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Zapping III. A George Steiner25/03/2009- Por Carlos Faig - Realizar Consulta
Touch and go, El estándar y el porno, Las putas de Internet, son los títulos que propone el autor para abordar algunos de los nuevos fenómenos sexuales emergentes en una época marcada por el chat e Internet.
Reivindicación del touch and go. Una y otra vez mencionado en los medios, el touch terminó por popularizarse. Hoy, el término es moneda corriente. Pero lo que se nombra con ese vocablo inglés, al parecer según un uso local, existió siempre. Se lo llamó “fato”, sexo ocasional, deportivo, trampa, etc. Y dejamos aquí de lado una amplia tradición literaria: Las memorias de Casanova, El Decamerón, etc.
El touch and go, obviamente, es un toque. Un “toco y me voy para no volver” Una suerte de código, de enunciado no escrito, circula desde antaño: “Es una sola vez”. Este principio o postulado del touch aparece ahora de forma más desembozada, se hace público. Se lo acepta sin mayor demostración. Pero, ¿por qué el encuentro sexual no se repite?
Comencemos por las fantasías. La falta de repetición del acto -suponiendo con cierto esfuerzo que la primera vez no sea ya una repetición, por ejemplo, edípica- permite leer una variedad de ellas. La prostitución es una. Pero también el robo (de la virginidad, de lo que no se quiere entregar), y esto de ambos lados. Otra fantasía consiste en que se trató de una pequeña batalla, una escaramuza en la guerra de los sexos. Aun el crimen se hace presente como fantasía: no se verán más, están muertos; quizá ya estaban muertos antes de matarse. Asimismo, que el acto sexual se consumó de un solo lado (quién sabe cuál y mejor no preguntar). No hay entonces separación ni ausencia; otra fantasía. Y luego posibilidad de llamado, de demanda. Y por tanto no hay pérdida ni búsqueda. Pero, ¿qué deseo, qué orden de realización abastecen estas fantasías?
Sería exagerado decir que el touch realiza el acto sexual y que tanto como el suicidio no conoce fracaso. Es cierto, no obstante, que el touch hace lo suyo para impedir la inscripción del saber (el S2, para decirlo como los lacanianos). Las cosas quedan ligadas a un anonimato preservado hasta donde se puede o se quiere (sobre todo en las condiciones actuales, en los contactos por vía Internet).
También podría suponerse que el touch produce una serie en otro lado. Se extiende en el lado femenino (o masculino) y no sobre el objeto y a sus instancias. Así lo que se obtiene es sincrónico a pesar de hacer serie.
Todo esto, aunque pueda estar presente, no nos dice todavía qué se realiza (en el sentido de la realización de deseos) en un touch; solo aproxima la identificación. Veámoslo pues literalmente. Que se trate de una sola vez deja libres a los participantes. El vínculo, si lo hubo, se disuelve. Se realiza pues la libertad. El touch es homotópico a la ausencia de relación sexual (por sintomático que se lo piense). La recrea. Y la no-relación es el punto donde se juega en el ser hablante la función de la libertad. Sin la perforación fálica de la cadena significante, el sujeto sería infinitamente representado para otro significante. No tendría salida. El sexo, como se sabe desde siempre, es despertar. El trabajo de la pulsión consiste en instalar una presencia imposible en el Otro, limitarlo.
Concluyamos con una cita de Steiner: “El hombre y la mujer que han conocido el sexo en sus aspectos más variados y desinhibidos conservan el gusto de la libertad hasta el final. Una noche en París, cuando entré en C., oí la queda pero meteórica risa de la libertad misma. Esa risa sigue conmigo”1.
El estándar y el porno. En el cine triple X por regla general se encuentra una secuencia sexual típica. Al encuentro de los partenaires le sigue normalmente una fellatio, luego él devuelve o no la atención, y de allí se siguen varias posiciones, que siempre dejan bien visible la penetración (hasta el close-up), y al final el semen se visibiliza y remata la escena como un collar de perlas. El patrón es pues fálico. El cine porno es casi siempre fálico.
