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La Detective de la Sala de Juegos02/11/2024- Por Elisabeth Cataldo - Realizar Consulta
Este texto nació como el trabajo final de mi paso por el Programa de docencia de la Sala de Juegos de clínica en formación de clínica de niños con enfermedades orgánicas de la Sala de Juegos del Hospital Garrahan, donde jóvenes psicólogas operamos la sala y trabajamos con pacientes internados y ambulatorios, actuando como un brazo más del Servicio de Salud Mental del hospital. En él intento problematizar mi curiosidad por los misterios que aparecían delante nuestro en la sala y poner en juego algo de la frustración de nunca poder resolverlos.
Sala de Juegos del Hospital Garrahan
En la Sala de Juegos del Hospital Garrahan de la ciudad de Buenos Aires, hay muchos libros, de todo tipo. Hay novelitas juveniles, hay clásicos infaltables, los eternos de Walsh y Pescetti, libros ilustrados para bebés y de dinosaurios y del océano para los más grandes; hay incluso uno de cuentos de la Biblia. Nunca nadie los lee, porque en una sala de juegos, ¿qué niño preferiría leer antes que jugar?
Entre todos esos libros, uno es diferente: Un solitario tomo de El Hombre del Traje Color Castaño, obra de Agatha Christie en su edición de Editorial Planeta. Una historia de misterio inglés de la maestra del género tiene todavía menos lugar que los otros libros en la sala de juegos. Es muy posible que yo fuera la primera persona en leerlo desde que llegó.
Y como el libro, también yo fui alguien cuya presencia en la sala, cursando el programa de docencia de la Sala de Juegos Terapéutica con niños con enfermedades orgánicas, tampoco cerraba. La protagonista de la historia de Christie es Anne Beddingfield, una joven que despierta su deseo de aventura luego de la muerte de su padre y se muda a Londres, donde se ve implicada en la trama de un crimen internacional, traiciones y mentes maestras. Y buscando aprender a jugar, yo me encontré como ella, en medio de un clima de misterio rodeado por preguntas, crímenes, sufrimientos, pasiones y acciones humanas. Es esta dimensión del misterio lo que dispara aquí mis reflexiones.
¿A qué misterio me refiero? A lo que llega a la sala junto a cada cara entusiasmada y pies (o ruedas) imparables. Lo que hay detrás de la niña de ocho años con miopatía visceral que se presentaba todo el tiempo con un llamativo maquillaje realizado por ella misma. O lo que nos muestra el niño de ocho de Jujuy, con una madre que lo rechaza y un padre que sostiene un discurso tomado por el tener sobre el ser y cuya estadía en el hospital se alarga indefinidamente por la falta de un cable para su marcapasos. ¿Y qué pasa con el niño de dos que, sin mediar palabra, corre, arroja cosas e insiste en bañar a un bebé en la bacha de la cocinita?
Cada niño trae preguntas, juicios, asombros. Pero lo particular de los niños es que el misterio que viene es sobre ellos, no son ellos, porque ellos son el síntoma de otros.
La subjetividad del niño se constituye en el discurso de los adultos, quienes…
“le acer[can] la lengua y la cultura, y al mismo tiempo le ofre[cen] espacios de protección que le posibiliten incorporarla. La cría humana nace en completo desamparo y dependencia del “Otro”, rastro de la relación asimétrica entre niño y adulto.” (Casariego de Gainza, 2024).
Pero esta asimetría no es una necesidad solamente por el desvalimiento biológico del infans, sino que actúa como barrera de la verdad de la no-proporción sexual hasta que el niño, ya crecido, pueda defenderse de ella mediante sus propios mecanismos. Durante el período de la infancia, el juego es el mecanismo primario del que se sirve para…
“establece[r] una distancia respecto de esta escena, ubicando por un lado un sujeto que juega y por el otro, un objeto, el niño tomado como objeto del goce del Otro” (Spezzafune, 2016).
Pero en la Sala nos encontramos −como en la clínica, pero especialmente en el hospital− que estos niños no están simplemente narrados por otros, sean estos médicos, padres, madres, hermanos, instituciones −como sería normal− sino que en muchos casos estos otros borran la necesaria asimetría al sentirse ellos mismos en falta.
