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El sujeto entre Althusser, Foucault y Lacan20/09/2026- Por Joaquín Cardoso -
En una era de empuje a la homogenización, la dimensión del sujeto queda aplastada. El autor aborda esta noción desde tres perspectivas: Althusser, Foucault y Lacan. Si para este último, el sujeto es efecto de una identificación significante, el texto advierte que no puede reducirse a las identificaciones, a la representación ideológica ni a las formas históricas de la subjetivación. Por el contrario, sitúa el lugar donde un resto, haciendo división, puede abrir el campo posible a la pregunta.
Giorgio de Chirico, “Héctor y Andrómaca” (1917)*.
Nada “va de suyo” si hablamos de sujeto. Depende el marco donde nos orientemos diferente será la respuesta. Muchas veces, la riqueza del concepto obedece a las singularidades de los autores. En el escabroso sendero que ofrecen los imperativos de autoayuda, la virtualización del lazo social y la oferta de “goce” que el mercado provee para la satisfacción permanente (satisfacción insatisfecha, que se dirige al plus-de-sed-de-gozar[1])… lo que se encuentra ausente es la dimensión de sujeto.
Introducción
Anteriormente hemos desenvuelto un punto de vista sobre la llamada educación emocional y los aspectos legales y pedagógicos que sustenta[2]. A la vez, notamos cómo apoyándose en literatura psicológica, dialoga armónicamente con una época que hace del todos-lo-mismo una ideología que encubre las singularidades, por no decir que las ocluye. Es decir, que eufemísticamente apoyados en la singularidad de las redes algorítmicas (por caso), el sujeto está aplastado por un discurso epocal con empuje a lo homogéneo.
Por esto mismo, y aún a riesgo de cierto escolasticismo anacrónico, brevemente abordaremos tres orientaciones para pensar la cuestión del sujeto, vinculadas por los nombres de quienes sustentaron las posiciones determinadas: Louis Althusser, Michel Foucault y Jacques Lacan. Nos mueve para la tarea que pensamos que recuperar teóricamente algunas de estas concepciones, puede abonar a una orientación que retome lo que resta de la fertilidad de una época donde estas teorizaciones pensaban un más allá del discurso común[3].
La polisemia reafirmada
La cantidad de veces que se dice sujeto y la cantidad de veces en las que advertimos la genealogía de sus configuraciones conceptuales parece ser inversamente proporcional. No es lo mismo el sujeto de la filosofía, el sujeto jurídico, el sujeto económico, el sujeto de la psicología o el sujeto del psicoanálisis[4]. La misma palabra, entonces, lejos de garantizar una continuidad conceptual, puede funcionar como una trampa de familiaridad.
Para la filosofía heredera del siglo de las Luces, el sujeto portaba todavía la dualidad cartesiana que lo diferencia del objeto, a la vez que circulaba como unidad esencial, o esencializada por determinadas lecturas. El problema de la unidad y de la conciencia encontrará en Hegel una torsión decisiva: el sujeto ya no podrá pensarse simplemente como una interioridad autosuficiente, sino en relaciones que lo constituyen. No se trata aquí de reconstruir la historia filosófica del concepto, sino de señalar que el sujeto nunca fue una evidencia pacífica.
Con el estructuralismo, en sus distintas vertientes, el sujeto deja de ser pensado como el agente soberano de la acción. Subject, en inglés, conserva incluso en su polisemia algo de esa doble condición: quien actúa y quien está sometido. En la perspectiva estructural, la cuestión se desplaza entonces del sujeto como fundamento hacia las estructuras, relaciones y sistemas simbólicos que hacen posible que algo como un sujeto aparezca.
Es justamente allí donde la torsión lacaniana adquiere su particular fuerza. No porque Lacan simplemente “elimine” al sujeto, sino porque conserva el término para vaciarlo de la sustancia que la tradición le había adjudicado. El sujeto lacaniano no es una unidad que precede al lenguaje y luego se expresa mediante él. Es, antes bien, un efecto de la articulación significante. De ahí la conocida formulación según la cual un significante representa al sujeto para otro significante (1961-1962, Sem IX).
La diferencia no es menor. Si el sujeto es efecto, no puede ser al mismo tiempo origen absoluto de aquello que lo determina. El sujeto aparece en la cadena y, precisamente por aparecer allí, no coincide con ella. Es esa distancia la que permite hablar de división.