Frente a esto, y examinando en términos “didácticos” la cuestión, podríamos afirmar que el porno provee una idealización, una suerte de engaño, algo especioso. El sexo habitual es más torpe, menos gimnástico. Como en el final de Lolita de Nabokov -no es tan fácil matar a alguien, nos comenta el profesor-, trazando un paralelo con ese tortuoso y escalonado asesinato, podríamos afirmar que no es tan fácil coger. No es como tomar un vaso de agua. En el porno sobra naturalidad.
Por otro lado, y en tren de señalar diferencias, un coito corriente es más pegado, viscoso, los cuerpos yacen juntos, hay más carne en juego y menos contacto visual, la cópula no es tan visible. Una relación sexual entre “aficionados” es más trabajosa, supone más franela, tanteo y acuerdo y diálogo tónico. Lo invisible juega su parte. Además -para tomar solo un ejemplo-, los besos varían, muestran formas múltiples. Son al estilo francés y por fuera de la boca -los más comunes en el triple X, que han hecho escuela-, aunque sean prácticos durante los momentos de penetración profunda y rápida, los momentos más intensos del coito. Asimismo, el porno no muestra casi nunca el orgasmo femenino, la coincidencia de orgasmos, lo que se llama “clavar”, o cosas del estilo de “culear”, “comer la boca”, etc.
En cambio, no se podría reprochar al porno que no ponga en juego los cinco sentidos, como lo hace el coito -y es uno de los pocos casos, si no el único, donde se da está peculiaridad-. El porno no podría hacerlo, no dispone de medios.
No obstante todo este déficit “didáctico”, convengamos que si el coito puede tipificarse, si se puede llegar a obtener una secuencia estándar es porque el instrumento copulatorio lo permite. No se tipifica de casualidad. Nuevamente, el porno es en lo básico fálico, esto es: no genital.
Pero, en definitiva, el triple X no pretende enseñarle nada a nadie. Solo vende excitación. Vayamos pues al punto que nos interesa. En el acoplamiento se pierde el punto de vista. No solo los cuerpos no se dominan en una perspectiva sino que el yo de los participantes se pierde en la situación. Al menos, hasta donde la castración puede asumirse. Por eso (no solo por eso) los espejos. En cuanto nos identificamos al estilo del porno, ese lugar pulsional de la pérdida que nos sitúa, aquello que nos circundaba y se pierde, queda sustituido por la cámara, por la filmación. La cosa pulsional resulta evadida, eludida por una duplicación, una sobreimposición. La pantalla nos separa de la captura de la escena: si cogemos imitando al porno, nos vemos desde fuera de la situación. La sexualidad que se obtiene así es yoica. El porno es el sexo para todos.
“En el mundo desarrollado -escribe George Steiner-, con su corrosiva pornografía, incontables amantes, sobre todo entre los jóvenes, ´programan´ sus relaciones amorosas, conscientemente o no, con arreglo a unas líneas semióticas precocinadas. Lo que debería ser el más espontáneamente anárquico, individualmente exploratorio e inventivo de los encuentros humanos se ajusta, en gran medida, a un ´guión´ ” 2.
Descripción de las mal llamadas “putas de Internet”. El término “puta de Internet” proviene de la jerga generada por los usuarios de los buscadores de pareja, y es utilizado con frecuencia. No tiene relación ninguna con las páginas en que se ofrece sexo profesionalmente, por decirlo así, al estilo: “lasmejoresputasdeinternet”. No se trata de sexo pago. Está claro desde el principio que el dinero no hace a la cuestión. El término, pues, describe en primera instancia a un tipo de mujeres que buscan un contacto sexual ocasional, sin manifestar mayor inconveniente en ello y poniendo una buena cuota de actividad desde el inicio del chat en el buscador del que se trate. La existencia de un discurso más o menos armado -a poco andar, a veces en los primeros contactos por chat, ella deja saber que es una mina segura, que no tiene con quién, que a esta edad uno ya tiene experiencia, que en la guardia todos los médicos son gays, que no hay muchos hombres que digamos, etc.- con el que señalan claramente que “van al frente”, así como, en ocasiones y cuando los participantes ya están fuera del espacio virtual, el atuendo “de combate” ayudan a visualizarlas. Pero veamos en detalle, y más allá de la caracterización pública, en qué consiste este epíteto, y bajo qué condiciones podría llegar a existir como síndrome.
