), es que la Cosa no es sexuada.”

En este seminario, donde en muchos sectores está en juego la cuestión del pote agujereado y la resonancia, es decir, del cuerpo y la masa fónica, no podríamos dejar de notar que la mujer se halla abierta a la sonoridad.

Recordemos –entre miles y miles de descripciones de la relación sexual que podríamos citar de distintos textos– un coito descripto por Roberto Bolaño en 2066. El general recita una larga poesía a su amante, mientras la penetra con su ominosa y también larga verga. O las reflexiones de Casanova: una gran parte del placer, en el acto sexual, transcurre en hablar. Asimismo, no nos parece azaroso que el Ulises de Joyce describa en sus páginas finales la masturbación de Molly Bloom. Es un libro hecho de una punta a otra con resonancias, trabajando la masa fónica, y no podría ser ajeno al goce femenino. (Cf., Joyce, le sinthome, el breve y denso escrito que Lacan dedica a Joyce.)

La idea del orgasmo, y del placer y la excitación, en la mujer se complica así. En todo caso, habría que hablar de una suerte de caja clitorideovaginal, de una suerte de conexión, por dentro y por fuera, de clítoris y vagina. Pero esto no es todo. El goce sémico, y más aun fónico, coadyuva mucho en el asunto y se hace parte sustantiva.

Recordemos, por último, que el mismo tema también fue tratado por Lacan (siempre con mucha sobriedad y casi sin mencionarlo) en el seminario XIII, a propósito de la bella carnicera, el éxito de los hombres femeninos y el “chanteur á voix” (cf. lección del 15 de junio de 1966, inédita)3.

Fundamentemos rápidamente la cuestión de la resonancia corporal. Entre cuerpo y lenguaje se establece una relación de isomorfismo, incluso de homología. El significante en cuanto no puede significarse a sí mismo produce un exterior, un borde entre lo que le es interno y le es externo. Se trata, cuando se quiere ejemplificarlo, de la paradoja de Russell: el conjunto de los conjuntos que no se contienen a sí mismos. Correlativamente, el cuerpo en tanto se halla separado del goce funciona también como borde y se plantea a su respecto la cuestión de lo interno y lo externo. En el seminario XVI, De un Otro al otro, estos temas remiten al par ordenado y la extimidad, y resumen el desarrollo. “(…) Al solo plantear la cuestión de saber si S está en A, al solo aislar el conjunto de los S, en tanto que S, a diferencia de A, no se contiene a sí mismo, resulta que no sabemos ya donde alojar este conjunto. Si está fuera, está dentro. Si está dentro, está afuera.”4 Y en relación con el cuerpo: “La base de un sujeto que está hecho saber en el campo del Otro, y su relación con algo que se produce como hueco en el nivel del cuerpo, tal es el primer esbozo de una estructura que hemos elaborado suficientemente”.5 

la estructura se juega, pues, por un lado, entre el significante y el Otro, y, por otro, entre el cuerpo (verdadero lugar del Otro) y el goce. 

Si identificamos ahora el -1 con el cuerpo y especialmente con la zona erógena, vemos que concurre lo que falta en el lenguaje y lo que falta en el cuerpo. Entonces, podemos intuir la imbricación del goce en los intervalos significantes. El muy lacaniano ejemplo del pote agujereado adquiere otra dimensión, y el goce femenino se nos presenta en cierta forma como paradigmático de todo este movimiento.

Masturbación en el coito. Punto de vista

No existe un cine porno que recorte los cuerpos en el transcurso de la relación sexual, a excepción de los close-up sobre la zona de contacto genital. El porno no recrea la visión que se tiene del partenaire y de uno mismo durante el coito, ni, y sobre todo, la visión que se tiene durante el abrazo sexual. No hay todavía –o lo hay limitadamente–, que sepamos, un POV (point of view) de lo que ocurre realmente con los participantes del acto sexual. 

Se sabe la importancia que tienen para la mujer, y en el caso de elegir partenaire, el rostro y los ojos del hombre. El porte del caballero, su voz, su prestigio, se suman a esto, sin duda. La fantasía, o la escena buscada, se despliegan en el que señor, encima de ella, la mire y le hable. Así, la dama se asegura que el caballero “está con ella”. No la están usando como un agujero, un mero receptáculo. La mujer, al parecer y todo lo indica, conoce aquella tan famosa frase de Freud: “Un agujero es un agujero”, aunque no la aplique a la esquizofrenia, si no a la masturbación encubierta durante el coito. Hay que admitir que la mujer conoce del casamiento del hombre y el Falo.

−“Háblame sucio” −podría decir, y para el caso sería lo mismo, ya que no tiene ninguna importancia lo que él le dice.