En 1953, en el “Discurso de Roma”, Lacan había formulado ya una perspectiva que impide reducir el análisis a una psicología individual: “la dialéctica no es individual” y la cuestión de la terminación del análisis concierne al momento en que la satisfacción del sujeto puede realizarse en la satisfacción de aquellos con quienes se asocia en una obra humana. La cita resulta significativa porque muestra que el sujeto nunca fue pensado como una mónada aislada. El Otro, el lenguaje y el lazo están allí desde el comienzo.
Por eso el sujeto desde aquí se encuentra tan lejos de las concepciones conductuales en las que la unidad parece coincidir con el ser. Allí donde se supone una correspondencia estable entre individuo, conducta e identidad, el psicoanálisis introduce una incomodidad: quien habla no sabe enteramente lo que dice, y quien dice “yo” no consigue por ese solo acto reunir todas las determinaciones que lo atraviesan.
Esta cuestión permite volver a los otros dos nombres que orientan el recorrido. Althusser, Foucault… y Lacan comparten el gesto de retirar al sujeto del lugar de origen, pero no lo hacen del mismo modo. En Althusser, el individuo es constituido como sujeto mediante la ideología y los aparatos ideológicos; en Foucault, los seres humanos son objetivados y subjetivados mediante relaciones de saber, poder y prácticas; en Lacan, el sujeto es efecto de la articulación significante y de una división que ninguna identificación consigue suturar.
La diferencia entre estas posiciones resulta especialmente relevante en una época en la que “sujeto” puede convertirse nuevamente en una palabra de consumo. El individuo contemporáneo es convocado permanentemente a narrarse, conocerse, mejorarse, mostrarse y optimizarse. El imperativo parece ser el de producir una identidad suficientemente consistente para ser reconocida, medida y eventualmente comercializada. Allí donde el discurso contemporáneo habla de singularidad, puede encontrarse precisamente una nueva forma de homogeneización.
No es casual que, pasado ya un cuarto del siglo XXI, el dato, el perfil, la emoción cuantificada y el gadget aparezcan como sustitutos privilegiados de aquello que no puede ser completamente capturado. El problema no consiste simplemente en denunciar el individualismo. Es más preciso preguntar qué ocurre cuando la categoría de individuo ocupa todo el espacio que alguna vez podía abrir la categoría de sujeto.
Althusser: sujeción ideológica y aparato
En Althusser, la cuestión del sujeto es inseparable de una reformulación de la ideología. En Sobre la reproducción, la ideología no aparece como un conjunto de ideas falsas alojadas en la conciencia, sino como algo que existe materialmente en prácticas, rituales, instituciones y aparatos (Althusser, 2015).
La distinción entre aparatos represivos del Estado y aparatos ideológicos del Estado es central: los primeros funcionan predominantemente mediante la fuerza; los segundos, mediante la ideología. No son mundos absolutamente separados, y lo ideológico no equivale a ideas sin soporte material.
Familia, escuela, Iglesia, medios e instituciones políticas participan en prácticas que reproducen relaciones sociales. La escuela no transmite únicamente conocimientos: organiza tiempos, jerarquías, disposiciones y formas de reconocimiento, contribuyendo a reproducir posiciones y competencias. La ideología es eficaz, precisamente, cuando no se presenta como tal. Por eso no debe confundirse con una representación simplemente falsa: una institución o práctica puede funcionar ideológicamente en determinados aspectos y no en otros (Hall, 1982; Eagleton, 1997).
La tesis althusseriana según la cual la ideología interpela a los individuos en tanto sujetos contiene una paradoja: el individuo parece existir antes del llamado, pero la interpelación lo constituye como sujeto. El ejemplo del policía que grita “¡Eh, usted!” muestra que, al volverse, el individuo reconoce que el llamado se dirige a él y se reconoce en esa posición. La interpelación no sólo transmite una orden; produce la posición desde la cual puede ser recibida.
Althusser vincula esta estructura con el inconsciente y sostiene que la ideología es eterna. Su materialismo no parte de un Sujeto ‒Dios, el Hombre o el proletariado‒, sino de un proceso sin sujeto que domina el orden de su desarrollo sin un fin asignable (Althusser, 1988). El sujeto es efecto de la ideología y de las relaciones sociales, aunque no un mero soporte pasivo. Esta proximidad con Lacan es fecunda, pero no debe borrar la diferencia: en Althusser predomina el problema materialista y político; en Lacan, el significante y la división subjetiva.