En general, puede sostenerse que se trata de mujeres obsesivas, o que, al menos, tienen un claro recurso a mecanismos obsesivos. La insatisfacción histérica también, es un hecho, provee su cuota, y las fantasías de prostitución y violación que sobrevuelan. Pero el chat, tal como está dispuesto en los buscadores, se presta más a la serie fálica, a la metonimia de objetos fálicos (los machos que se ofrecen tras los perfiles), que a la triangulación. Para triangular hay que realizar algún forzamiento. De todas maneras, sea como sea que se conforme este grupo, aquí nos ocuparemos de su parte obsesiva y aun de una depresión o una manía agregada a la neurosis obsesiva.
El aislamiento de la situación, tanto como de los afectos que podrían estar en juego paralelamente, es uno de los mecanismos obsesivos que se presentan, y sirve para sobrellevar la situación de “levante” sin mucho problema. Al mismo tiempo, pueden manifestar en el texto de presentación que forma parte del perfil que ellas proveen al buscador, cuando juegan el juego de esa manera, que buscan una pareja estable (es más raro que se presenten como mujeres casadas en busca de una aventura), o que su búsqueda está orientada a una relación más o menos firme. Quizá en efecto la búsqueda empezó en esa órbita, pero a poco andar se han acomodado, adaptado a otra situación: al carácter intercambiable del touch and go3. Buscan el amor, es lo que dicen: lo han perdido (buscan el propio, el que dadas las circunstancias en que se encuentran ya no tienen).
El mundo que descubren, que antes -según dicen- apenas habían vislumbrado, donde todo es sexo -desde el inicio del chat no se trata de otra cosa aunque se hable de cualquier cosa-, les permite estar en un pie de igualdad con los hombres. La democracia alcanza a la diferencia de los sexos. Es el “sexo socialdemócrata” al que alude repetidamente Houellebecq en la novela, por momentos demasiado cercana al ensayo, Las partículas elementales4. Algunas de ellas dicen que el mundo de los buscadores en Internet constituyó un acontecimiento que las afectó profundamente. Descubren el sexo como la trama del cuadro, como un revés poroso de la vida cotidiana. (¿Cómo imaginar un mundo sin sexo aunque sea unos instantes? Un cuadro sin envés, sin parte de atrás, bidimensional. Solo un filósofo podría darse a la tarea, hacerlo a conciencia.) Un revés que a veces suelen aproximar, sin argumentar demasiado pero por buenas razones, a la maternidad:
¡No sabés cómo cambia la sexualidad femenina con la maternidad!
Y con esto significan que no pueden evadirse de un hombre que las desea: son llamadas a satisfacerlo. En este sentido, la madre satisfactoria, proveedora, o la madre moribunda (se verá al pasar por qué), están presentes como figuras de fondo. Los lazos familiares (incestuosos) no desaparecen tan fácilmente, ni siquiera en el más puntual touch and go.