Puede ser por el encuentro con la enfermedad somática, su tozudez, o con su falta de recursos psíquicos, culturales o materiales, con el desvalimiento político e institucional, las redes burocráticas del sistema de salud, el furor curandi, o incluso el comportamiento del mismo niño y su entorno.
La no-proporción sexual no es la única verdad, después de todo; la carencia, la inequidad, la crueldad, el dolor, todas son verdades cuya asimetría no genera subjetividad, sino que la arrasa. Y este arrasamiento es algo a lo que el niño incluso se adapta y “cuando esperamos ver[lo] negativamente afectado, irritado o en lucha activa contra el dolor que lo aflige, [...] esta experiencia se ha convertido en parte de la ‘vida normal’” (1985, 162).
¿Qué sucede, entonces, “cuando la verdad irrumpe rasgando el velo del juego?” (Spezzafune, 2016), −aquello que normalmente protege al niño−. ¿Y qué ocurre cuando el niño, estando desprotegido, normaliza una verdad que le debería estar velada por derecho? Spezzafune nos dice que “Podríamos pensar que ella deja fuera al niño de su posibilidad para seguir jugando, lo ubica como objeto del cuento de otro.” (Spezzafune, 2016); lugar donde, por supuesto, ya estaba ubicado, pero velado por el no reconocimiento de la verdad, por la asimetría con los adultos.
Luego de pasar por la sala, me pregunto si estos niños, objeto del cuento de otros, historias con verdades fuera de tiempo, no serán narrados también por mí. Porque el psicólogo o psicoanalista, como el detective, no lo es sólo por deber cívico o amor por la verdad; si algo nos trae el psicoanálisis, es la noticia de que en lo que hacemos se esconde un goce que excede a lo normativo, a las buenas intenciones, a lo que nosotros creemos ser y esperamos de nosotros mismos.
Y esto aplica tanto al médico que busca curar al niño, al familiar sufriente que busca su bienestar, como a la psicóloga que busca jugar con él. Porque lo primero que importa para la psicóloga es creer en el goce, porque sin el goce, en el hospital, lo único que hay es un pequeño cuerpo intervenido por la Ciencia. ¡Con lo importante y necesario que esto ocurra! Pero olvidamos de esta manera cómo los niños no solo son cuerpos operados por la Ciencia, sino cuerpos operados por los discursos adultos, incluido aquél de la Ciencia. Y aquél de nuestra ciencia.
Con cada niño que entra en la sala llega una nueva historia, y nuevos narradores. ¿Quiénes narraron a la niña de cuatro años con sospecha de violencia sexual que cocinaba a su bebote en el microondas y se arrojaba para que la atrapemos antes de llegar al suelo? ¿O la niña de ocho con lupus que servía con exquisito detalle la mesa más abundante −sin probar ella bocado− y reía con un goce absoluto al pinchar y cortarnos las extremidades a las psicólogas? ¿Y quién narraba a la niña de cuatro que se nombraba con un nombre distinto y rechazaba enfáticamente su apellido? Todas extrañas, incomprensibles a la lógica de nosotros los adultos. Incluso a la nuestra, de las psicólogas de la sala.
Para Walter Benjamin, la historia detectivesca nace de la masificación de las grandes ciudades, donde “por así decirlo cada cual es un desconocido para todos los demás y no necesita por tanto sonrojarse ante nadie” (García, 2018). Y así como los niños que vemos son narrados por los adultos, también representan para nosotros un radical desconocido ante el cual no nos sonrojamos.
Esto es aquella asimetría fundante, pero así como la masificación de la ciudad produce el crimen y al detective, la asimetría también produce un niño gozado más allá de de la violencia primaria de Aulagnier (1977), fundamental y fundante. Lo lleva a las consecuencias subjetivas inevitables de la verdad que es la no proporción sexual, consecuencias que no siempre (ni necesariamente) llegan al orden de la violencia secundaria, aunque por supuesto que cuando sí llegan allí, no hay goce más devastador.
Pero si los niños, tan ajenos, son el síntoma de otros, el resultado de sus deseos, sus excesos, sus faltas, sus significantes, la excepción a esto debe ser el detective, que…
“busca huellas, busca pistas, pero no de los objetos, sino de los sujetos, es el que busca en su propia sociedad porque no se siente seguro; perceptor atento de los signos de un malestar, se aplica a buscar la explicación y trabajar en el desciframiento del mismo.” (García, 2018).