Foucault: genealogía de un sujeto disciplinario
Foucault afirma que sus investigaciones no buscaban estudiar simplemente el poder, sino producir una historia de los modos mediante los cuales los seres humanos son constituidos como sujetos (Foucault, 1983). El problema se desplaza de los aparatos a las prácticas concretas que objetivan, clasifican, examinan y conducen. El sujeto aparece en el cruce entre saber y poder. Foucault distingue la objetivación del sujeto hablante, del sujeto productivo y del ser vivo; no son sólo campos académicos, sino modos históricos de producir objetos de conocimiento y posiciones subjetivas.
El poder no es una sustancia que alguien posee: se ejerce sobre sujetos libres, capaces de actuar de otro modo. Actúa sobre las acciones de los otros, conduce conductas y organiza posibilidades. Por eso no equivale a la violencia, que puede cerrar una posibilidad. Tampoco se concentra únicamente en el Estado: está arraigado en el nexo social y se observa en procedimientos, clasificaciones, técnicas e instituciones cotidianas.
El Estado moderno es a la vez totalizador e individualizante: integra poblaciones e identifica, registra y examina individuos. Así, el individuo contemporáneo no sólo se libera de antiguas comunidades; también es producido por mecanismos que lo hacen responsable de sí mismo.
La crítica foucaultiana de la pregunta “¿quiénes somos?” propone no descubrir una identidad verdadera, sino imaginar qué podríamos llegar a ser. Como el poder existe en la acción, también deja lugar a la resistencia. Sin embargo, surge una dificultad: si toda subjetividad es efecto del poder, ¿desde dónde se resiste? Eagleton señala que una concepción tan omnipresente puede hacer perder al concepto de ideología su capacidad distintiva y dejar sin respuesta quién resiste (Eagleton, 1997).
En ¿Qué es un autor? (1969)[5], Foucault radicaliza la operación: el sujeto no es fundamento del discurso, sino una función variable y compleja de éste. Su cercanía con Althusser reside en rechazar el sujeto como origen; su diferencia: en elaborar una genealogía histórica de las formas de subjetivación y una analítica del poder no reducible a un aparato central.
También se distancia de Lacan: mientras el psicoanálisis busca la estructura del sujeto dividido por el significante, Foucault se ocupa prioritariamente de las prácticas históricas qué hacen posibles determinadas formas de subjetividad.
Lacan: del sujeto por fin cuestionado
Que un saber no sea científico no significa que sea independiente de la ciencia. Y esta afirmación resulta necesaria para abordar el estatuto particular del sujeto lacaniano. Lacan no recupera al sujeto clásico después de que el estructuralismo lo hubiera cuestionado. Hace algo más incómodo: conserva su nombre para señalar una división que impide que el sujeto coincida consigo mismo.
Quizá por eso el término “sujeto” resulte tan resistente a desaparecer. Juan Molina ha señalado, desde el título mismo de Ser lacaniano, la persistencia de una cierta inercia conceptual alrededor de las palabras lacanianas. El problema consiste en que podemos seguir utilizando “sujeto” y creer que sabemos de qué hablamos cuando, precisamente, Lacan ha modificado radicalmente aquello que esa palabra podía querer decir.
Leer a Lacan retrospectivamente supone, además, un ejercicio inevitablemente a posteriori. Como él mismo enseña en relación con la lectura de Freud, comentar un texto es hacer algo semejante a un análisis: recortar, puntuar, acompañar un decir hasta un límite en el que aparece algo que no estaba disponible al comienzo. No se trata entonces de encontrar “la definición” lacaniana del sujeto, sino de seguir sus desplazamientos.
El primer desplazamiento decisivo consiste en abandonar la idea de una unidad subjetiva originaria. El sujeto no es una identidad primera que luego resulta fragmentada por el lenguaje. Es el lenguaje el que introduce la división. La unidad del yo es secundaria, imaginaria y necesaria; pero precisamente por eso no coincide con el sujeto del inconsciente.
El estadio del espejo constituye un punto privilegiado para comprender esta operación. El niño anticipa en una imagen una unidad corporal que todavía no posee plenamente. La imagen ofrece una forma de totalidad allí donde la experiencia corporal es todavía fragmentaria. Pero esa unidad es también una alienación: el sujeto se reconoce en una imagen exterior. El “yo” se constituye, así, en una relación con otro.
La consecuencia para la noción de sujeto es decisiva. El sujeto se representa a sí mismo como “yo”, como unidad, como aquel que habla. Pero esa representación no agota aquello que el psicoanálisis llama sujeto. La falta-en-ser no es un accidente que sobreviene a una identidad ya constituida: es efecto de la entrada en el lenguaje.