Pueden elegir partenaire y entrar y salir de distintas relaciones fácilmente. El mundo de los buscadores les permite ser como se supone que son los hombres, y, sin más, tener una conducta decididamente masculina. De tanto en tanto se confunden a sí mismas con prostitutas -y esto puede funcionar como una limitación, un tope a la seducción a la que están entregadas: se asustan-, y a veces son directamente tratadas como putas. Pero una prostituta está muy lejos de ser una aficionada al sexo y tiene al respecto una formación que sin exagerar podríamos considerar sólida. Al menos, no es el caso corriente que sea adicta al sexo. No obstante, la mirada masculina las ubica allí y esto genera alguna confusión, una identificación denegada. Concomitantemente, estas mujeres ignoran casi por completo el mundo de la prostitución -los hombres, por su parte, colaboran en esto: hablan poco del tema con ellas, puesto que no se considera que sea un arma que sirva al “levante”-. En los estándares habituales que se manejan en Buenos Aires, solo podrían entrar en la categoría de “veteranas” o “maduras”, que comienza alrededor de los treinta años, y hasta un poco antes (dada la expansión de los “privados” en los últimos años). Edad que ellas ya han sobrepasado largamente en muchos casos. Pero aun si se trata de mujeres jóvenes, entre los veinte y treinta años, el placer y la disposición con que enfrentan al partenaire en el coito las aleja por completo de la prostitución. No son mujeres, por ejemplo, que se imaginen que las prostitutas no suelen besar a sus clientes. Tampoco imaginan el carácter “expreso”, de “rapidito”, que comporta la práctica con prostitutas en muchos de sus niveles. La confusión -la propia y la que proviene del lado de los hombres-, pues, radica en una ecuación: si le gusta mucho coger es puta. No obstante todo esto, hay un punto donde la cosa gira en una órbita similar a la de la prostitución: el anonimato. Pero no es razón suficiente para despistarnos. Que el encuentro se produzca en esas condiciones obedece a que Internet ha anticipado, por diversas razones, lo que puede preverse (con las limitaciones del caso) como el futuro del sexo humano. La globalización del mercado comprende al ámbito sexual, y la familia es el obstáculo último -el último bastión que impide la constitución del sexo como lisa y llana mercancía- que la red permite saltear intermitentemente. El sexo deviene cosa de mercado. Por lo tanto, el anonimato de los participantes se debe sobre todo a la expansión del sujeto de la ciencia. Vivimos hoy la fase inicial de un sexo cartesiano. El capitalismo avanza sobre mercados en principio impensados. Baste observar, para situar el alcance de la cuestión, la dificultad de localización del goce en la representación: la satisfacción pulsional es presencia. Y lo que resuelve por tanto el lugar vacío del sujeto, la falta de significante, a través de la articulación fálica, es precisamente la localización de la presencia. De un lado y otro del monitor no hay, por ejemplo, cuerpo que haga obstáculo. En el aspecto sexual, Internet es una abertura que nos permite anticipar el paisaje futuro de una práctica sexual sin características psicológicas. (En cuanto a la prostitución masculina y sus fantasmas a lo que pone al hombre en juego en estos encuentros, sin embargo, el tema no parece tan claro.).
Otro mecanismo obsesivo en cuestión, retomando la descripción, es la firmeza con que estas mujeres avanzan a los hombres en Internet. Manifiestan una fuerte compulsión en el enlace, es decir, en el “levante”. En el mismo tenor se encuentra la duplicidad con que pueden situar los objetos. Los planos diferentes en que pueden sostenerlos. Y la duplicidad misma de su vida. De amas de casa, desde profesiones independientes, desde su empleo habitual, su familia, giran al mundo del sexo ocasional y más o menos deportivo.
Es relativamente común que el período de promiscuidad sexual, de adicción al sexo, haya sido precedido por una etapa de abstinencia de algunos años. Parece así constituirse el símil de un ciclo maníaco depresivo, que se agrega a una neurosis en la base. Asimismo, es común que las putas de Internet provengan de matrimonios de larga duración y tengan hijos grandes, independientes. Pero pueden señalarse diversos grupos de proveniencia, anteriores a la expansión de la red. El llamado “reviente” es uno de ellos; la existencia de lo que podríamos llamar la “ancienne combattante” constituye otro, y sin duda hay más.
En muchas de estas señoras se nota un dejo de tristeza en sus ojos. La mirada penetrante las inquieta. Cientos de ellas padecen problemas orgánicos más o menos serios, y una media docena de operaciones. Están, pues, literalmente marcadas. Han estado, a veces, cerca de la muerte. Y no es infrecuente encontrar que una parte del grupo de putas de Internet provenga de salas de guardia, o de lugares donde el contacto con la muerte es cotidiano. “Acabar” es así acabar por fin, acabar del todo. El orgasmo, la pequeña muerte, se liga como quería Freud con Tánatos.