El caso contrario lleva a una idea de masturbación. Él no está allí, o solo la usa como referente (en el sentido teatral), mientras su imaginación vuela en pos de otra mujer, otras caricias.

Punto G, coito a tergo y Kamasutra. Literatura, bestseller 

Hayan o no leído la copiosa literatura sobre el punto G y las muy diversas versiones del Kamasutra, las prostitutas suelen considerar que el coito a tergo –popularmente conocido como “piculina”– excita más que otras posiciones al hombre y lo hace eyacular rápidamente. Por esa razón, lo practican asiduamente, sobre todo porque buscan acelerar su trabajo. Pero otra razón que motiva esta práctica es que la mujer tiene más dificultades para llegar al orgasmo en una tal posición: la prostituta es una profesional, no trabaja por placer. La estimulación clitoridiana resulta menor que en otro tipo de penetración, y el famoso punto G resulta menos estimulado. Además, la prostituta (o la mujer) puede fácilmente desentenderse del cliente (del partenaire). No lo ve a los ojos, puede abstraerse de la situación, el contacto corporal es escaso. El cliente (el partenaire) no molesta demasiado.

Algunas mujeres sostienen que les resulta imposible llegar al orgasmo en un coito a tergo, “en cuatro”. Si bien este dato no podría generalizarse, resulta importante observarlo porque desmiente aquella escisión que Freud aceptaba – era y es muy popular–: existen dos grupos de mujeres, las clitoridianas y las vaginales6.

Touch, chat y prostitución. Mercado sexual

Si aun hiciera falta demostrar su existencia, el touch muestra que efectivamente existe un mercado sexual y que no es una metáfora hablar de él. Y esto por varias razones. En un plano psicológico, un touch ahorra desventuras, escenas venideras, reproches. Se pone a la altura de la actual ideología que circula sobre la sexualidad y la pareja. Alcanza el grado de libertad sexual del que cierto grupo social dispone. En un plano económico, el touch demuestra que hay una sobreabundancia de oferta. En cierta forma, actualmente lo único difícil de obtener es cariño, amor. El sexo abunda.

Por otra parte y concomitantemente, el chat se liga a la prostitución. Cualquiera puede chatear con cualquiera, sin mayores límites. Y se halla aquí una de las principales características de la prostitución. Por supuesto, el anonimato es otra. Y también lo provee la Red. El término “puta de Internet”, al que nos hemos referido en otro texto de esta serie, no ha resultado como fruto de la casualidad. Se halla profundamente motivado. (Su equivalente del lado masculino son los “piratas”, “bucaneros”, “fateros”, etc. Pero quizá todos estos apodos no hacen más que ocultar la prostitución masculina.)

Analidad e histeria. Para una tesis sobre Balzac. Objeto (las heces)

La descripción clásica de la histeria remite a valores orales y fálicos. De ahí, por ejemplo, el tema del asco en la histeria, o la cuestión de “la boca de abajo” (o viceversa, “la vagina de arriba”). Es mucho menos conocido, y ha sido menos abordado por el psicoanálisis, el tema auditivo. Asimismo, señalemos al pasar la importancia del pene fecal en la depresión histérica. En efecto, la fecalización del pene –cualquiera sea la contingencia histórica que haya llevado a ella en la vida de una histérica– produce una perdida del Ideal. Pero aquí nos ocuparemos de otro aspecto del objeto anal en la histeria, ligado a la expulsión de la histérica de situaciones triangulares. Se recordarán al respecto los dos triángulos que propone Lacan en el seminario IV cuando relee el caso Dora (La relation d’objet, Seuil, París, 1994, pp. 140 sq.).

                      Padre----Dora----Sra. K
                      Sr. K----Sra. K---Dora

Sobre la base de la segunda estructura se produce el pasaje al acto que sigue a la famosa declaración del lago, por así llamarle: “¡Mi mujer no es nada para mí!”, y la caída de Dora, su expulsión del lugar fálico que ocupaba, más allá de la Sra. K. En esta situación, Dora, como muchas otras histéricas, se ve deyectada de la situación como una mierda, si se nos permite la expresión.

Ahora bien, ¿cómo se recompone la triangulación? Una de las posibilidades es que el sujeto histérico se identifique, en un segundo momento, con el objeto anal, con el resto. En tal caso, y siempre en el terreno de las suposiciones, la triangulación podría restituirse con dos hombres, el marido y el amante, y puestos en planos diferentes: el objeto anal pasa así a ser causa. Ella, la histérica, identificada con el objeto anal, “caga” al marido, pero asimismo toma el lugar de la mujer del amante, a la que desplaza.