Por eso Lacan puede afirmar, en “La ciencia y la verdad”, que el sujeto sobre el que opera el psicoanálisis es el sujeto de la ciencia (1966). No significa que psicoanálisis y ciencia sean equivalentes, sino que el sujeto del psicoanálisis sólo aparece históricamente en las condiciones inauguradas por la ciencia moderna. El sujeto cartesiano y el sujeto del inconsciente mantienen una relación paradójica: el segundo no sería pensable sin el primero, pero tampoco coincide con él.
Descartes coloca la certeza del cogito en el pensamiento y encuentra en Dios un garante de la verdad. Lacan, en cambio, lleva la cuestión hacia un sujeto que no puede garantizarse a sí mismo. Allí donde el “yo pienso” pretende fundar una certeza, el inconsciente introduce una división entre lo que se dice y lo que se sabe que se dice.
De allí que la verdad pueda aparecer como síntoma. No se trata de una verdad almacenada en algún lugar esperando ser descubierta, sino de aquello que irrumpe allí donde el saber consciente no alcanza a dominar lo que ocurre. La verdad, para el psicoanálisis, no coincide con un saber completo.
“Nadie vio un electrón. Nadie vio a un sujeto”, recuerda Carmen González Táboas en una formulación que resulta especialmente apropiada para este punto (2008). El sujeto no es un objeto empírico. No se lo encuentra como se encuentra un organismo, una conducta o un dato. Irrumpe como efecto.
De allí la potencia de pensar el sujeto como una nada, siguiendo la formulación de Rey-Flaud: no una nada equivalente a inexistencia, sino una nada capaz de precipitar un efecto. El sujeto aparece fugazmente, como aquello que se produce cuando algo del decir no consigue cerrarse sobre sí mismo (Rey-Flaud, 1996).
Esto permite comprender la diferencia respecto de Althusser. La interpelación althusseriana constituye al individuo como sujeto mediante el reconocimiento ideológico. Lacan puede servirse de una estructura semejante, pero el resultado no es un sujeto plenamente instalado en una posición. El significante que representa al sujeto también lo divide. Allí donde Althusser puede preguntar cómo los individuos son transformados en sujetos ideológicos, Lacan introduce la pregunta por aquello que, en esa transformación, no consigue quedar completamente representado.
También respecto de Foucault la diferencia es significativa. Foucault muestra cómo determinadas prácticas producen sujetos históricos, cómo el saber y el poder los objetivan y cómo las relaciones de poder atraviesan sus modos de existencia. Lacan no niega esa dimensión, pero señala algo que no queda reducido a la historia de las formas de subjetivación: un sujeto que emerge en la articulación significante y que, por ello, no puede ser completamente identificado con ninguna de las posiciones sociales que ocupa.
El parlêtre llevará esta operación un paso más lejos. Lacan no escribe être parlant, “ser que habla”, sino parlêtre. La torsión importa: el hablar no es una propiedad accidental del ser. El ser hablante está constituido por aquello que habla en él. Por eso el sujeto del inconsciente no puede integrarse a la concepción de individuo. Hay algo que habla allí donde el yo no sabe que habla.
Esto permite regresar, finalmente, al punto de partida.
Si el mercado contemporáneo convoca al yo a narrarse, mostrarse y optimizarse permanentemente, la cuestión del sujeto aparece precisamente en el lugar donde esa narración no consigue cerrarse. La proliferación de dispositivos digitales, perfiles, métricas y formas de exposición puede producir una extraordinaria inflación del “yo” sin que ello implique una expansión equivalente de la subjetividad.
Pero una cosa es el usuario y otra el sujeto. Una cosa es el perfil y otra aquello que hace que alguien pueda no coincidir enteramente con el perfil que lo representa. Una cosa es la singularidad estadística que un algoritmo puede extraer de un conjunto de datos y otra la singularidad subjetiva que no se deja reducir a una serie de atributos.
Quizá allí se encuentre uno de los problemas decisivos de nuestro presente. La época no necesariamente elimina al sujeto. Puede hacer algo más sofisticado: hablar permanentemente de él mientras reduce su espesor. Se habla de autonomía, bienestar, identidad, emociones, preferencias, elecciones y singularidad, mientras los dispositivos destinados a conocer al individuo producen cada vez más representaciones precisas de aquello que supuestamente lo define.
En los tres casos, entonces, el sujeto deja de ser fundamento. Pero sólo en Lacan esa caída conduce a una dimensión clínica: aquello que no coincide consigo mismo puede hablar. Y puede hablar precisamente porque no sabe enteramente lo que dice.