Frente a Eros, podría sostenerse que han obtenido una abstracción: están enamoradas del amor. El partenaire, sustituible, marcado como típico, poco y nada particular, se esfuma tras un amor genérico. Pero, entonces, ¿dónde situar el equívoco? ¿Por dónde se instala el malentendido del sexo? Hay, sin duda, una reducción al género que elimina hasta cierto punto los condicionamientos de la elección de objeto. Ya hemos mencionado al respecto que se nos aproxima un sexo ajeno a la psicología. Sin embargo, según creo, el malentendido no desaparece. Si el internauta pudiera, lo correría a un lugar insólito: la computadora, desde entonces pulsionalizada5. Pero ni siquiera la sublimación parece arreglar el asunto puesto que la máquina, que se sepa, no ha perdido nada. Es cierto que el lugar vacío permite que la satisfacción se ubique, pero el goce es amboceptor. Frente al monitor, miles de internautas han quemado innumerables pizzas en el horno, y mesas con las colillas de cigarrillo, han dejado sonar el teléfono, han dejado de leer... Entrelazados a un fenómeno sexual nuevo, que no conoce antecedentes en la historia humana.
Una paráfrasis de Freud describe uno de los ingredientes de la situación estas mujeres tienen labios gruesos, senos voluminosos, o un físico privilegiado para la edad: la anatomía es el destino. Los hombres se han tirado encima de ellas durante toda su existencia. Lucen, para decirlo directamente, rasgos de “gato”. Algunos de ellos son naturales, otros prestados, y los hay que resultan de identificaciones con el deseo masculino. Se recordará que Freud sostenía que a partir de las marcas que han quedado en las mujeres puede restituirse la serie de sus amantes. Dejando de lado el hecho evidente de que podría decirse algo similar de los hombres, se impone una pregunta: ¿hay un momento de la vida en que la posibilidad de ser marcado por un amante se clausura? Inicialmente, llevamos las marcas que nuestros padres dejaron sobre nosotros, y de eso se ocupa el psicoanálisis. La constitución misma de las zonas erógenas depende de esas marcas. Pero, luego, está aquel o aquella que nos enseñó a acariciar la espalda del amante muy suavemente después del coito, a besar tiernamente antes de separarse, etc. Contemos, asimismo, a la primera novia, el primer amor, el desfloramiento. ¿Tiene esto un límite? Si la serie se completara se podría explicar un poco de qué estamos hablando: por qué se hace tan esquivo el amor ya no entonces por la edad, no se trata de la experiencia acumulada ni de los desengaños, y por qué, asimismo, el sexo no basta. Si la serie halla su límite, démosle otra vuelta, ¿esto tiene relación con la menopausia (real o metafórica)? ¿También son cuestiones concurrentes, si es que lo son, en el hombre?
Volvamos otra vez a nuestra descripción. El vino atrae a estas internautas. En general, lo prefieren. Son menos afectas a la bebida blanca o al champagne. Suelen usar algún anillo de la amistad, y no por casualidad.
En algunas de las integrantes de este grupo ha faltado desde siempre el recurso a la masturbación. No recuerdan períodos de masturbación clitoridiana o vaginal. Mucho menos anal. Esto, opinan, las liga casi directamente a un hombre para obtener placer. Raramente se encuentran etapas lésbicas. En tren de continuar la investigación, habría que suponer, según creo, que la masturbación, el autoerotismo han quedado ligados a la fase oral, al chupeteo; de donde, entonces, resulta un elemento que concurre con la adicción sexual. En una segunda hipótesis, la oralidad quizá absorbe la cuestión fálica y permite saltearla o esquivarla parcialmente (siguiendo, con alguna libertad, el modelo que Lacan proponía para dar cuenta de las adicciones6). La insatisfacción resultante de la confluencia pulsional explicaría la prosecución de la serie de amantes.
Suelen utilizar un lenguaje adolescente. Y se visten como tales. La competencia con las hijas mujeres, por supuesto, se agudiza, Pero esto, no obstante, es un problema más general y que afecta a distinto tipo de mujeres.