Se produce, pues, un nuevo y algo falso triángulo: una identificación con el objeto anal en la situación de “trampa”. Por otro lado, que estas mujeres se “regalen” y sean tan cuestionables en su conducta es lo que hace que las equivalencias simbólicas se encuentren perfectamente visibles.

En la clínica esta situación resulta relativamente frecuente, al punto de que uno se pregunta por qué razón una mujer con un matrimonio muy bueno, engaña al marido, sin motivos aparentes. Quizá solo para estar más allá de los hombres. Tal vez, únicamente para velar su ser. Tal vez lo que ocurre es que, fuera del circuito de intercambio simbólico, repiten en serie el pasaje al hombre. O quizá más simplemente porque debido a su propia ubicación respecto de la castración, puntualizar la equivalencia entre goce y semblant, las mujeres se hallan en una posición “naturalmente” engañosa, por no decir mentirosa.

Llegamos así a ciertas heroínas de Balzac, y a la tesis que Lacan enunciaba sobre el escritor francés: la mujer en la obra de Balzac es indefendible (puesta aparte Eugénie Grandet, decía el psicoanalista francés). (Cf. Lettres de l’École freudienne de Paris, n° 9, París, 1972, publicación interna de la EFP, esp. pp. 20-22.) Por otro lado, y retomando la idea que señalamos al pasar más arriba, lo que se fecaliza no es ya el pene, o el falo, sino la femineidad. La pregunta por el ser femenino, por la femineidad y su misterio, se resuelve en las heces.

La forclusión del amante. Inexistencia

Como si existiera una suerte de código nunca explicitado, un aprendizaje oculto, iniciático, toda mujer bien enseñada y bien aprendida va a negar a morir que haya tenido o tenga un amante. Este hecho, según creo, no solamente obedece a que mujeres y hombres se manejan con códigos distintos, hablan lenguas diferentes, sino al hecho de que el amante, para la mujer, se halla muchas veces ligado al incesto. Y no solo entra a tallar entonces la prohibición, también nos encontramos frente a hechos relativamente forclusivos. No es solo que se niega al amante, este no existe. De allí entonces la convicción con que se lo niega.

Todo esto se halla relativamente corroborado por el HIV, que no cambió los pactos de pareja, y que demuestra en cierta forma la fuerza de la infidelidad.

 

 

Notas


[1] Es curioso notar otro lugar donde se progresa y regresa: las “adolescentes” abuelas que intervienen activamente en los buscadores sexuales de Internet.
[2] D’un Autre à l’autre, Jacques Lacan, Seuil, París, 2006, p. 230. Para una referencia en sentido inverso, y en lo que atañe al hombre, respecto de la cita que reproducimos en el texto: “Que le –φ, c'est-à-dire l'organe, l'organe particulier dont je vous ai expliqué quelle est la contingence, je veux dire qu'il n'est nullement en lui-même nécessaire à l'accomplissement de la copulation sexuelle (…) L'organisme vivant fait ce qu'il peut de ce qui lui est donné d'organes et avec l'organe pénien, eh bien, on peut sans doute, mais on peut peu. En tout cas, il est tout à fait clair qu'il entre dans une certaine fonction, dans un rôle qui est un tout petit peu plus compliqué que celui de baiser, qui est ce que j'ai appelé l'autre jour, pour servir d'échantillon, pour faire l'accord entre la jouissance mâle et la jouissance femelle.” Cf. versión AFI del seminario XIII, L’objet de la psychanalyse, lección del 15 de junio de 1966, inédito.
[3] Lacan se expresa en esa lección del seminario XIII (cf. id., ibid.) en los siguientes términos: “C'est dans cette perspective qu'il conviendrait, par exemple, de s'interroger sur l'extraordinaire efficace quant à la révélation sexuelle, car ça existe, cet extraordinaire efficace sur beaucoup de femmes pour ne pas dire la femme, ça existe la femme, ça existe là-bas au niveau de l'objet a. L'extraordinaire valeur donc, pour cette opération, de ce qu'on appelle des hommes féminins. Leur succès ne fait absolument aucun doute.  On sait ça depuis toujours et puis ça se voit toujours. Qu'une femme qui a eu ce genre de mari, du type en or, taillé à la serpe, enfin le boucher de la belle bouchère, reencontré seulement un chanteur à voix et vous m'en direz des nouvelles.”
[4] D’un Autre…, op. cit., pp. 60-61.
[5] Ibid., p. 383.
[6] Si Lacan habló de la misoginia de Eurípides que vuelve en Claudel, hallamos aquí la que vuelve en Freud.

 



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