Esto puede responder la pregunta por mi goce, el goce que separa a la psicóloga de los otros adultos “pone sobre la mesa los aspectos inquietantes de los diversos rostros del mal, [...] el goce que supone un orden simbólico que subyace a los hechos.” (García, 2018).
Steckler (2017) pregunta, retóricamente, “¿Por qué psicólogos en una sala de juegos?”. Cualquier voluntario puede (en teoría) jugar con niños y ofrecerles su zona de juegos. Pero mientras otros adultos lo narran, la psicóloga se sonroja ante el niño y supone un orden en su psique, en su pequeño cuerpo desgarrado por la ciencia (y, en ocasiones, el ser humano), y con este orden, también ve el des-orden: La psicóloga puede ver el “crimen” donde los otros no lo distinguen.
El “tropiezo” del niño con esta “zona ligeramente rústica” donde “todo el tiempo el encuentro es con el otro y lo que allí acontece resulta en “vivo y en directo” (Steckler, 2017) produce un descalabro en el orden establecido del hospital, aún cuando este necesitaría que los niños sean tan maleables, tan tranquilos e inertes como un objeto, para poder tratarlos mejor.
Podríamos pensar en lo que este orden implicaba para la niña de nueve años con obesidad que llegaba todos los días un rato antes de que se abrieran las puertas de la sala y convocaba con una voracidad que generaba rechazo a psicólogas y familia por igual.
La sala impone una barrera a la demanda espejada de alguien acostumbrado al lugar de objeto de cuidados médicos. O pensar en cómo cambió este orden la historia de la niña de ocho años con diabetes y sin hogar que ama hacer rompecabezas (aunque le cuesten en un primer momento) pero no podía disfrutar ningún juego por estar alerta al derrotero de su imparable hermanito de dos.
La oferta de una literal y conceptual zona de juegos le permitió separarse de su papel de hermana-madre aunque sea por unos meses, y finalmente pudo construir para ella misma. ¿Y la niña en cuidados paliativos, decaída, vencida, que encontraba al hacer pulseritas un resquicio donde ganarle a la Muerte? Un orden distinto al de los pinchazos y los pronósticos ominosos, donde un cuerpo tan des-creado puede, finalmente, crear algo propio.
La psicóloga supone un orden en el niño que es fundamentalmente distinto del orden que le imponen su enfermedad y el hospital. Pero siendo el niño narrado por estos otros tan importantes, la psicóloga se ve en la necesidad de crear esta suposición, y para ello necesita un espacio que sostenga este proceso de creación, de re-ordenamiento. No es, entonces, solamente lo que pasa en la sala sino la sala misma, su extraterritorialidad respecto al hospital, su inasimilabilidad dentro de sus lógicas de concepción y manejo del sujeto.
Después de todo, jugar se juega en cualquier lado, pero en la Sala pasa algo de otro orden que el simple juego, hay algo que Steckler nos señala, y que hace la diferencia: Psicólogas. Es por eso que la psicóloga no sólo debe ubicar su goce en la suposición de un orden distinto en el niño, sino que no debe sentirse segura en el orden institucional.
Debe tener algo de extranjera, porque como el detective, sólo una extranjera que llega a la situación preexistente desde afuera está habilitada a resolver el misterio, dado que la psicóloga…
“[a] diferencia del médico, está atravesad[a] por la castración, y por lo tanto, por fuera de la posición de Uno que implica el ideal [...]. Que esté atravesad[a] por la castración quiere decir que es con su deseo que dirige una cura.” (Rueda, 2019, 7-8).
Goce y deseo. Pero esto significa que la sala de juegos no es como una novela de misterio. Al final del misterio inglés, el detective restaura el orden simbólico del mundo (García, 2018): El crimen es resuelto, el criminal castigado, las respuestas encontradas. Como en el modelo médico que atiende a estos niños, el interrogante es resuelto eliminándolo por completo. Pero la sala de juegos no es eso; después de todo, en la sala no se dirigen curas.