Cuando consiguen ligar con un partenaire que excede el touch, no lo celan. El hecho de que los celos no se manifiesten dice mucho. No hay posibilidad de proyectar sobre la pareja lo que no se tiene ningún impedimento en hacer; y el componente homosexual en estas mujeres es casi nulo.
En la medida en que disponen de un gran training sexual, la queja y los comentarios que suelen hacer sobre los hombres que les han tocado es que son “básicos”, es decir, son de una o dos posiciones, besan más o menos, no se ocupan mucho de ellas, y eyaculan rápido. Mayormente, dirían estas internautas, practican “polvitos cristianos”. Los hombres hablan de fútbol o cine, política quizá, y alguna cosita más. Si el examen se extiende al entretiempo, en los casos en que lo hay, la nota es pésima. Pero además suelen manejar una tipología de los “masculinos” bastante refinada y certera. Y son capaces de sacar la “ficha” de un hombre en un rato.
Por regla general, son mujeres mentirosas más allá de la “trampa” y sin caer en la mitomanía. El hecho de provenir de largos matrimonios, donde el interés se había perdido, y posteriormente de haber tenido relaciones breves, las perjudica notablemente cuando tienen que mentir a una pareja estable para sostener una situación que las compromete. Han perdido en buena medida la capacidad de estar en pareja, de apreciar el grado de compenetración del partenaire en la situación y su capacidad de empatía. Frente a esto, el recurso más común, o uno de los más comunes, es tapar una cosa con otra. Otro rasgo obsesivo se halla aquí. Si han estado con un hombre a la tarde, están a la noche con la pareja. Cursan una cosa sobre otra, sobreimprimen. Proporcionan una respuesta antes de que se les haya inquirido. Pero también omiten, producen lagunas, se anticipan a las preguntas molestas, y utilizan todo el arsenal conocido. Con el aislamiento que hemos mencionado antes y la anticipación hallamos dos mecanismos obsesivos típicos, que derivan, como se sabe, de las propiedades de la imagen especular.
En los casos de adicción sexual más agudos sucede a veces que sueñan que están copulando y emiten gemidos de placer. Algunas de estas mujeres manifiestan que basta que un hombre las toque para excitarse. Se encuentran decididamente expuestas al deseo masculino, abiertas.
Si tomamos el grupo de mujeres mayores de cincuenta años, a la sequedad vaginal propia de la menopausia y los cambios hormonales que se producen se agrega en ocasiones una sequedad “lacrimal” artificial, ajena a todos los síndromes conocidos que comportan ese síntoma, por decirlo así. Son mujeres que no lloran fácilmente. Muy golpeadas y frustradas, ya no esperan mucho. No se quiebran. Apenas tropiezan. Y cuando esperan algo, para no enamorarse, preparándose para el golpe, se entregan a “coitos preventivos”, profilácticos. Antes de encontrarse con la pareja en los períodos en que disponen de una pareja relativamente estable, realizan un touch y se liberan, se retraen de la carga afectiva. Pero en el caso de que esto no ocurra de esta forma, cuando el partenaire amenaza la existencia de la adicción sexual, suelen aparecer ataques firmes al vínculo, discursos dirigidos al partenaire que parecen provenir de una drogadicta. Pero el partenaire, para decirlo directamente, ya está semidevastado desde el inicio. Se trata de una pareja flou, desdibujada. El amor ha devenido una cuestión abstracta, en el sentido jurídico.
Algunas de estas mujeres son muy musicales. Jamás pondrían en un hotel una película triple X, y suelen ignorarla si es el hombre quien la sintoniza. Manifiestan que el porno les quita todas las ganas de coger. La música, en cambio, las llama, y la ponen en equipos o en los canales de audio que proveen los hoteles. Pero, además, ellas, como casi todas las mujeres, son en sí mismas musicales, rítmicas, y a veces esto remite como fondo lejano durante el coito a una suerte de acunamiento. La relación sexual transcurre entonces a lo largo de un canto entrecortado de gemidos, del ritmo de las cadencias y los suspiros7.