Tal vez por eso recuperar el sujeto hoy no consista en devolverle al individuo una interioridad que supuestamente habría perdido. Sería demasiado poco. Tampoco consiste en restituir una identidad verdadera detrás de las identificaciones. Sería, incluso, contradictorio con lo que estos autores enseñan.
Recuperar el sujeto puede significar, más modestamente, volver a abrir el lugar donde un individuo no coincide con el conjunto de determinaciones que lo describen. Allí donde el dato dice quién es, allí donde el algoritmo anticipa qué quiere, allí donde el discurso terapéutico le indica cómo debe sentirse y allí donde el mercado ofrece el objeto adecuado para completar su satisfacción, puede quedar todavía un resto.
Ese resto no es una esencia escondida. Es una división. Y precisamente por eso puede ser el lugar de una pregunta.
En definitiva, el objeto del que se trata no es el lenguaje sino el vacío abierto por su articulación.
Bibliografía referida
Althusser, L (1988). “Filosofía y marxismo: Entrevista con Fernanda Navarro”. Siglo XXI.
Althusser, L (2015). Sobre la reproducción. Madrid: Akal.
Bruno, P (2012). Lacan pasador de Marx. La invención del síntoma. Barcelona: S&P.
Eagleton, T (1997). Ideología. Una introducción. México: Paidós.
Foucault, M (1969). “¿Qué es un autor?” Conferencia del 22 de febrero de 1969, en la Sociedad Francesa de Filosofía. Trad. Corina Yturbe.
Foucault, M (1988). “¿El sujeto y el poder”. Entrevista de Revista Mexicana de Sociología, Vol. 50, No. 3.
González Táboas, C. (2008). Querida María. Cuando el psicoanálisis no es un sueño. Buenos Aires: Grama.
Hall, S. (1997). “’El redescubrimiento de la ‘ideología’: el retorno de lo reprimido en los estudios de los medios”. Sin garantías. Trayectorias y problemáticas en estudios culturales. Popayán-Lima-Quito: Envión Editores-IEP- Instituto Pensar-Universidad Andina Simón Bolívar.
Lacan, J. (1953). “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” (Informe del Congreso de Roma 1953). Escritos 1. Buenos Aires: Siglo XXI, 1988.
Lacan, J. (1961-1962). El seminario, libro 9: La identificación.
Lacan, J. (1966). “La ciencia y la verdad”. Escritos 1. Buenos Aires: Siglo XXI, 1988.
Molina, J (2018). Ser lacanianos y otros ensayos. Buenos Aires: Letra Viva.
Peusner, P (2009). “¿Qué importa quién habla? El encuentro entre Lacan y Foucault que dio origen a los cuatro discursos”. Conferencia en el Foro Analítico del Río de la Plata, Buenos Aires.
Rey-Flaud, H. (1996). Elogio de la nada. Buenos Aires: Paidós.
Nota: el presente material se corresponde con desarrollos del curso denominado “Tres perspectivas sobre el sujeto” dictado junto a Fernando Ramírez en abril de 2026. Informes: tecnologiaysubjetividad@gmail.com
Arte*:
Giorgio de Chirico (1888-1978) fue un destacado pintor italiano. Es reconocido entre otras cosas por haber fundado el movimiento artístico pintura metafísica.
[1] La expresión se encuentra desarrollada en Bruno, P (2012). Lacan pasador de Mar. La invención del síntoma, p.400 y ss.
[2] Nos referimos al artículo “La ficción psicologizante de la educación emocional”. En línea: https://www.elsigma.com/educacion/la-ficcion-psicologizante-de-la-educacion-emocional-apuntes-para-un-posible-debate/14710
[3] Otra genealogía probable, aunque más orientada al campo de la filosofía, se encuentra en Cardoso, J, Cortez, M y Ramirez, F (2015), “Sujeto: la necesaria revitalización de un concepto”, en Banquete de los Dioses, Vol.3, Nro 5.
[5] En estas conferencias, Lacan se aproxima a la última sesión, y hace una intervención sobre el sujeto del significante y la famosa sentencia de que las “estructuras bajaron a la calle”. Pablo Peusner, en una conferencia de 2009, propone con consistencia que el programa enunciado de Foucault sobre el estudio del discurso, fue el puntapié de un guante que recoge luego Lacan y que se transformó en la formalización de los cuatro discursos (seminario XVII).
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