Al final del día, algunas preguntas encuentran respuesta, algunas acciones encuentran su justificación, algunos sufrimientos ganan una perspectiva optimista para el futuro. Algunos niños van a estar bien o, al menos, no peor que cualquier otro que encontremos fuera del hospital, en un contexto más amable. Otros no, o al menos, no sabemos.
¿Cómo se desarrollaron las historias de los niños que mencioné? Yo conozco algunos capítulos, tengo algunas respuestas, pero no puedo terminarlas. Si fuera por esto, la psicóloga no podría ser una detective, porque no puede resolver ningún caso.
Pero quizás no sea “resolver casos” lo que debe hacer la detective de la sala de juegos.
No puede hacer eso, pero sí puede ayudar a que el “crimen” −los discursos, la intromisión de la ciencia en los cuerpos− no se reproduzca, a que sus garras no atrapen irremediablemente, que sus marcas no sean indelebles, que sus cicatrices dejen de arder. Esta es la otra cara del goce mencionado antes:
“al comentar la nota que Dupin le deja al Ministro al robarle la carta de nuevo para restituírsela a la Reina, Lacan se pregunta de qué goza Dupin en ese acto. Dice allí que Dupin goza de privar al Ministro de aquello que constituye su poder: [...] Dupin restituye ‘la más perfecta castración’. Restituye de nuevo entonces la dimensión del sujeto y el deseo.” (García, 2018).
El detective, nos dice Lacan, no es necesariamente aquél que restaura un orden simbólico sino aquel que puede restituir la dimensión del sujeto y el deseo al traer la dimensión de la castración a una situación previa dónde esta regla se había roto.
Esto es lo más importante que encontré en la sala. Este artículo buscaba problematizar mi curiosidad por los misterios que aparecían delante nuestro en la sala y poner en juego algo de la frustración de nunca poder resolverlos.
Al comienzo buscaba cuestionarme, y al final terminé encontrando no una refutación, sino una brújula ética: Que jugar al detective sigue siendo parte de lo que es nuestro trabajo, pero el afán por la verdad, el deseo de encontrarla, fea o hermosa, curiosa o decepcionante, tiene su límite. Y como seguimos jugando y nunca debemos dejar de jugar, tampoco debemos dejar de buscarla, porque el misterio no se resolverá pero el intento deja marcas. Y para restituir “la más perfecta castración” y ofrecer una barrera al cómo son gozados los niños, una debe aceptarla primero para sí.
Quizás sea esto la neutralidad de Freud, o el deseo del analista de Lacan; no solamente la no injerencia de la subjetividad del analista sobre el paciente sino la posición de no perder el deseo más puro por encontrar la respuesta, sabiendo que no la hay. La detective de la sala de juegos no es, entonces, la de mi amado misterio inglés, es más parecida a la del noir, donde una y otra vez, habiéndolo perdido todo, se retira al final, para seguir buscando.
Bibliografía
Aulagnier, P. (1977). La violencia de la interpretación. Amorrortu.
Casariego de Gainza, M. (2024). “Transformaciones en la subjetividad en niños y adolescentes ¿Qué cambia, qué permanece?” Revista Topia. https://www.topia.com.ar/articulos/transformaciones-subjetividad-ninos-y-adolescentes-que-cambia-que-permanece
Freud, A. (1985). “El niño en el hospital”. El psicoanálisis y la crianza del niño. Paidós.
García, R. (2018). “El cuerpo del delito: Retornos actuales del enigma y el misterio”. Colegio de psicoanálisis de Madrid. https://colegiodepsicoanalisisdemadrid.es/el-cuerpo-del-delito-retornos-actuales-del-enigma-y-el-misterio/
Rueda, L. (2019). “La inquietud del misterio: lecturas clínicas de la urgencia”. Revista digital Lecturas: psicoanálisis y salud mental año 17 nº2. https://rephip.unr.edu.ar/server/api/core/bitstreams/e7194966-5a5c-4c62-8760-dcacd2f4621d/content
Spezzafune, L. (2016). “Malestar, Juego, rasgo”. ElSigma.com. https://www.elsigma.com/Colaboraciones/malestar-juego-rasgo/13051
Steckler, C. (2017). “¿Qué hay de terapéutico en jugar?”.... Rodulfos.com. https://www.rodulfos.com/que-hay-de-terapeutico-en-jugar-por-claudio-steckler/
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