En un caso, no sé qué generalidad podría conferírsele, la mujer solo llegaba al orgasmo cuando estaba arriba del hombre, casi inmovilizándolo, no exactamente cabalgándolo, sino moviendo frenéticamente sus caderas atrás y adelante, con el partenaire prácticamente inmovilizado. Esto habla de fantasías de dominio, ligeramente sadomasoquistas, e, incluso, de un punto donde el goce vaginal y el clitoridiano se fusionan, en parte mediante la incorporación fantaseada del pene. Asimismo, durante los preliminares, incluso durante el acto sexual, solía pedir al hombre que cerrara los labios para besarlo a placer. Y, al parecer sabía cómo hacerlo. Quizá la puta de Internet participa de la categoría de “existencia equivocada”, puesto que en cierta forma es una maestra frustrada.
En una ocasión escuché el siguiente diálogo:
Hasta ahora en Internet solo me encontré con minas que me enseñaron. Espero poder encontrar alguna a la que yo pueda enseñarle algo.
Cuando Schopenhauer se pregunta para qué estamos en este mundo, responde: “Para aprender algo”. ¡Date por contento!
Como Sócrates, sabemos todo a través de Diótima.
Se trata de mujeres, para decirlo brevemente, a las que la trampa las seduce. Incluso no son del todo ajenas a “la gauchita”, sujetas como están a la satisfacción masculina. No nos encontramos meramente frente a un carpe diem. Y si se trata de mujeres obsesivas, hay que suponer una escena primaria compuesta por dos figuras fálicas que no se interpenetran. Pero que haciendo trampa copulan. Dicho de otro modo, la trampa es un desplazamiento activo, subjetivo (da lugar al sujeto, hasta allí tomado como objeto por el coito parental), de la escena primaria. Y por eso manifiestan tanta dificultad en confesarla llegado el caso frente a sus amantes. La trampa se liga a fantasías inconscientes muy profundas. No obstante esto, hay que atender también al carácter decididamente forclusivo que adquiere el amante en la sexualidad femenina (un tema sorprendente, y que el psicoanálisis ha descuidado). Que el amante (aquel que da lo que no tiene: el ser, el falo, es decir, está muerto o castrado8) se ubique en estos términos lo predispone a la forclusión, a la inexistencia. Hay, en ciertos casos, un encarnizamiento en no reconocerlo, como si se tratara de un principio del mundo femenino que no puede vulnerarse.
Asimismo, existe un componente narcisístico importante en juego. El hecho de que puedan obtener hombres jóvenes, bastante más jóvenes que ellas, les permite abastecer una situación freudiana, parecida a la descrita en relación con la homosexualidad masculina. Ellas aman a la amante que fueron en brazos de su marido o su amante de entonces, cuando fueron jóvenes, aman esa imagen que el “pendex” les recrea. El coito que se produce así es marcadamente narcisista y podría oponérsele un coito genital, que obtienen en otras circunstancias. La mujer busca allí más una imagen perdida, su juventud, que el orgasmo. La facilidad, a la que aludimos antes, con la que hallan hombres más jóvenes es notable. Es que el chat lo propicia. Cuando se realiza un encuentro entre una mujer mayor y un hombre relativamente joven, las cosas están claras desde el principio. No se trata de otra cosa.
Vayamos ahora al punto en cuestión: estas mujeres, permítasenos suponerlo, se caracterizan por un déficit del autoerotismo y una incapacidad de enamorarse. Y tal vez todo el secreto de la puta de Internet radique allí. ¿Qué relación existe entre estos datos? Quizá, un malentendido: buscan consuelo y encuentran sexo. No pudiendo darse autoconsuelo, incapaces de dárselos a sí mismas, lo buscan en el partenaire. Pero lo que terminan hallando es sexo. El amor, y no es la situación normal, se ubica entonces más allá del sexo. Y por eso está tan en juego la sexualidad (que queda relativamente formulada en la demanda). Tanta búsqueda e insatisfacción, tanta frustración. Por supuesto, esta línea confluye con la búsqueda de su propia imagen en brazos del amante. Y en el horizonte se instala el ideal de un coito que liquide la soledad y el sufrimiento, una suerte de coito formal, asexual, una osmosis amorosa.
No obstante, convengamos en que el autoerotismo siempre es complicado en la mujer; no toleran la masturbación tan fácilmente como los hombres.
Pero vos no sos una más, no sos cualquiera.
”Yo soy cualquiera” replicaba una puta de Internet a un ocasional partenaire que insistía en no usar preservativo. Y agregaba, cuando me contaba la situación que había vivido en el hotel, que con los hombres era una suerte de erizo, “sacaba las púas”. Les contaba poco y nada de su historia, cuidaba los códigos. Y tenía sus razones.
Vos sos otra puta de Internet le había espetado un señor, el revés simétrico del anterior, al salir de un hotel alojamiento.
Las putas de Internet, y ya mencionamos la confusión con la prostitución (“ser una cualquiera”), son sustituibles. Y este hecho es ampliamente asumido. El revés es un tedioso trabajo de fichaje, de casting, mediante el cual seleccionan a sus parejas. La otra cara de una combinatoria mediante la que se aseguran que no haya días libres. Se pone freno así a la depresión que se avecina en la falta.
-Vengo porque me ocurrió algo terrible. Estuve con un tipo con el que ya había estado. Él me decía: “¡Pero no te acordás de mí!” Es porque lo mío es compulsivo, contaba una mujer en su primera entrevista.
La amante de Internet apaga el cigarrillo separando la brasa del filtro. No se ocupa de la brasa, que queda suelta y terminará de consumirse librada a sí misma.
Notas
1. George Steiner, “ Los idiomas de Eros”, en Los libros que nunca he escrito, FCE, Buenos Aires, 2008, pp. 103-104.
2. Ibid., pp. 79-80.
3. ¿Qué pasa en el encuentro sexual, aun en un puntual y evanescente touch? Es tan difícil responder a esto como establecer qué fue lo que pasó en la infancia. Nunca vamos a terminar de saber lo que se jugó en esos años. La infancia es cantoriana, supera ampliamente al conjunto infinito de la vida. ¿Qué pasó en un matrimonio de veinte años que se disuelve? Cuando los cónyuges se separan, se desconocen: “¿Con quién estuve? ¿Por qué todo este tiempo?” La pareja sexual, el apareamiento, consume la infancia, la subsume y la trasciende. Es otro orden de Aleph. El encuentro sexual es el lugar de precipitación y cristalización de la estructura. Si se leen los “Tres ensayos y La organización genital infantil” no puede extraerse otra consecuencia: nuestro desempeño sexual, nuestra capacidad de gozar resume todo. Formulemos todavía otra hipótesis: el punto donde se detiene el desarrollo sexual de una pareja (hasta dónde llegan en sus prácticas, hasta dónde experimentan y se atreven) es el equivalente de la represión sexual infantil y su cierre, su clôture, en la pubertad. Encontramos así un límite que se repite e intercambia. Esto supone entonces, y si es posible ir más lejos, dos niveles de acceso al sexo. Existe una suerte de segunda iniciación, un desvirgamiento un “didáctico” largo y trabajoso, una flexión del “avivarse” más allá de la tipificación del acto sexual que instala e impone el falo que según el grado de neurosis no resulta asequible. Non liquet omnibus adire Corinthum, se ha dicho.
4. Michel Houellebecq, Las partículas elementales, Anagrama, Barcelona, 1999.
5. Cf. el documentado texto de Gabriel Lombardi, Clínica y lógica de la autorreferencia, Buenos Aires, Letra Viva, 2008, pp. 147 sq. Lombardi desarrolla el tema del sexo de la máquina en las discusiones científicas que están en el origen de la programación de la inteligencia artificial, en relación con Alan Turing.
6. J. Lacan,”Séance de clôture” en Lettres de l’École freudienne de Paris, nº 18, París, 1976, p. 268.
7. En cuanto a la estructura semántica de la sexualidad y su relación con ritmos y cadencias, cf. Los idiomas de Eros, op. cit., pp. 77-107.
8. J. Lacan Écrits, Seuil, París, 1966, p. 733.
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